¡Ruido! ¡Furia! ¡Futurismo!

Hay un restaurante al que fui una vez en Milán que nunca olvidaré, no solamente porque jamás haya probado un plato de pasta mejor que el que me sirvieron allí. Ya lo advertía la guía donde el sitio venía recomendado: el dueño del restaurante era tan buen cocinero como admirador de Benito Mussolini, y las paredes estaban repletas de fotos, citas célebres y demás parafernalia fascista. De todo ello solamente recuerdo, si bien vagamente, una frase enmarcada que leía algo así como: “O conmigo o contra mí”. Esta consigna, firmada por Mussolini y digna de la aprobación de cualquier antidemócrata que se precie, tardó poco en acudir a mi memoria durante la visita a la exposición dedicada al futurista Fortunato Depero en la Fundación Juan March, en la cual el rostro inconfundible del Duce aparece en más de una ocasión.

El futurismo representa todo aquello que asociamos a la palabra vanguardia. A diferencia de grupos decimonónicos como los nazarenos o los rosacruces, igualmente contrarios al gusto estético dominante, los futuristas no recelaban del mundo industrializado. Muy al contrario, querían llevar el espíritu industrial al arte, el único campo que permanecía aparentemente incontaminado por el dinamismo feroz de la vida moderna. En un mundo en constante movimiento, la única manera de difundir nuevas ideas estéticas era mediante el equivalente artístico de los eslóganes publicitarios: los manifiestos. En ellos no cabe la duda. Nada de corrección o medias tintas burguesas: o todo o nada; o modernísimos o decrépitos; o con nosotros o contra nosotros. Es imposible no comparar el lenguaje de los primeros manifiestos futuristas con los de la propaganda política extremista. En su raíz está la misma intolerancia, el mismo mesianismo, el mismo revanchismo victimista. En referencia a los críticos que negaban el reconocimiento a los artistas de vanguardia, Umberto Boccioni llegó a decir: “¿Quién se encargará algún día de matarlos a ellos, de eliminarlos?”

Cierto es también que bajo la actitud beligerante de las vanguardias se produjeron muchas innovaciones estéticas impresionantes. Uno todavía se asombra ante el atrevimiento del collage, el fotomontaje o las esculturas del propio Boccioni. Si el nacimiento del cubismo fue un proceso lento y madurado, da la impresión de que todo lo que lo siguió surgió con una facilidad pasmosa. Un festín para los ojos de un espectador de hoy que cuesta imaginar cómo fue recibido por el escaso público que tuvo en su día. El arte de vanguardia estaba recluido en los márgenes de la cultura de principios del siglo XX, algo que el extravagante poeta Filippo Tommaso Marinetti y los artistas que se concentraron en torno a él quisieron cambiar. Si el pueblo no acudía a la llamada de la vanguardia, había que llevar la vanguardia al pueblo, y ya que era difícil recibir su aprobación inmediata, había que recurrir a la provocación. Durante sus veladas, los futuristas producían música a base de ruidos, recitaban poemas sin constricción métrica o gramatical alguna y leían sus incendiarios manifiestos regados de insultos hacia los asistentes. La violencia verbal solía dar paso a la violencia física por parte del público, síntoma inequívoco de que la velada había sido un éxito.

Una de las aspiraciones de las vanguardias artísticas organizadas era fundir su ideario estético con la vida cotidiana, del mismo modo que las vanguardias políticas no se ofrecen meramente como un medio para la solución a problemas concretos, sino como una cosmología totalitaria que se impone como un credo obligatorio y lo domina todo, desde la economía hasta las costumbres. También en esto el futurismo es un paradigma, si bien hasta límites pintorescos, como cuando Marinetti proponía una gastronomía y un sexo futuristas. El utópico y absurdo reto de inocular el futurismo en las conciencias de los italianos –más quimérico aún cuando Mussolini empezó a dejarlo de lado en favor de un robusto neoclasicismo– tuvo una vía más moderada y factible a través de las artes aplicadas. En esto Fortunato Depero (Fondo, Trento, 1892 – Rovereto, 1960) jugó un papel esencial. Fue un futurista algo tardío, pues se unió al grupo cuando ya se habían redactado los manifiestos fundacionales y se habían producido obras capitales como Dinamismo de un perro con correa de Giacomo Balla (1912) o Formas únicas de continuidad en el espacio de Boccioni (1913). Su adhesión, sin embargo, fue entusiasta. Trabajó durante el resto de su vida en difundir el ideario futurista más allá de las bellas artes. Depero lo abarcó todo, desde la pintura y escultura hasta la poesía, la moda, la publicidad, la escenografía, la tipografía, el cine y el diseño de mobiliario y juguetes. Esta voluntad de integración de las artes la compartió con otras corrientes del arte moderno, como el constructivismo, De Stijl o la Bauhaus. Lo que sorprende de Depero es que un solo hombre fuera capaz de abarcar tantas disciplinas con tal grado de inventiva.

