Vibrante quietud

En 1983, la escritora  Eva Figes viajó imaginariamente en el tiempo para relatar el acontecer cotidiano de un día de verano en la casa de Claude Monet en Giverny. Del amanecer al crepúsculo, la narración empieza y acaba en el famoso estanque de los nenúfares que el pintor retrató obsesivamente durante la etapa final de su vida. La pequeña novela, titulada originalmente Light y traducida al español con el más extenso La luz y Monet en Giverny, es un delicado e íntimo retrato de la numerosa familia del artista. Nada de lo que ocurre a lo largo de la novela es excepcional. Figes narra el desarrollo de un día de verano como cualquier otro, si bien bajo la superficie laten las pasiones e inquietudes de los distintos personajes, descritos en pequeñas viñetas aisladas.

El ritmo que Figes impone a la novela, muy pausado, exige una lectura atenta, en nada obstaculizada por la fluida traducción. Sólo en la parte central del libro se acelera la acción por medio del diálogo que tiene lugar durante la comida celebrada con motivo de la visita del escritor y amigo de la familia Octave Mirbeau. Figes capta con igual fidelidad el transcurso de la comida, desde la tentación del apetito al sopor de los licores y el café, que los juegos solitarios de Lily, la pequeña de la casa. El asombro inocente de ésta ante las pompas de jabón, el vuelo de un globo rojo o las maravillas que ofrece el frondoso jardín contrasta con las preocupaciones del resto de los personajes. Bajo la cordialidad distendida de la comida, cada uno de los comensales rumia sus particulares insatisfacciones y anhelos. A lo largo de la jornada, resulta que los únicos personajes que prestan atención al paradisiaco jardín que tan vivamente describe Figes son Claude y Lily, abuelo y nieta, despojados ambos, si bien por motivos distintos, de las tribulaciones del resto de personajes.

El amor que Monet siente por su jardín es incomprensible sin el desasosiego que le causa. Desde que liderara el movimiento impresionista en la década de 1860, su gran meta había sido apresar el tiempo en sus lienzos mediante la captación de los cambios de la luz. La quimérica tarea de fijar, en un espacio inmóvil y bidimensional, la fugacidad del tiempo lo llevó a trasladarse a Giverny, donde creó un jardín a su medida, cuya culminación es el tan reproducido estanque. Allí, subido a un pequeño bote, se dedicó a estudiar obsesivamente todo lo que flotaba y se reflejaba sobre su superficie. En varios pasajes de la novela, Monet se refiere a él como una especie de trampa. “Antes me comportaba como un loco enfervorizado; acechando a las estaciones, al sol y al viento, al cielo y a las mareas […]; tratando de captar algo que ya había desaparecido, se había transformado, disuelto. Pero con la edad he aprendido a ser astuto, paciente. A colocar un cebo tentador y esperar tranquilamente en mi escondite. Hasta que por fin, mansamente, sin estrépitos, el paisaje se cierne sobre el horizonte y cae dentro de mi espejo”. Esto imagina Figes que se diría Monet a sí mismo, en un intento por demostrar que los grandes maestros compensan el declive físico con la sabiduría. Pero tampoco se engaña. Previendo el pulso que mantendrá con el tiempo para captar la luz en los años que le quedan de vida, concluye: “Él acabará conmigo mucho antes de que yo termine con él”. Nada que no sepa todo buen artista: la perfección es una meta que se persigue con una perseverancia igual o mayor a la seguridad que se tiene de que jamás será alcanzada. En el caso de Monet, podemos decir que en su imposible empeño por captar la naturaleza misma de la luz sobre la superficie de su estanque alcanzó una de las mayores cotas de la historia de la pintura.

Monet, su mujer, hijos, hijastros y nietos forman un coro de personajes, pero el auténtico protagonista de esta novela, pertinaz a lo largo de los sucesivos capítulos, es la luz. A base de metáforas y símiles de gran elocuencia, Figes produce una minuciosa, casi científica, descripción de sus transformaciones. Cada descripción indica una actitud similar a la de Monet a la hora de pintar, una intención de ver de veras lo que se mira. En la transcripción de cada detalle lumínico, de sus juegos y efectos, las acciones de los personajes parecen casi congeladas. La insistencia parsimoniosa de Lily, por ejemplo, al tratar de conseguir la pompa de jabón perfecta dejan al lector con la impresión de un gesto que podría prolongarse indefinidamente en una especie de letargo. Igual sucede con Monet al pintar, o con su mujer y sus hijastras, cuyas acciones más relevantes tienen lugar en su interior. Aquí el verdadero agente de acción no son las personas, sino la luz; es su metamorfosis a lo largo del día la que hace fluir la trama. Al igual que en los cuadros de Monet, bajo la aparente quietud de las escenas se intuye la vibración del tiempo.

Apartado de la sobreexposición, el impresionismo encuentra en la novela de Eva Figes un refugio sereno. Como bien dice John Berger en un comentario que aparece en la contraportada del libro, en esta narración se comprende “la angustia que reside en el corazón del movimiento impresionista”. Se nos acostumbra con demasiada frecuencia a pensar que una imagen nos otorga un conocimiento absoluto, que poseer una reproducción es poseer el objeto mismo. Esa angustia a la que se refiere Berger es imposible de apreciar en las postales, en los calendarios y los posavasos donde ha quedado impresa aquella pintura, banal a nuestros ojos inquietos. Pero baste con una comparación: el Giverny de hoy seguramente no sea muy distinto al de entonces pero, ¿acaso podría encontrar Monet en él la misma concentración obstinada, entre las voces animadas de los turistas, de los sonidos de nuestras cámaras de fotos?

Eva Figes, La luz y Monet en Giverny. Traducción de Juan de Dios León Gómez. A. Machado Libros. Madrid, 2014. / En inglés: Light. Pallas Athene. Londres, 2007.

In English

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1 comentario en “Vibrante quietud”

  1. Interesante, más jugoso para quien haya visitado el jardín y pueda tener el recuerdo de la tranquilidad y paz mental (es un decir, en medio de los miles de turistas…) que debió inspirarle a Monet… Alguna buena foto tendríamos en la que aparecieras…

    Por cierto, no veo, al menos en la tableta que es donde lo estoy leyendo, el enlace al inglés… A menos que no lo tengas hecho todavía…

    Veo que has cogido carrerilla, está muy bien, no lo dejes…

    Besos Jesús

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