Noé, fotógrafo

La fascinación o idolatría que provocan las redes sociales agudiza la sensación de continua novedad. No es tanto una cuestión de los jóvenes, que por lo general se limitan a utilizarlas, sino de los teorizadores, una cohorte formada en su mayoría por adultos de apariencia desenfadada que adulan a los adolescentes y veinteañeros con una mezcla de envidia sana y peloteo, profetizando la inminente llegada de una humanidad que utilizará las nuevas tecnologías con una destreza que le vendrá de serie. (Me abstengo de momento de utilizar la cursilería de “nativos digitales”) Cuando hablan de intercambio planetario de conocimiento, estas personas suelen querer decir –al menos en Occidente– un bombardeo de imágenes y textos cortos, es decir, eslóganes. Ahora que estoy leyendo sus ensayos sobre fotografía, me gustaría saber qué opinaría Susan Sontag acerca del intercambio masivo de imágenes a través de Facebook, Pinterest, Twitter o WhatsApp. La sobreabundancia de estímulos visuales es algo que la llevó, ya en los años 70, a escribir lúcidos textos acerca del significado –o la falta de significado– de la fotografía en un mundo en el que ésta constituye la principal fuente de conocimiento. Que todavía se lean con mucho provecho sus textos debería hacernos sospechar que el nuevo mundo y la nueva sociedad en la que supuestamente estamos inmersos quizá no han acabado de llegar todavía.

Creo que, más o menos soterradamente, la reflexión sobre la sobreabundancia de imágenes está presente en las fotografías de Pablo Genovés que ahora se exponen en la Sala Canal de Madrid. Cierto que no es lo primero en lo que uno piensa al verlas. La reacción inicial es de puro asombro o susto. Como telón de fondo para sus obras, Genovés utiliza fotografías antiguas que rebusca y rescata en mercadillos callejeros. Después las escanea y con Photoshop les añade una segunda capa totalmente ajena. En sus fotografías más conocidas, esta capa suele ser un mar embravecido que inunda salones lujosos e iglesias. Ampliadas e impresas sobre láminas de metro y medio de alto, las imágenes de santos y vírgenes atacados por el agua adquieren connotaciones apocalípticas.

Es seguramente inevitable leer estas imágenes como una admonición, nada religiosa y sí muy real, de las consecuencias del cambio climático. Lo que nos sorprende de las fotos de Genovés no es tanto el hecho sino el contexto. Estamos ya muy acostumbrados a las imágenes de inundaciones que devastan regiones enteras, que vemos en el telediario con una mezcla de espanto y mala conciencia. Creo que ahí radica uno de los motivos por los que Genovés recurre a edificios antiguos como escenario de sus catástrofes: de situarlas en un entorno actual, sus imágenes palidecerían ante las realidades que nos llegan por televisión cada cierto tiempo, normalmente de Asia o Centroamérica. Por otra parte, los escenarios de Genovés suelen ser arquitecturas excesivas del siglo XVIII, cuajadas de molduras retorcidas y pinturas al fresco. Leídos en el contexto actual de crisis económica y política, los torrentes de agua quizá sean una metáfora de las masas humanas que decapitaron a los dueños de aquellos palacios tan profusamente decorados.

En la colección de las alrededor de diez mil fotografías antiguas que posee Pablo Genovés, destacan, además de las iglesias y las salas de estar, las bibliotecas y los museos. Si las olas que irrumpen en las primeras –conjuntos de mármol y ladrillo, al fin y al cabo– nos sobrecogen, en las segundas se añade un grado de urgencia por saber que el agua corromperá en cuestión de segundos los cuadros y, sobre todo, el papel. Genovés no esconde que estas imágenes tienen que ver con la incertidumbre que existe acerca de la supervivencia del libro de papel y la pintura. A pesar de los debates de los últimos años, los amantes del papel podemos admitir que la improbable aniquilación total del libro no significaría la muerte de la literatura. El caso de la pintura es distinto. El debate tiene muchos más años y creo que ha quedado demostrado que su hipotética muerte es sencillamente imposible. (Que llegue a practicarla poca gente y que no se difunda a través de hashtags es otro asunto) La postura que adopta Genovés al respecto no está clara, aunque, siendo hijo del gran Juan Genovés, a uno le cuesta creer que estas fotografías sean alegatos contra la pintura. Más que la pintura, lo que sus olas anegarían sería, quizá, el circo del arte en su conjunto, arrastrando consigo obras, comisarios, críticos e impávidos espectadores por igual.

