Entrevista con Yolanda Romero

El año que acaba de terminar ha servido para rendir homenaje a José Guerrero, uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX en España. Formado en Granada –su ciudad natal– y Madrid, su carrera recibió un impulso decisivo a partir de sus estancias en París y otras ciudades europeas, donde pudo confrontarse con el arte de vanguardia. Tras conocer en Roma a su futura mujer, la periodista estadounidense Roxane Whittier Pollock, se instaló en Nueva York en 1950. Deslumbrado por el expresionismo abstracto, rápidamente estableció contacto con los círculos vanguardistas y entró a formar parte de la galería de Betty Parsons, que por entonces representaba a figuras de la talla de Jackson Pollock, Mark Rothko y Clyfford Still. A partir de ese momento Guerrero, que había ido depurando su estilo figurativo, abrazó definitivamente la abstracción. Es en los momentos inmediatamente previos donde arranca la exposición que le está dedicando desde octubre su ciudad natal, titulada José Guerrero. The Presence of Black, 1950-1966. Pocas personas han colaborado tanto a difundir el legado del artista como Yolanda Romero. Comisaria de numerosas exposiciones en torno a su obra y coautora de su catálogo razonado, es directora del Centro José Guerrero de Granada desde su inauguración en el año 2000. Junto a Francisco Baena, es la responsable de la exposición actual, que ha preparado durante dos años. Me recibe en su despacho del Palacio de los Condes de Gabia.

Pregunta: ¿Qué va a encontrar el espectador en esta exposición?

Respuesta: La exposición nos la planteamos con la idea de analizar uno de los periodos quizá más desconocidos de la obra de Guerrero, como son sus años americanos. La exposición va, cronológicamente, desde 1950 hasta 1966 pero le hemos añadido un pequeño prólogo porque queríamos que se pudiera ver de dónde viene la obra de Guerrero, muchos de sus temas, formas de abordar el trabajo que estaban ya en sus obras de finales de los años 40. La exposición tiene un carácter didáctico que para nosotros es importante. Se puede seguir el recorrido desde sus inicios, con ese prólogo, hasta 1966, que es donde hay un punto de inflexión importante en su trabajo, coincidiendo con su regreso a España.

P: The Presence of Black fue el título de una exposición que Guerrero realizó en la galería Betty Parsons en 1958. ¿Por qué este título para la exposición actual?

R: El negro era un color muy utilizado por los pintores de la abstracción americana y Guerrero decía que él quería reclamar el negro como un color suyo. También es cierto que en el año ’58 él sufre una crisis personal. Fue un año muy intenso, desde el punto de vista profesional y personal, lo cual desembocó en una crisis que lo llevó al psicoanálisis. Para él el negro, además, fue un color que siempre lo acompañó porque durante los años de su juventud en Granada él recuerda cómo, por las distintas muertes que se iban sucediendo en su familia, tuvo que ir de luto prácticamente toda su adolescencia. De hecho, aquí lo llamaban “el amigo negro” porque iba siempre vestido de pies a cabeza de negro. Pero él también hablaba del negro vivo, un color que está presente en el campo, que está presente en nuestras vidas.

P: En esta exposición se recoge una parte desconocida de la obra de Guerrero, como los llamados “murales portátiles”, que nunca se habían expuesto en España.

R: Nuestro objetivo con la exposición era reflejar a un artista mucho más poliédrico, un artista mucho más experimental que el que se conocía hasta ahora. En esto tiene sin duda mucha importancia tanto el conjunto de obra grabada de los años 50, que no se había expuesto nunca en España, como el tema de los murales. Su interés era fundamentalmente incorporar  la pintura a la  arquitectura del momento  utilizando los  nuevos  materiales con los que la industria de la construcción estaba experimentando. En esta línea experimental   estuvo trabajando durante casi una década. Utilizó desde uralita, cemento, baldosas, ladrillo refractario como fondos de sus obras y también el silicato etílico, que era un componente químico que le daba a la pintura colores muy brillantes y también mucha durabilidad.

