Miradas privilegiadas de México

De las muchas líneas que se han escrito en lo que va de año con motivo de su centenario, son escasas las referencias al papel de crítico de arte de Octavio Paz. A propósito de un reciente viaje que hice a México, rescaté un libro olvidado en la estantería, Los privilegios de la vista, en el que se recogen los escritos del poeta acerca del arte de México. Estos textos no son el trabajo de un mero aficionado; sus opiniones están siempre basadas en un profundo conocimiento de la historia de sus país y del arte universal. A lo largo de mi estancia en la ciudad de México Los privilegios de la vista me sirvió como una suerte de guía improvisada con la que moverme entre el arte moderno del país.

Quizá no sea sorprendente que la visita empezara con los celebérrimos muralistas, a los que Paz dedica amplios ensayos en su libro. Su visión fue siempre crítica, lo cual le granjeó no pocas enemistades dentro de México. Esta crítica, sin embargo, se centraba en la excesiva ideologización del movimiento, lo cual no estaba reñido con el elogio al indudable talento que poseían Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.

Para el extranjero que conoce el muralismo sólo de oídas –o a través de reproducciones, que es lo mismo–, es difícil reprimir un suspiro de admiración al descubrir las enormes pinturas de Rivera en lo alto de la escalinata del patio del Palacio Nacional. En esta antigua sede del Virrey de la Nueva España, situado en uno de los lados del descomunal zócalo, Rivera realizó un apretujado resumen de la historia de México. Son indudables las referencias al Quattrocento italiano y a Gauguin, como señala Paz en su libro, pero yo, además, vi en su horrorvacui un paralelismo con los relieves bélicos de la Roma antigua.

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Escenas de la Conquista y de la Independencia vistas por Rivera en los muros del Palacio Nacional

Por su iconografía generalmente desconocida para el extranjero, por su mero tamaño, la experiencia de los murales puede ser en ocasiones casi religiosa. El Polyforum Siqueiros, por ejemplo, invita a un sobrecogimiento como de cripta. La sala ovalada, de techo no muy alto, fue pintada por Siqueiros en la década de 1960 y lleva por título La marcha de la Humanidad. Quizá debería reemplazar el verbo “pintar”, aunque no sé por cuál: en ciertos tramos de este enorme friso Siqueiros introdujo elementos tridimensionales –como barras de metal para simular armas– que, junto con el trazo sinuoso del dibujo, simulan un verdadero caminar de una masa humana. Si los futuristas italianos, que fueron importantes referentes para Siqueiros, hubieran realizado algo de semejante tamaño, seguramente se hubiera parecido a esto.

A la violencia de Siqueiros se asemeja en ocasiones la pintura del tercero en discordia, Orozco. El mejor lugar de Ciudad de México donde contemplar su obra es el antiguo colegio de San Ildefonso, en los muros de cuyo precioso claustro pintó varios murales excepcionales. El primero de todos es La trinchera, que lo asalta a uno desde el otro lado del patio en cuanto pone un pie en él. Sus rotundas figuras se confunden con el fondo de rocas que parecen salidas de un fresco de Giotto. La muy repetida comparación con los maestros italianos no es gratuita: El sepulturero, situado en el último piso del claustro, parece una trasposición del Sueño de Constantino de Piero della Francesca.

El muralismo muy pronto se convirtió en la estética oficial de la triunfante Revolución. Los edificios públicos se llenaron de murales de Rivera, Siqueiros, Orozco y otros, pero lo que en un primer momento tuvo una genuina fuerza y originalidad no tardó en sufrir de los males que aquejan a todo arte tutelado. Hacia la década de 1950 se dio una corriente generalizada de contestación al movimiento muralista que se conoció como la “Generación de la Ruptura”. Hasta finales de este mes puede verse en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) una amplísima muestra de la producción artística de aquella época. La exposición, titulada Desafío a la estabilidad. Procesos artísticos en México, 1952-1967, analiza cómo surgió una vigorosa vida cultural al margen de las instancias oficiales.

El arte de los jóvenes artistas supuso, entre otras cosas, una mayor apertura al mundo exterior. El problema hasta entonces no había sido que no se conociera el muralismo fuera de México, sino, más bien, que en México no se conociera otra cosa que no fuera el muralismo. Este fue uno de los motivos que impulsó a los artistas más jóvenes a abrazar tendencias internacionales como la pintura gestual o la abstracción geométrica. No en balde, muchos de estos pintores y escultores habían vivido en el extranjero. Uno de ellos fue Rufino Tamayo, que residió cerca de veinte años en Nueva York. Su obra de madurez, plagada de bodegones y figuras solitarias, introduce en México la sensibilidad de artistas como Paul Klee y, al mismo tiempo, recoge la larga y rica tradición del arte popular mexicano mejor y más sutilmente que los muralistas. Al menos así lo ve Paz, que no disimula su admiración por Tamayo, al que considera un valeroso solitario en lucha contra las imposiciones de la corriente dominante.

La exposición del MUAC casi puede seguirse al ritmo de los ensayos de Paz recogidos en Los privilegios de la vista. Los nombres que desfilan por sus páginas corren paralelos a los de las obras expuestas: José Luis Cuevas (“artista carnívoro”), Manuel Felguérez (“invención, lirismo y solidez”), Vicente Rojo (“ingeniería sonámbula”), Gunther Gerzso (“uno de los grandes pintores latinoamericanos”), Alberto Gironella (“la pasión, el humor y la fantasía”). Paralelamente a la plástica, esta corriente renovadora se produjo en todas las demás artes, desde el teatro y la poesía al cine. No fueron pocas, además, las colaboraciones entre artistas de distintos ámbitos: en la exposición se recoge, por ejemplo, parte de la escenografía que los mencionados Cuevas y Gironella diseñaron para el teatro experimental de Alejandro Jodorowsky.

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Alejandro Jodorowsky (dir.), La ópera del orden, 1962. Fondo Kati Horna, Cenidiap/INBA. D.R.© Norah Horna.

Fueran cuales fueran los medios empleados por los artistas, había un elemento común a todos ellos: la libertad. En este sentido, sería injusto no mencionar a un par de pintoras que llevaban practicándola desde bastante antes. La obra de Remedios Vario y Leonora Carrington, más puramente onírica que surrealista, resistió siempre a la categorización y los caprichos de la moda. Una amplia representación de ambas puede verse en el Museo de Arte Moderno.

Inmersos en un tiempo donde las barreras geográficas cuentan menos que nunca en la creación artística, hoy resulta interesante contraponer estos dos momentos de la historia del arte contemporáneo de México. El movimiento muralista, reverso estético de la Revolución, tuvo la gran virtud de recuperar el vasto legado del México prehispánico y de la cultura popular, pero cayó preso de una endogamia estética e ideológica. La apertura de los años 50 reflejada en la exposición del MUAC introdujo en el país los debates y tendencias internacionales, lo cual, irremediablemente, dejó el arte en manos exclusivas del mercado. De esto se Paz se lamenta amargamente.

En una disciplina a menudo tan árida como la crítica de arte, asombra leer la pasión y convencimiento con que están escritos los textos de Paz. Frente a los caprichos oficiales y la actitud acrítica del mercado, uno espera que siempre existan miradas privilegiadas como la suya que lo ayuden a distinguir entre el grano y la paja.

Los privilegios de la vista está editado por Fondo de Cultura Económica. En España está disponible una edición de Galaxia Gutenberg que reúne los textos de Octavio Paz acerca de arte de México, así como los dedicados al arte moderno universal. La exposición en el MUAC permanecerá abierta hasta el 31 de agosto.

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