La vida precoz de Alvin Langdon Coburn

Se nos dice en la web de la exposición actual de la Fundación Mapfre que el carácter reservado y cordial de Alvin Langdon Coburn hacía que pocos rechazaran ser fotografiados por él. En un autorretrato que se hizo con veintitrés años uno intuye de todo menos timidez. Recuerda a algunas imágenes del Picasso de los primeros años en París, en especial al famoso autorretrato enfáticamente titulado Yo, Picasso. En ambos hay un gesto de seguridad, un aire de desafío o arrogancia visible no sólo en la postura o la mirada, sino en su descarada juventud. En el caso de Coburn, probablemente se debía a que a los diecisiete años ya había expuesto en la Royal Photographic Society de Londres, a que era miembro de los dos grupos más influyentes de la fotografía moderna y a que, a pesar de su edad, contaba ya con un prestigio que le permitía retratar a grandes personalidades de la época.

Aunque en el fondo sabemos el papel decisivo que juega el azar en toda biografía, nos gusta imaginar en qué momento preciso se despertó la vocación de los grandes artistas, así como conocer los nombres de las personas que supieron ver su talento, como si todo respondiera a una trama urdida por el destino. En el caso de Coburn es fácil, y plausible, establecer una narración a partir de una fecha y un nombre. La fecha: sus ocho años, cuando recibió como regalo su primera cámara de fotos; el nombre: Fred Holland Day. Day era un primo lejano, fotógrafo y artista reconocido y pionero en la reivindicación de la fotografía como un arte autónomo. Fue él quien organizó la exposición The New School of American Photography en la Royal Photographic Society de Londres e invitó a Coburn a participar. Menos de diez años después de recibir su primera cámara, estaba exponiendo en uno de los epicentros de la fotografía mundial.

A veces hay que recurrir a los datos fácticos y casuales de las biografías para reprimir la tentación de hacer hagiografía, en vez de historiografía, del arte. Pero es cierto que el talento suele preceder al azar, y es evidente que Coburn poseía una gran sensibilidad. En sus años de adolescencia y primera juventud produjo excelentes fotografías de estilo pictorialista, como la de un pequeño sendero rural que, con su textura granulosa, recuerda a los dibujos de Georges Seurat. Coburn tenía el ojo atento de los grandes fotógrafos, la capacidad de observación que convertía a la fotografía, en palabras del español José Alemany, en el “arte del descubrimiento”. Así, fotografía desde la cima de una colina el cuerpo ondulante de un río abriéndose camino entre los campos labrados y lo titula Dragón. En uno de sus viajes por Italia, retrató el Vesubio desde el anfiteatro romano de Pompeya. Dentro de un encuadre moderno, aparecen en un primer plano bien definido las gradas, mientras en la nebulosa distancia el volcán se presenta como pintado por un maestro pintor chino.

Retrató Londres y Nueva York, a las que dedicó sendos libros de fotograbados, donde se aprecia el alejamiento del pictorialismo en favor de una estética más precisa en las formas, con encuadres inesperados y fuertes contrastes. Sus vistas en picado de Nueva York, tomadas desde la cima de rascacielos, muestran un ojo inquieto, asombrado por la ciudad, a la que él añade un vértigo más propio de las vanguardias plásticas que del simbolismo de sus primeros referentes, como su primo Holland Day o Gertrude Käsebier. Desde lo alto de la Metropolitan Tower, los senderos recién despejados de nieve de Madison Square Park parecen los tentáculos de un enrome pulpo. En su vista privilegiada de pájaro, el edificio Woolworth se erige como un gigante sobre la bruma humeante de la ciudad. Pero más que en cualquiera de estas obras, es en una fotografía algo más modesta donde más claramente aprecié esa nueva sensibilidad de Coburn. Es una vista apaisada, muy alargada, del puente de Brooklyn tomada desde el East River. Sobre el gris blanquecino de la ciudad de fondo se recorta el puente a contraluz, atravesando la composición de izquierda a derecha como un corte tajante que se asemeja al brochazo definitorio de un pintor.