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Uno de los murales portátiles de Guerrero.

Tras quince años de sólida carrera en Estados Unidos, Guerrero se estableció en  España entre 1965 y 1968. Llegó cuando estaba a punto de inaugurarse el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca y en seguida se unió al grupo formado en torno a Fernando Zóbel y Gustavo Torner. El propio Zóbel compraría dos de sus cuadros para la colección del museo, con cuya venta Guerrero pudo comprarse, a su vez, una casa en Cuenca. Así, y a pesar de los muchos años de ausencia, pasaba a ocupar un lugar de privilegio en el arte español del momento. Sin embargo, su identidad siempre estuvo entre las dos orillas: ¿era español o era americano?

P: ¿Cómo ve usted la cuestión?

R: Guerrero tuvo la suerte de que en esos años en España la pintura estaba en un momento muy importante, la pintura informalista, y sin duda hay una conexión muy clara entre el expresionismo abstracto y la pintura informalista, aunque tengan también sus diferencias. Sí es cierto que el mismo Guerrero vivió esa contradicción, de que era considerado muchas veces en Estados Unidos como un pintor de características españolas, aunque no español. De hecho, él expuso en diversas exposiciones presentadas como muestras específicas de artistas americanos, la primera de ellas  titulada Younger American Painters en el año ’54. También en el Whitney de Nueva York expuso en  cinco ocasiones en las exposiciones anuales de pintura americana que organizaba el museo. En España encajaba en cuanto a que estaba dentro de esa abstracción del momento, y fue muy bien recibido, sobre todo por la escuela de Cuenca. Yo creo que hubo una buena recepción de su trabajo porque también aportaba algo diferente a lo que se estaba desarrollando aquí como es su uso del color, que no era tan frecuente entre la pintura española del grupo El Paso y de todo el informalismo.

P: Tony Guerrero, hijo del pintor, decía en una entrevista reciente que su padre fue valorado en España pero no en Estados Unidos. ¿Lo ve así?

R: Creo que Tony se refería al momento actual. Guerrero tuvo un momento muy importante durante la década de los cincuenta que se puede comprobar por la incorporación a muchas colecciones americanas, la compra también por coleccionistas privados importantes, su presencia en una de las galerías más destacadas del momento, pero sí es cierto que después, con la llegada del Pop, toda la generación del expresionismo abstracto pasa a un segundo plano. Obviamente, la presencia de Guerrero en el momento actual no es la que tuvo en los años cincuenta, en el que sí estaba muy presente en el sistema  artístico americano. No obstante, en los últimos años se han presentado sus obras en el Guggenheim de Nueva York, en Ámsterdam, en Tokio, en Florencia, se han movido en las subastas y hay una revalorización de su trabajo. Pero, evidentemente, Guerrero es un artista mucho más conocido y más reconocido en España en la actualidad.

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Inauguración del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, en la que Guerrero estuvo presente.

Desde finales de los setenta Guerrero fue considerado uno de los grandes artistas de la segunda mitad del siglo XX en España. Su innegable importancia merecía una visibilidad mayor, más allá de los lienzos que pueden verse en colecciones públicas como el Museo Reina Sofía o el Centro andaluz de Arte Contemporáneo. Desde finales de los años 80 se iniciaron las conversaciones que desembocarían en la creación del Centro José Guerrero, inaugurado en el año 2000.

P: ¿Cómo surgió la idea? ¿Fue una iniciativa que el propio Guerrero intuyó?

