Cuadros y ‘billboards’

El cuadro La salita, pintado por el Equipo Crónica en 1970, tiene algo de irresistiblemente atractivo, un aire de comodidad que atrae hacia él a todos los visitantes de la sala donde se encuentra colgado. Los espectadores miramos el resto de cuadros un poco descuidadamente porque es aquél, con su gran formato cuadrado y sus colores brillantes, el que reclama nuestra atención. En sus tonos planos, tan perfectamente medidos, esta obra tiene algo de spot publicitario. A ello hay que sumar un recurso que suele gustar mucho, que es tomar una iconografía conocida –en este caso, Las meninas de Velázquez– y situarla en un contexto ajeno. Conocido sólo a medias a través de reproducciones, he podido ver el cuadro cara a cara en la exposición Mitos del Pop del Museo Thyssen-Bornemisza. Allí, frente a él, uno intuye que hay algo que desmiente su aire inicial de placer doméstico. Esto es más que un viaje imposible en el tiempo, es más que la jocosa sustitución del Alcázar de Felipe IV por una sala de estar de mediados del siglo XX.

La salita colgaba, algo desmerecida, en la última sala de la exposición del Thyssen. Los comisarios la colocaron bajo el apartado “Arte sobre arte”, lo que quizá impedía que se apreciara más fácilmente su carácter crítico. El salón en el que han encontrado tan fácil acomodo Velázquez y sus meninas –y los  camuflados integrantes del Equipo Crónica, Rafael Solbes y Manolo Valdés– es el confortable hogar burgués al que cada vez más españoles podían aspirar después de varios años de apertura económica. Al enfilar la década de los 70, el hogar español medio parece poder medirse con el resto del mundo occidental:  comodidad, modernidad y un barniz cultural. La televisión Philips y la botella de whisky o coñac conviven con tomos de una enciclopedia y de la Biblioteca Básica Salvat. Sobre las paredes, los rancios paisajes y bodegones de caza han sido sustituidos por derivados dudosos de arte moderno. Por su parte, la pelota junto al perro adormilado y el flotador en forma de pato aluden al comienzo de la imparable ascensión de España como destino turístico internacional. Con estas credenciales, parecen señalar Solbes y Valdés, casi podría pasar desapercibida la única objeción a tanta propaganda: que España seguía siendo una dictadura. Concediendo que se trata de una obra pop –dudosa etiqueta en un país donde no existía entonces una verdadera sociedad del consumo– La salita es el equivalente español del célebre collage de Richard Hamilton ¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?  Es entre las obras de éste y Eduardo Paolozzi donde creo que hubiera tenido mejor acomodo el cuadro del Equipo Crónica.

Cuadros como el de Solbes y Valdés eran la excepción en la exposición del Thyssen, donde primaba el interés por las marcas comerciales y las celebridades de Hollywood. La sátira inteligente de las primeras obras se diluía pronto en un ensimismamiento con lo brillante y lo monumental, los cuadros convertidos en billboards en miniatura. En exposiciones como esta se comprende más fácilmente la inexistente relación entre fuerza y tamaño: en la primera sala, el diminuto collage de Hamilton (26 x 25 cm) cuelga poderoso frente a una colorida e inofensiva réplica de la Venus de Botticelli, obra de Andy Warhol, de casi dos metros de ancho. Me fue imposible resistirme a otra comparación, seguramente condicionada por mi gusto por la música pop de aquellos años. Repasando las imágenes y los sonidos de los sesenta, me parece que las canciones de los Beatles, los Kinks o la Velvet Underground resisten más admirablemente el paso del tiempo que buena parte de sus contemporáneos plásticos, muchos de los cuales han quedado como el documento de unos años de efervescencia ahora congelada.

Como arguyó Robert Hughes hace ya muchos años, el problema de un arte basado en los medios de masas es que le es imposible competir con esos mismos medios. No dudo de la acidez de la mirada primera de Warhol, que supo ver en la repetición, en el convencimiento por avasallamiento, uno de los recursos preferidos de la publicidad. Pero llega un momento en que es difícil apreciar en qué se diferencia el Marlon Brando de un cartel publicitario y el de una serigrafía de Warhol. Igual de difícil que distinguir entre éstas y las decenas de productos que se venden en la tienda del museo, a la que se accede a través de la última sala de la exposición con la mirada del Equipo Crónica, irónica y pertinente, en la nuca. Muchos museos encuentran dificultades a la hora de encontrar una conclusión satisfactoria a los discursos de sus exposiciones. Entre los jabones enfundados en cuadros de Roy Lichtenstein, tacos de post-it en forma de cajas Brillo de Warhol y un batidor de varillas con dibujos de Mickey Mouse, pensé que el Thyssen, quizá sin proponérselo, había dado en el clavo.

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equipocronica(1)
Equipo Crónica, La salita, 1970.
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1 comentario en “Cuadros y ‘billboards’”

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