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Arriba: Depero futurista 1913-1927, publicado por Dinamo Azari en Milán, 1927. Las páginas del libro están, literalmente, atornilladas. Abajo izquierda: Bitter Campari el aperitivo (1928). Abajo derecha: Botella de Campari Soda diseñada por Depero en 1932.

Por originalidad e influencia, quizá los mayores logros de Fortunato Depero se encuentran en el diseño gráfico, especialmente en sus carteles publicitarios. “El arte del futuro será poderosamente publicitario”, declaró en 1931. Estas palabras parecen proféticas y demuestran hasta qué punto los futuristas inauguraron una forma de entender el arte que hoy se ha vuelto dominante. En 1919, Depero fundó la Casa d’Arte Futurista para la creación y fabricación de productos artesanales. Más tarde empezaría a recibir encargos para diseños publicitarios. Creó uno de los primeros libros de artista, Depero futurista 1913-1927 [arriba], con el que obsequiaba, a modo de tarjeta de presentación, a las empresas con las que le interesaba colaborar. También empleó el avión –máquina futurista donde las haya– para lanzar sobre la ciudad octavillas informando de su siguiente exposición. En 1927 redactó un manifiesto titulado “Necesidad de la auto-publicidad”, que, sin cinismo y sin el lenguaje beligerante del primer futurismo, abogaba por un reconocimiento justo del trabajo del artista. Quizá haya que recordar que esto se publicaba cuando el arte moderno no contaba con la aceptación que hoy damos por supuesta, aunque también es fácil ver en manifestaciones como ésta el germen de algunos de los peores vicios del arte de nuestro tiempo.

Cada vez queda más patente que la influencia de las primeras vanguardias del siglo XX no se agota en sus aportaciones estéticas. Buena parte del ideario futurista se ha convertido en moneda común del arte contemporáneo. Las veladas futuristas son predecesoras del performance y el happening, así como de la provocación como medio de auto-publicidad. El hecho de que esta provocación se consiga por medio de poemas a base de onomatopeyas o un tiburón en formol es lo de menos. Lo que dudo es que los futuristas hubieran podido vislumbrar un futuro en que sus desplantes tendrían cabida en los museos. De todo esto habla magníficamente Carlos Granés en su excelente libro El puño invisible, al que ya me referí hace unas semanas.

Las vanguardias históricas cumplieron un papel de agitación que era, forzosamente, pasajero, aunque algunos celebren como innovaciones de hoy comportamientos con más de cien años de historia. Sin las medidas de coerción de las que dispone un régimen político totalitario, es imposible que un grupo artístico controle los movimientos de todos sus miembros, aunque en sus manifiestos se intuya esa vocación. Es por ello que las vanguardias tienen fecha de caducidad desde el momento en que se firma su primera declaración de intenciones. Es sólo cuestión de tiempo que uno de sus miembros –generalmente, uno de los de mayor talento– no se ajuste a la ortodoxia. De esto se llegó a quejar el propio Depero, rememorando las directrices que el viejo Marinetti trataba de imponerle. En un discurso que dio en 1951, en la inauguración de una exposición antológica del futurismo, Depero, que nunca renunció al título de futurista, habló de los logros pero también de las flaquezas de aquel movimiento revolucionario y provocador que ahora habitaba los mismos museos que, años atrás, había querido reducir a escombros. Visto en retrospectiva, Depero lamentaba una falta de sosiego:

La improvisación: una cualidad futurista, pero también su grave defecto. […] Hacer, en definitiva, el arte deprisa. Se improvisa un verso, se improvisa un esbozo y una broma, se puede tener una buena idea improvisada, pero no se puede improvisar una obra meditada y duradera, que requiere mucho tiempo, mucho estudio, mucho esfuerzo y sufrimiento. Siempre fui, y sigo siéndolo, enemigo de la prisa y de la improvisación”.

Echando un vistazo al panorama actual, a uno se le ocurre decir: demasiado tarde, Fortunato.

Depero futurista (1913-1950). Fundación Juan March. Castelló 77, Madrid. Hasta el 18 de enero.

 In English

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Depero (izquierda) y Marinetti, vistiendo chalecos diseñados por el propio Depero.

 

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2 comentarios en “¡Ruido! ¡Furia! ¡Futurismo!”

  1. cuanto sabes !!! se nota que detrás hay lectura y reflexión, muy logrado…

    para que veas que lo he leído con atención, y siguiendo con mi norma, he visto una errata en el pie de foto del Martini, dice “aperivo” (no me digas que es la palabra correcta en italiano!!!)

    este sería de los artículos largos y con profundidad de análisis, no sé si piensas hacer también alguno corto más “ligero” entre medias…

    por último, me ha llegado una nota de Juan curto sobre la feria de Miami, no sé si la has recibido… te podía invitar a dar una vuelta por allí…

    enhorabuena y a seguir besos Jesús

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