R: El Centro Guerrero, en realidad, fue una propuesta que se le hizo a Guerrero desde la Diputación de Granada en el año ’89. El Área de Cultura de la Diputación de Granada puso en marcha una colección de arte contemporáneo y en este contexto se ofreció a Guerrero –que se sabía que tenía, además, una colección propia importante– la posibilidad de contar con su colección para un museo. Guerrero vio con muy buenos ojos la puesta en marcha de esa iniciativa. Visitó uno de los espacios que la Diputación le ofrecía, pero él estaba ya enfermo, por una parte, y, por otra, dijo que su legado artístico era parte de la herencia de sus hijos y que él tampoco iba a hacer nada porque era una decisión que debían tomar otros. Fue tras su muerte, en el ’91, cuando la viuda de Guerrero, Roxane, y sus hijos aceptaron el ofrecimiento de la Diputación y se puso en marcha todo.

P: Tengo entendido que la familia puso muchas facilidades. ¿Fue así?

R: La familia entendió que era importante la preservación de la memoria de su padre a través de un centro y creo que han sido muy generosos a la hora de cuál debía ser el enfoque de un museo monográfico. Entendían que no sólo tenía que estar dedicado a la memoria de su padre como si esto fuera un mausoleo sino que debería ser un centro vivo, conectado con el arte más actual y abierto a otras manifestaciones artísticas que no fueran sólo la pintura.

P: Entre los años 2009 y 2011 hubo una crisis en el Centro Guerrero que casi lo llevó al cierre. ¿Cómo surgieron los problemas?

R: Había un contrato de comodato firmado con la Diputación de Granada según el cual la familia cedía voluntariamente y sin ningún tipo de prestación económica el uso de esa colección y la Diputación asumía los gastos derivados de la exhibición y del Centro. Pasados los diez años había que estudiar bajo qué fórmula se continuaba ese contrato: si había una donación, si era definitiva, si se hacía una fundación… Se iniciaron las negociaciones pero en un momento dado los representantes políticos de ese momento decidieron que no se iba a hacer una Fundación José Guerrero, sino que se iba a hacer una Fundación Granadina de Arte Contemporáneo y que dentro de esa fundación se seguiría manteniendo la colección. Todo esto, además, sin haberlo hablado con la familia Guerrero. Se inició un punto de ruptura, puesto que la familia quería que se mantuviese el nombre de su padre en la Fundación, que se continuara en los mismos parámetros en los que se había estado trabajando, con una fórmula administrativa y jurídica más acorde, que era la creación de una Fundación específica de José Guerrero para el Centro. Yo creo que se gestionó mal esa crisis y, como no se daban soluciones, la familia decidió que si no se avenían a hacer un convenio o una Fundación José Guerrero, se llevaban las obras. Se creó una plataforma ciudadana de defensa del Centro, que fue lo que facilitó que la colección  Guerrero permaneciera finalmente en Granada. Los herederos de José Guerrero  vieron que la ciudadanía, tanto los artistas jóvenes como los sectores culturales de Granada y también de fuera de Granada apoyaban y defendían el Centro y esto les animó a continuar en la brecha. Acaba de salir un libro, Por el Centro Guerrero (2009-2011). Política cultural, crisis institucional y compromiso ciudadano, que recoge todos los documentos que se fueron generando. La Plataforma por el Centro Guerrero hizo muchas acciones. Fueron muy persistentes hasta que se ganó la batalla. Fue un año y medio muy intenso. Tengo que añadir que profesionalmente este episodio y la gran cantidad de muestras de apoyo recibido ha sido una de las mayores satisfacciones personales que he tenido y que probablemente tendré.

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Vista de la exposición en el Centro José Guerrero.

Los carteles de las exposiciones organizadas por el Centro Guerrero que cuelgan de las paredes de las oficinas donde tiene lugar la entrevista chocan con la visión localista de aquella Fundación Granadina propuesta por la Diputación en las negociaciones. Con una breve ojeada, uno comprende la importancia de un lugar así. Difícilmente podrían haberse visto en Granada obras de maestros consagrados como Willem de Kooning o contemporáneos como Martha Rosler y Sean Scully  sin la existencia del Centro José Guerrero. “El mío es un arte sin fronteras”, solía decir el pintor, y es evidente que esa es una vocación que el Centro ha querido mantener. Si una cosa traía consigo Guerrero en sus regresos a Granada era un torrente de modernidad cosmopolita. Lo describe de manera muy bella Antonio Muñoz Molina en un pequeño libro titulado José Guerrero. El artista que vuelve. De testimonios como el suyo se desprende siempre una profunda admiración hacia la personalidad de Guerrero en igual medida que su obra.

