Todas las épocas de Petworth

Más que muchas exposiciones, uno de los acontecimientos artísticos del pasado año, y aún de este, es la película Mr. Turner, dirigida por Mike Leigh. Cumple con el mimo con que suelen tratar los directores británicos las películas de época, recreaciones precisas que dotan de presencia física a los nombres algo acartonados de los libros de historia. De pronto parecen accesibles, sobre todo cuando salen reflejados sus defectos, tan similares a los nuestros. Yo fui al cine con la firme decisión de dejarme engañar, de creer que lo que veía en la pantalla era verdadero, que Turner era Turner y no Timothy Spall. Cuando una película logra la verosimilitud, como es el caso, corremos el riesgo, dudo si evitable, de asociar para siempre los nombres inertes de los libros a las caras de los actores que los interpretan y a sus actitudes exageradas, consustanciales al carácter condensador del arte.

Disfruté con el engaño interpretativo pero también con los paisajes que aparecen a lo largo la película, afilados y brillantes como cuadros recién terminados. En ciertas escenas, Leigh consigue imitar la luz dorada de tantas obras de Turner. Aunque en sus manos adquiriera una mayor gestualidad, una mayor urgencia, esa luminosidad provenía directamente de Claudio de Lorena. Tratándose de un artista que soporta la involuntaria carga de visionario y precursor como pocos en la historia del arte, es significativo que Leigh dedique una larga secuencia a una conversación en la que Turner muestra su rendida admiración por el maestro francés del XVII. Recientemente he descubierto hasta qué punto era así en una visita a la National Gallery de Londres. Allí, después de atravesar salas dedicadas Rembrandt y la escuela holandesa, me encontré sin previo aviso en un pequeño espacio donde colgaban cuatro grandes lienzos, dos de Turner, dos de Claudio de Lorena. Cuando uno lee los párrafos y párrafos que se escriben sobre el papel incierto de los museos en nuestros días, debería venir después a esta sala, donde Puerto con el embarco de la reina de Saba de Claudio de Lorena cuelga frente a Dido construyendo Cartago de Turner. Dejar que el visitante mire y remire libremente esos dos cuadros, de lejos, de cerca, yendo del uno al otro para compararlos, me parece un extraordinario servicio público. ¿Puede o debe servir un museo para algo más?

Esa luz dorada de Turner y Claudio de Lorena no fue la que encontramos nosotros en Petworth. Allí, un pequeño pueblo de West Sussex, al sur de Inglaterra, Turner pasó cortas temporadas a lo largo de diez años, invitado por el tercer conde de Egremont. La casa de este noble inglés, Petworth House, es una de tantas que hoy regenta el National Trust, que ha organizado una exposición con motivo de la película de Mike Leigh. La exposición es un aliciente más para visitar la casa, donde se exponen de manera permanente veinte cuadros de Turner. Fueron encargados y comprados por Egremont, quien a principios del siglo XIX puso su mansión a disposición de artistas británicos para que la utilizaran como estudio. Pero más que los veinte Turners o los impresionantes salones llenos de esculturas clásicas, lo que ansiábamos ver de veras era la habitación que utilizaba Turner como estudio. Subiendo unas escaleras se accede a la antigua biblioteca, donde trabajaba durante sus estancias allí. Hay libros en estanterías que recorren las largas paredes, pero también un amasijo de caballetes y lienzos pintados. Algunos de ellos pertenecen a Timothy Spall, quien recibió un curso intensivo de dos años de dibujo y pintura para encarnar con mayor credibilidad a Turner trabajando. De hecho, la réplica de la famosa Tormenta de nieve que aparece en la película fue pintada íntegramente por él. Junto a él hay más cuadros que aparecen en la película, así como una réplica de la mesa giratoria que el artista utilizaba para colocar pigmentos, paletas y pinceles. Me llamaba todo la atención, pero lo que de verdad no podía dejar de mirar era el enorme ventanal de la habitación, una auténtica bendición para cualquier pintor. A través de ella se vislumbraba la interminable extensión del campo de Sussex.

En sus estancias en Petworth, Turner disfrutaría de la privilegiada situación de su estudio, de la buena conversación, la buena comida y las veladas musicales nocturnas, pero sin duda también de los paseos por los dominios del conde de Egremont, que no se limitaban a Petworth House. La gran casa ocupa, en realidad, una parcela diminuta dentro de un inmenso campo, conocido hoy como Petworth Park, un parque público al que se puede acceder libremente. Claro que llamarlo parque es una subestimación casi ridícula. A los cinco minutos de aparcar el coche, uno se encuentra completamente rodeado de campo. La casa del conde se vuelve un recuerdo lejano, como el tráfico, que se escucha a lo lejos pero no se ve. La inmensidad verde, dispuesta ante uno como un regalo, incita a ponerse a correr como un perro excitado ante metros y metros de campo abierto. Las siluetas oscuras de los árboles, en la cima de ligeras colinas, se recortan sobre el cielo blanquecino; los contornos de las densas copas de ramas desnudas parecen haber sido dibujadas con pastel, difuminados luego con los dedos.

Está atardeciendo y caminamos en línea recta, sin la menor idea del tiempo que pasaremos aquí o de la distancia que recorreremos, amnésicos de pronto de todo lo que hemos hecho antes y lo que haremos después, atentos únicamente al paso despreocupado de nuestros pies sobre la superficie mullida de la hierba. De pronto, advertimos a lo lejos un movimiento. Primero una figura oscura, después dos, tres, diez, veinte, hasta que resulta imposible contarlas. Van apareciendo de detrás de una colina y se agrupan. De repente me acuerdo de un cuadro de Turner que hemos visto esa mañana: son ciervos. Quién hubiera pensado que hoy, lejana ya la presencia de gentlemen cazadores, habría tantos, viviendo libremente en este descomunal parque público. Nos acercamos y sigue siendo imposible contarlos; debe de haber al menos cien. Nuestros pasos se van volviendo sigilosos hasta que dejamos de caminar por prudencia, no sabemos bien si por miedo a un improbable ataque o a que salgan despavoridos para esconderse. Nos limitamos a observar, a exclamar puntualmente susurros de asombro. Al cabo de un rato nos alejamos, incapaces de evitar girarnos a cada pocos pasos para observarlos de nuevo. Volvemos hacia el coche dando la vuelta a un pequeño lago lleno de patos y gansos. La mitad del agua está congelada y nos detenemos para lanzar ramas secas para verlas deslizarse sobre el hielo.

Cuántos cuadros, poemas y canciones nacen de regalos así, de la aparición inesperada de un animal o una persona en un paisaje, de un cambio súbito de luz que altera por completo nuestra visión. Soñadoramente, quiero imaginar a Turner paseando por Petworth Park, un urbanita como yo asombrado por la mera existencia de un lugar así, tan cercano a la civilización y a la vez tan remoto. En qué poca cosa queda de pronto la historia del arte. Rara vez ocurre, pero hay momentos en que uno se siente felizmente despojado del presente. Nos colocamos en medio de un paisaje inalterado por el tiempo y dejamos de pertenecer a una época para habitarlas todas. La conciencia de mí mismo se diluye en medio de este lugar. Ante un paisaje así, uno no habla: calla y pinta.

Mr. Turner – an exhibition. Petworth House. Petworth, West Sussex. Hasta el  11 de marzo.

In English

turner
Vista de Petworth House. Sobre el gran arco apuntado se encuentra el ventanal del estudio de Turner.

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