Plaza resucitada

Es difícil imaginarlo, y supongo que la plaza habrá cambiado hasta parecerle irreconocible a quien dio sus primeros pasos en ella hace ahora cien años. No sólo el aspecto de las fachadas que la rodean, también en sus paseantes y los ruidos que se escuchan de fondo. En los diez minutos que he pasado en ella el tráfico de coches no ha cesado, ese tráfico urbano reservado a calles estrechas de un único sentido, de barrios con comercios modestos, versiones reducidas de los grandes supermercados o inmobiliarias con nombres poco lustrosos. Acudí a esta plaza de los Lobos de Granada con la ilusoria esperanza de atrapar un hálito, un pequeño retazo de la vida primera de José Guerrero.

La visita a la plaza y a las dos calles circundantes donde un día Guerrero tuvo su casa quedó postergada a la última mañana de mi visita a Granada. Fue así porque en los días anteriores no tuve tiempo para hacerlo, aunque en el fondo me gusta pensar que fue porque en ello vi la mejor despedida a mi viaje. Me doy ahora cuenta de que he hecho tres viajes a Granada desde que tengo uso de razón y que dos de ellos han estado motivados por José Guerrero. Hace cuatro años acudí con prisas al museo que lleva su nombre ante lo que parecía su inminente cierre; ahora, hace una semana, he viajado con un placer incontaminado por la urgencia, para disfrutar de la exposición antológica que se realiza con motivo de su centenario y para poder charlar con Yolanda Romero, la directora de ese Centro José Guerrero que, finalmente, no cerró.

Ahora miro las fotos que tomé en la plaza de los Lobos e intento imaginar, con irremediable frustración, a un Guerrero niño ataviado con pantalones cortos, quizá de negro, atravesando la plaza camino del colegio o jugando al fútbol. Pero no conozco la cara de ese niño y sé que la plaza es otra. Conserva el nombre, pero en torno a ese espacio cuadrado, que imagino más despoblado que ahora, habría casas bajas y el rumor urbano sería muy distinto al de los motores diesel y conversaciones por teléfono móvil que escucho yo. Y sin embargo esta plaza, agradable pero en nada llamativa, una plaza como otra cualquiera, tiene para mí un eco entrañable. He leído mucho sobre José Guerrero en los últimos años y en esta visita a Granada he sentido la necesidad no sólo de ver sus obras de nuevo sino de hacer una incursión, todo lo modesta y extemporánea que se quiera, en su vida fuera del taller y el museo. Es, lo pienso ahora, lo mismo que he hecho al acudir al Centro José Guerrero: quien vive únicamente en las reproducciones conoce sólo una versión desleída de sus cuadros, un conocimiento visual, es decir, parcial.

La plaza de los Lobos de José Guerrero ya no existe. Ha sido distorsionada por el tiempo y sin embargo soy capaz de resucitarla si al verla recuerdo todas las palabras leídas, la memoria de Guerrero como la mía propia, igual que la reproducción de sus cuadros sólo puede motivar todo mi entusiasmo si en el fondo de la memoria conservo la impresión que me produjo su presencia física.

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guerrero_lobos
La plaza de los Lobos en Granada.

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