A modo de epílogo

La casualidad ha querido que visitara la inauguración de un nuevo espacio de arte en Madrid el mismo día en que terminé la lectura de El puño invisible de Carlos Granés. En apariencia nada tienen que ver este ensayo, publicado hace ya tres años, y una exposición dedicada a un pintor que difícilmente aparecerá en ningún periódico generalista o suplemento cultural, exceptuando, quizá, el día en que haya que dedicarle una esquela modestamente elogiosa. Pero de pronto los cuadros de Alfonso Galván se me presentaron como un modesto e íntimo epílogo al texto de Granés.

Como un aficionado que contempla con reservas el devenir del arte contemporáneo, o al menos su cara más pública, El puño invisible ha sido para mí una revelación. Haciendo un recorrido desde el surgimiento del futurismo en 1909 hasta la actualidad, el colombiano Carlos Granés desmenuza en este libro la evolución del arte de vanguardia a lo largo de todo el siglo XX, llegando a una novedosa conclusión: en un siglo de utopías, fueron las vanguardias culturales, y no las políticas, las que transformaron verdaderamente a la sociedad. La chispa del dadaísmo, surgido en la década de 1910 y basado en conceptos como el humor, el infantilismo y el antielitismo, resultó ser a la larga una revolución más duradera que la utopía marxista. Pero si hasta Mayo del ‘68 estos movimientos culturales se movieron en los márgenes de la sociedad, a partir de la década de los setenta sus actitudes se volvieron parte del Establishment.

La transgresión institucionalizada, arguye valientemente Carlos Granés, ha llevado al absurdo a buena parte del arte contemporáneo. Con el eco estimulante del libro aún en mente, asistí el jueves a la inauguración de la galería Sociedad Anónima sin saber muy bien qué esperar. Llegué y empecé a ver lo que allí se exponía no sin cierta sorpresa. Resulta casi desafiante que un nuevo espacio de arte contemporáneo abra sus puertas exponiendo con orgullo unas obras tan silenciosas. En su buen ojo para el detalle y su fuerte espiritualidad, encontré rápidas semejanzas entre los paisajes de Alfonso Galván y los de Joaquín Risueño. Galván siente, además, una profunda admiración por la pintura china, reflejada bastante explícitamente en una serie de pequeños estudios de la naturaleza pintados con tinta. Comprobé con verdadero gozo que en estos homenajes a la pintura china no existía ápice alguno de ironía o “apropiacionismo” postmoderno. En estos tiempos, arte como el de Galván resultaría casi subversivo de no ser porque pasa desapercibido, no sólo entre la sociedad en general, como era el caso de las vanguardias del siglo pasado, sino entre los propios círculos especializados.

No quiero decir que Alfonso Galván sea una especie de salvador. Aún no tengo una opinión bien formada sobre su obra, y ni siquiera pude apreciar del todo bien sus cuadros. Pero acaso ese es el mayor elogio que puedo hacer de ellos: que requieren una segunda visita. No son obras de digestión inmediata, como ese arte residual del que habla Carlos Granés, que engorda la bibliografía artística con la misma facilidad con que será olvidado. Que un nuevo espacio de arte contemporáneo abra sus puertas apostando por la calidad frente a la publicidad será siempre una buena noticia.

Alfonso Galván. La magia de lo cotidiano. Galería Sociedad Anónima. Gran Vía 15, Madrid. Hasta el 5 de diciembre. Carlos Granés, El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales. Taurus. Madrid, 2011.

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2 comentarios en “A modo de epílogo”

  1. […] Cada vez queda más patente que la influencia de las primeras vanguardias del siglo XX no se agota en sus aportaciones estéticas. Buena parte del ideario futurista se ha convertido en moneda común del arte contemporáneo. Las veladas futuristas son predecesoras del performance y el happening, así como de la provocación como medio de auto-publicidad. El hecho de que esta provocación se consiga por medio de poemas a base de onomatopeyas o un tiburón en formol es lo de menos. Lo que dudo es que los futuristas hubieran podido vislumbrar un futuro en que sus desplantes tendrían cabida en los museos. De todo esto habla magníficamente Carlos Granés en su excelente libro El puño invisible, al que ya me referí hace unas semanas. […]

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