Para entonces, hacía años que Coburn pertenecía al grupo americano Photo-Secession y al británico Linked Ring, los dos pertinaces puntas de lanza en la reivindicación de la fotografía artística. Coburn había adquirido muy pronto una gran reputación como retratista. A partir de un encargo de la revista americana Metropolitan Magazine, retrataría a numerosos artistas y escritores: Mark Twain, Henry James, Gertrude Stein, Auguste Rodin, Henri Matisse, Alfred Stieglitz, de perfil y en un marco circular como en un tondo renacentista. Su primer modelo y valedor, George Bernard Shaw, escribiría que Coburn era, junto a Edward Steichen, el mejor fotógrafo del mundo. Para un artista, el reconocimiento puede ser el camino más rápido hacia la conformidad, pero en Coburn el prestigio fue compatible con una vocación de superación, de dominar mejor el oficio. El artista Frank Brangwyn, al que retrató en 1904, le dio clases de bodegón, composición y grabado. Al año siguiente, se apuntó a una escuela nocturna para aprender fotograbado. En 1909 instaló un estudio en su casa para hacer sus retratos, donde empezó a emplear placas sensibles a los colores y un pequeño flash para captar mejor las texturas de la piel de sus modelos.

En su vigorosa inquietud, Coburn se acercó a las corrientes estéticas más radicales. En Londres, donde se estableció definitivamente en 1912 tras varios viajes transatlánticos, conoció y retrató a Ezra Pound, Wyndham Lewis, Edward Wadsworth y Jacob Espstein, miembros y fundadores del movimiento vorticista, la primera, única y fugaz vanguardia salida de Gran Bretaña. Emulando la superposición de planos cubista de la que bebía el vorticismo, realizó un impresionante retrato del artista mexicano Marius de Zayas. Junto con Pound, elaboró en 1916 el vortoscopio, consistente en la unión de tres espejos rectangulares en forma de triángulo. Aplicado a la lente de la cámara, los espejos actuaban como un prisma que dividía la imagen formada por la luz. Coburn tomó vortografías de Pound y de motivos inanimados como la madera o el cristal, creando imágenes desconcertantes y abstractas, los perfectos equivalentes fotográficos de la pintura de Lewis y la escultura de Epstein.

Curiosamente, la carrera de Coburn terminó abruptamente en mitad de esta efervescencia creativa. Antes de cumplir los cuarenta años, se retiró oficialmente de la fotografía, llevando a cabo a partir de entonces una actividad esporádica, como una serie dedicada a la construcción de la catedral de Liverpool, llena de encuadres sorprendentes de andamios y grandes vigas de metal. Hacía algunos años que había empezado a interesarse por el espiritismo y la astrología y en 1917 se retiró al campo para dedicar la mayor parte de su tiempo a la masonería. A pesar de sus atrevidas vistas urbanas, que parecían no tener compromiso más que con la estética moderna, en Coburn siempre hubo un importante componente espiritual. Posiblemente siempre lo acompañó el aura simbolista del pictorialismo, pero es muy probable que el gran paisaje norteamericano jugara un papel fundamental en su posterior retiro rural. En 1909 había viajado a las cataratas del Niágara para fotografiarlas completamente heladas, un raro espectáculo que, con su habitual tino para los símiles animales, llamó “dragones helados”. Entre 1911 y 1912 realizó un viaje por el oeste de Estados Unidos y fotografió California, el parque nacional de Yosemite y el Gran Cañón. Las cascadas y los bosques de Yosemite y la inmensidad escarpada del Cañón debieron de producir la misma impresión en Coburn que los acantilados y los picos nevados en los pintores románticos cien años antes. Diez años después, y tras veinte años de fulgurante carrera, Coburn apenas hacía fotos y vivía en Harlech, un pequeño pueblo al norte de Gales, dedicado casi enteramente a su nueva vocación mística. Precoz había sido el éxito, precoz también la retirada.

Alvin Langdon Coburn. Fundación Mapfre. Bárbara de Braganza 13, Madrid. Hasta el 8 de febrero.

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De izquierda a derecha: Autorretrato con veintitrés años (1905), Nubes en el Gran Cañón (1911) y Marius de Zayas (1914).

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