Dos miradas abstractas

No sé si es ser demasiado quisquilloso afirmar que todo arte es abstracto y que, por tanto, es engañoso referirnos con ello solamente a un arte que no representa formas reconocibles. Seguramente es más correcto, aunque quizá más aparatoso, hablar de “arte no figurativo” que de “arte abstracto”. Pasa igual con términos como “arte conceptual” o “arte realista”, cuyas fronteras son difíciles de precisar, evidenciando el natural carácter refractario del arte a la clasificación. Cuando surgieron las primeras profecías que auguraban la muerte de la pintura, que se repiten cada cierto tiempo, hubiera sido lógico pensar que el estilo de pintura más amenazado era la “abstracción”. Al fin y al cabo, la pintura figurativa, por aborrecible y conservadora que le pareciera a algunos, podía subsistir a base de la renovación iconográfica. Pero ¿qué más podía aportar la pintura no representativa después de Kandinsky, Mondrian, Rothko?

En la desigual exposición de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, dedicada a la influencia ejercida por El Greco en artistas contemporáneos –que no me quedó muy clara salvo en un intenso tríptico de Carlos León– encontré recientemente un ejemplo empírico de lo válida que sigue siendo la pintura no figurativa. Cada vez nos va quedando más claro lo reduccionista de cierta historiografía artística del siglo XX, basada en una progresiva depuración formal que, de haber triunfado, habría reducido la práctica artística a la producción seriada de lienzos blancos. Una de las grandes virtudes del buen arte es que se resiste tozudamente a constreñirse a discursos, sean estos meramente formales o el producto fantasioso de la imaginación de un prestigioso comisario. Al final, una obra de arte no es historia, ni filosofía, ni psicología, por mucho que pueda estar impregnada de todas ellas: si, desvestida de todo contenido ajeno a ella misma, una obra de arte no es capaz de hablar por sí sola, entonces no es arte, o lo es sólo en parte.

En una de las salas de la Academia se confrontan de manera contundente dos formas de entender la pintura, ambas distintas, ambas irrebatibles. En uno de los muros cuelgan dos grandes lienzos de Secundino Hernández (Madrid, 1975). Enfrente, otros tantos de Din Matamoro (Vigo, 1958). La comparación parece fácil: Hernández es espontáneo, expresivo, colorido; Matamoro es meditativo, delicado, casi monocromo. En los cuadros del primero hay un apretujado amasijo de formas irregulares, a veces delineados por contornos negros, otras veces pura mancha; en los del segundo hay un único tono (amarillo en un caso, rosa en otro) que vibra e impregna sutilmente el inmenso lienzo blanco restante hasta convertirlo en un espacio refulgente. La variedad ilimitada de formas y colores hacen del arte una actividad infinitamente fascinante, más aún cuando comprobamos que bajo esa disparidad formal subyace siempre el imposible objetivo de querer atrapar la vida en una única imagen.

Pero en cuanto acabo de hacer esta sumaria comparación entre los dos pintores he encontrado ya un primer matiz que desmiente su fácil contraposición. En un primer vistazo cabría pensar que los cuadros de Secundino Hernández son más inestables que los de Din Matamoro, pero acaso sea todo lo contrario: los colores silenciosos de éste vibran y parecen querer derramarse más allá del lienzo; por su parte, Hernández trata de poner coto a sus formas abigarradas y aleatorias mediante un precario marco trazado con una línea irregular. Es como si el primero quisiera imponer el silencio de sus cuadros al entorno que los rodea mientras el segundo trata de concentrar todo el ruido del mundo en el espacio mínimo de un lienzo. Toda una lección: el pintor aparentemente comedido trata de expandir la pintura más allá de su marco; el pintor aparentemente anárquico la cercena.

(A modo de apunte rápido, termino diciendo que acudo con especial interés a cada exposición en la que sé que figuran cuadros de Secundino Hernández, fruto del revuelo que ha provocado su obra en los últimos años. Juzgando por lo poco que he podido ver en directo, creo que es merecida la atención que ha recibido recientemente. La calidad de la pintura que ha producido hasta la fecha permite augurar un futuro sólido, incluso después de que los focos de la moda posen su atención sobre algo más novedoso.)

Entre el cielo y la tierra. Doce miradas al Greco cuatrocientos años después. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Alcalá 13, Madrid. Hasta el 8 de noviembre.

In English

hernandez
Secundino Hernández, Secular Breeze, 2014.
matamoro
Din Matamoro, Cenital 1, 2013.
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2 comentarios en “Dos miradas abstractas”

  1. Las exposiciones que se basan en relaciones e influencias son a veces difíciles de apreciar en conjunto, pero si estas sirven para mostrar buen arte a nivel individual, bienvenidas sean.

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    1. Quizá con el paso del tiempo estas influencias del Greco se vean más claramente, pero a mí a primera vista me costó encontrarlas. Creo que también depende mucho del artista (o artistas) en cuestión. Por ejemplo, en los grandes pintores españoles de mediados del siglo pasado (Saura, Tàpies, Torner…) se aprecian perfectamente los ecos de la tradición de la escuela española. No aprecié relaciones semejantes en la exposición de la Academia, pero quizá esto se deba a que El Greco tiene un estilo tan personal.

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