Comparaciones odiosas

Exhaustos, demacrados, asilvestrados en su cautiverio, los asistentes a la velada interminable observan desde la frontera invisible e infranqueable del salón cómo aparecen tres ovejas. Con ávida atención esperan a que se acerquen y entonces les echan encima las manos como buitres. Acaso esta sea la más brutal de las escenas de El ángel exterminador de Buñuel. Las dos veces que la he visto –una de ellas en el cine, en uno de los valiosos ciclos del Círculo de Bellas Artes– he acabado igual de asombrado. Asombrado porque cuesta imaginar en qué momento surge la chispa de un guión tan original.

Después de una tarde en la ópera, alrededor de una veintena de miembros de la alta burguesía se reúnen para cenar en la mansión de uno de ellos. Después de la velada, a la hora de las despedidas, todos quedan inexplicablemente atrapados en el salón, del que no pueden salir a pesar de que no hay ninguna barrera física que se lo impida. Va disminuyendo la comida y el agua y asistimos al desgaste físico de los personajes pero, sobre todo, a un declive progresivo de las convenciones sociales. Los exagerados modales que rigen la vida pública de los personajes se vuelven ridículos y no tardan en desaparecer. Las desavenencias entre ellos, otrora disimuladas detrás de sonrisas hipócritas, empiezan a manifestarse violentamente. Atónito, el espectador observa cómo las personas más refinadas de la sociedad –médicos, abogados, artistas– son incapaces de hacer algo tan sencillo como abandonar una habitación. Desconcertados e inútiles, desprovistos del más mínimo lujo y del servicio de sus criados, los personajes descienden a la condición de alimañas. Cuando parecen abocados a una muerte segura por inanición, aparecen las ovejas.

He vuelto a pensar en la película de Buñuel cuando he leído que ha sido homenajeada en la última performance de Santiago Sierra. La obra, titulada El rebaño, consistió en llenar de ovejas la galería Team de Nueva York. Durante el tiempo que estuvieron allí, los espectadores pudieron observar a las ovejas comportándose nada más y nada menos que como ovejas. Según la galería, la “belicosa presencia” (sic) del ganado en la galería debía despertar en el espectador un sentimiento de culpa ante la indiscriminada explotación a la que el ser humano somete a los animales. Además, el hecho de que las ovejas comieran en el mismo lugar donde excretaban cuestionaba el trato –¿discriminatorio?– que damos a nuestros desperdicios. El olor a orina y heces ovinos debía despertar nuestra “vergüenza latente, desengañándonos de cómo tratamos nuestros residuos”.

Obras como esta se vuelven puntas de lanza en la batalla por la ansiada democratización del arte porque ni siquiera hace falta verlas para apreciarlas. Con gran generosidad, Sierra nos proporciona una hoja informativa y nos ahorra el elevado precio de un billete de avión. Para comprender El rebaño no hace falta ir a Nueva York; de hecho, si uno es padre de niños pequeños podrá gozar de la misma experiencia si se suma a una de las excursiones que el colegio organiza a granjas-escuela. Eso sí, el por qué la tan manoseada “desmaterialización” de las obras de arte va acompañada de una altísima cotización en las ferias y las subastas es el gran enigma que tendrán que resolver los historiadores de siglos venideros.

Las similitudes entre la performance de Santiago Sierra y la película de Buñuel se me escapan. Quizá eso no importaría si no hubiera sido el propio Sierra el encargado de citarla como fuente de inspiración, invitándonos a hacer una de esas odiosas comparaciones. El listón elegido fue, intuyo, demasiado alto.

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 buñuel

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