Presencias huidizas

En el Museo Esteban Vicente de Segovia hay una sala llena de lo que parecen vestigios de una civilización pretérita. Como en una reconstrucción más propia de un museo arqueológico, uno puede seguir toda su historia. Están las estelas fundacionales en las que en vez de relieves bélicos o religiosos han quedado fijados materiales orgánicos como hierba o la corteza de un árbol, acaso la demostración de que aquella cultura divinizaba la naturaleza. Hay otras estelas con relieves humanos a tamaño natural que, bien mirados, más parecen el macabro resultado de una erupción volcánica, los anónimos habitantes de la ciudad sorprendidos y sepultados, ahora petrificados, bajo la lava. En esta imaginaria reconstrucción asistimos también a la debacle final: sobre el suelo yace una enorme mano de yeso, seguramente perteneciente a una escultura colosal de un rey o un dios, destruida apresuradamente por un pueblo invasor. Pero antes de abandonar la sala hay algo que me llama la atención, algo que cuelga del techo. Son dos pies, otro vaciado en yeso de intimidante naturalismo. No hace falta acudir a la cartela porque mi acompañante ya ha deducido de qué se trata. El título le da de pronto a la sala un tinte inesperado: Crucifixión.

Desde luego, nada hay de explícito en las obras de Benjamín Cano (Madrid, 1963), un reconocido arquitecto que sólo ahora se ha atrevido a mostrar plenamente una actividad plástica desconocida. Sucede a veces que, muerto un artista, se empieza a excavar en su vida íntima y se acaba sacando a la luz una parte de su producción que había permanecido escondida. En esta exposición esto se produce a lo grande, con la salvedad de que, en este caso, el protagonista está en plenas facultades. Centrado el foco de atención pública en su arquitectura, imagino que la obra plástica de Benjamín Cano se habrá ido desarrollando a lo largo de los años en soledad y con plena libertad. Esa falta de ataduras con una galería, una clientela o un público le ha permitido explorar indistintamente la pintura, la escultura, el grabado y la fotografía sin mayor restricción que la de su propio instinto creador. Se conocía a un arquitecto y de pronto se nos descubre un artista total.

En buena parte de esta exposición el espectador no alcanza a ver más que las huellas de algo que ha sido. En las series de grabados y monotipos uno aprecia presencias huidizas, señales mínimas que eluden una reconstrucción rápida. No se trata de descubrir o reconocer sino de intuir. Hay huellas de manos, de rostros, manchas imprecisas, alientos acuosos, respiración congelada sobre una hoja de papel. Pero si hablamos de huellas físicas, difícilmente éstas serán más evidentes que en la serie titulada Pneuma, situada, a modo de conclusión, en la última planta del museo. Allí se presentan esculturas realizadas con tela de algodón y resina y todo adquiere un aire de espesa religiosidad. Difícil no pensar en sudarios al ver la tela tirante, casi transparente, bajo la cual uno casi espera encontrar unos rasgos faciales. Difícil también no compararlas con las arpilleras de Manolo Millares, si bien por ser menos brutales las telas de Cano se vuelven, acaso, más inquietantes. La calidad rugosa de las gasas, la impresión de haber servido una función práctica hasta hace un instante, les imprime una fuerte presencia orgánica; su fijación mediante la resina y su presentación en un marco les da un carácter de reliquia.

Después de siglos de desarrollo iconográfico, parecía que el arte contemporáneo había desterrado toda simbología cristiana de su vocabulario estético. En buena parte de las obras de Benajmín Cano, estas referencias están explícitamente presentes. Lo primero y lo último que ve el espectador en la exposición es una serie de bellísimos ensamblajes de 37 x 37 cm titulada El hijo del carpintero, en alusión a Jesucristo. Estas pequeñas obras, a medio camino entre la pintura y la escultura, son una respuesta original y sutil a siglos de temática evangélica en el arte. Es frecuente encontrar en artistas contemporáneos una obra de fuerte carácter espiritual o religioso en sentido amplio –Malevich o Rothko son dos ejemplos– pero pocos que reflejen, aunque sea lejanamente, la iconografía católica que había dominado el arte occidental desde la Edad Media. Más allá de la pintura de Georges Rouault y la capilla del Rosario de Matisse en Vence, son escasos los ejemplos de gran arte cristiano producido en el siglo XX y lo que llevamos de XXI. Benjamín Cano se ha unido merecidamente a esa escueta lista.

Benjamín Cano. Vida secreta del aire. Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente. Plazuela de las Bellas Artes, s/n. Segovia. Hasta el 11 de enero.

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El hijo del carpintero 5, 2004-2007. Maderas pintadas, madera natural, sierras de carpintero y vidrio, 37 x 37 cm. Colección del artista.


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1 comentario en “Presencias huidizas”

  1. muy interesante… veo que te escapaste a Segovia… recordando tiempos recientes con nostalgia, imagino…

    dentro de mis observaciones formales, he visto que ponias lava como masculino… y es femenino…

    ya hablamos uno de estos días, sabes que nos vamos otra vez el miércoles de madrugada, si tienes tiempo antes ya nos dices

    besos Jesús

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