P: ¿Usted conoció a Guerrero?

R: Yo tuve un trato ya en los últimos años de su vida. Mi primer contacto fue curioso porque fue en una exposición aquí en Granada en el año ’85, que se le hizo en el Auditorio Manuel de Falla, en la que me acerqué a pedirle un autógrafo (ríe). Después, cuando ya empecé a trabajar en el Área de Cultura de la Diputación, hicimos una exposición en el Palacio de los Condes de Gabia y después ya empezaron los primeros años de las negociaciones estando aún él vivo. Mi conocimiento de Guerrero ha sido, sobre todo, a partir de su obra, pero también a partir de muchos de sus escritos y de las propias exposiciones que hemos organizado. En sus escritos  ves que realmente él, más que como pintor, como artista, siempre estuvo luchando por encontrarse a sí mismo. Yo creo, además, que era una persona que nunca olvidó sus orígenes populares y que conectaba lo mismo con un político que con un crítico de arte,  con un  artista joven o  con el panadero del barrio.

P: ¿Qué lugar cree que ocupa José Guerrero en la historia del arte español contemporáneo?

R: Yo creo que ocupa un papel muy relevante, no solamente por la importancia que tuvo en la escuela de Nueva York sino, sobre todo, porque aquí sirvió de guía a muchos artistas, que tomaron su forma de ser abierta, libre en la forma de expresarse y, por supuesto, la importancia que tuvo en el ejercicio del color en la pintura, lo cual abrió a muchos artistas de esa generación una vía nueva de trabajo. Yo creo que a nivel institucional está también muy reconocido, su obra está presente en los museos más importantes del país y creo que tiene el lugar que se merece, aunque siempre hay que seguir trabajando en una recuperación histórica de su figura. Guerrero también fue malinterpretado, fue utilizado en algunas polémicas de las que él no participó personalmente e, incluso, fue rechazado por una parte de la crítica. Yo creo que, con el paso del tiempo, el reconocimiento de su trabajo y de su papel es bastante uniforme, bastante aceptado en la historia del arte español como una figura clave.

La exposición José Guerrero. The Presence of Black, 1950-1966 puede visitarse en Granada en el Centro José Guerrero y el Palacio de Carlos V de la Alhambra hasta el 6 de enero. La muestra viajará a la Casa de las Alhajas de Madrid a finales de enero y a Fundació Suñol de Barcelona en mayo.

Esta entrevista saldrá publicada próximamente en Culturamas.es

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4 comentarios en “Entrevista con Yolanda Romero”

  1. Me gustaría saber la opinión de Rubén acerca de ese periodo pictórico de José Guerrero y su relación artística personal con él.

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    1. Hola Julio, muchas gracias por tu interés.
      1950 marca un antes y un después en la obra de Guerrero. Como ha quedado recogido en varios testimonios, le dijo a su mujer que iba a necesitar varios años para sobreponerse al gran impacto que le causó el encuentro con la obra de Pollock, Rothko, Kline, etc. Superado ese primer “shock”, Guerrero pudo convertirse en el gran pintor que hoy conocemos. Aunque desde el principio de sus años americanos realiza una obra original, a mí el periodo que más me seduce es el de la primer mitad de los años 60, unas pinturas más gestuales y en las que empiezan a colarse recuerdos de España, como “Sacromonte” (1963-64) o “Albaicín” (1962). Este último quizá sea mi cuadro favorito de Guerrero.

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