La naturaleza en estas imágenes tiene dimensiones épicas, las olas violentas como una maldición divina. Parecen obra de un dios colérico y primitivo que se toma la revancha sobre la domesticación a que ha sido sometido por siglos de tradición, ejemplarizadas en las amables caras rococós y neoclásicas de los santos y los Cristos de las iglesias. Dice Genovés en una entrevista que quiere que el espectador mire sus fotos como si fuera el último habitante de la tierra. Como un Noé temeroso que sale a cubierta después del Diluvio, uno se asoma con incredulidad a unas imágenes de salones lujosos sumidos en un silencio sepulcral de aguas estancadas o heladas. Quizá sea mejor desaparecer en la vorágine de la tormenta que vivir para ver el mundo reducido a esta imagen fantasmagórica. En el fondo, creo que estas fotografías son modernas vanitas, igual que el soliloquio de Macbeth que da título a la exposición de Genovés (la traducción es libre): “La vida no es más que una sombra andante, un pobre actor / que consume sus horas sobre el escenario / y al que no se le vuelve a escuchar: es un cuento / contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, / que no significa nada”.

Viendo la televisión durante diez minutos, un ciudadano medio actual puede llegar a comprender el significado de ese ruido y esa furia mejor que cualquier cultivado lector de Shakespeare que viviera antes del siglo XX. Es difícil hacer un cálculo de cuántas imágenes podemos ver a lo largo de un día. ¿Qué sentido damos a todo ello? Susan Sontag era una amante de la fotografía y escribía sobre fotógrafos con una erudición y, sobre todo, una elocuencia raras en escritores de arte. Sin embargo, sus textos tienen igual o más contenido moral que estético: “Las sociedades industriales convierten a sus ciudadanos en yonquis de imágenes; es la forma más irresistible de contaminación mental”, escribe. ¿Qué pasa cuando nuestro conocimiento procede de tantos lugares, tan ajenos entre sí y sin embargo reunidos en una misma pantalla de ordenador o teléfono móvil? Fotos de nuestras vacaciones, las vacaciones de otros, políticos, chistes, inventos científicos, catástrofes naturales, sexo, matanzas… ¿No es inevitable que todo se convierta en pasatiempo? Cuando lleguen las olas furiosas de Pablo Genovés, habrá cientos de fotógrafos preparados para documentar el #findelmundo.

Pablo Genovés. El ruido y la furia. Sala Canal de Isabel II. Santa Engracia 125, Madrid. Hasta el 22 de marzo. Susan Sontag. Sobre la fotografía. Traducción de Carlos Gardini. Debolsillo. Barcelona, 2014. / En inglés: On Photography. Penguin, 2008.

In English

genoves
Templo del Sol, 2013. Digigraphie sobre papel baritado, 102 x 122 cm.

 

Anuncios

2 comentarios en “Noé, fotógrafo”

  1. Hablando de imágenes que se quedan en nuestra mente y se resisten a marcharse, la primera que me viene a la cabeza viendo la foto que ilustra el artículo es a Moisés separando las aguas en la famosa película que narra la huída de Egipto… quizás es lo que toca ahora, sin identificar a judíos o egipcios…

    Me gusta

  2. la cosa es, desde mi punto de vista, que en este mundo de superabundancia, las imágenes que logran prevalecer no están relacionadas con las tendencias. Y no me refiero a hashtags y cosas así, que no pienso que estén peleados con la relevancia; más bien, tienen que ver con lo permanente en el espíritu humano.
    En realidad, considero que en todos los tiempos ha existido la superabundancia de imágenes, pues siempre existirán más productores que artistas en sí. Pero todo es proporcional y, afortunada o desafortunadamente, en la actualidad tenemos más consciencia de nuestras proporciones y, por lo tanto, de la producción infinita que le corresponde. Sin embargo, es esperanzador que, a pesar de todo, lo efímero es justamente lo que nos defiende de ese ataque masivo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s