Finales felices

La exposición actual de la galería Marlborough de Madrid es más propia de un museo que de una galería. El título “Escultura española. Siglos XX-XXI” no es un mero reclamo publicitario. Realmente se hace un recorrido por casi todos los nombres que han conformado la historia de la escultura española desde las vanguardias históricas. Aunque Picasso esté presente sólo a través de unos cuantos grabados de la Suite Vollard y la Suite 347, se expone al lado un Julio González en el que implícitamente está el malagueño. Al fin y al cabo, fue un esfuerzo conjunto entre ambos el que cambió para siempre la práctica de la escultura. Se podría decir que el recorrido empieza cronológicamente en González y termina en artistas jóvenes como Blanca Muñoz o David Rodríguez Caballero. Entremedias, todos los demás: Chillida, Antonio López, Manolo Valdés, Cristina Iglesias, Jaume Plensa…

Una de las pocas figuras fundamentales que no se encuentra aquí representada es Jorge Oteiza. En una de esas navegaciones sin rumbo que uno emprende en YouTube, me encontré una vez una breve entrevista que se le hizo al escultor vasco en la Bienal de Venecia de 1988, en la cual su obra ocupó un lugar destacado. Con vehemente arrogancia, lo primero que decía era que aquella bienal era una feria de mediocridades y que allí sólo había dos verdaderos artistas: Jasper Johns y él mismo. Posiblemente fuera cierto, pero lo que más sugestivo resulta al espectador es cómo, a través de esos dos artistas –Oteiza habla de sí mismo casi en tercera persona–, establece toda una historia del arte contemporáneo. Johns representaría una corriente proveniente del dadaísmo y el surrealismo, cuya intención es “despertar” y provocar al hombre, mientras él habría participado en la otra gran tendencia, es decir, la de la pura experimentación formal. No sólo eso: Oteiza, según Oteiza, no había sido un integrante más de esa vía plástica, sino que había sido él quien había dado fin a los experimentos vanguardistas que habían partido del cubismo, llegando al vacío de la forma y, con ello, al agotamiento de la escultura.

En la exposición de la Marlborough está muy bien colocada una escultura de Miquel Navarro junto a esa pieza clásica de Julio González. A ambas las separan más de cincuenta años y sin embargo se ven perfectamente las deudas de Navarro con González. De él derivan directamente la simplificación extrema de las figuras, visibles también en otras piezas de esta exposición, como las de Pablo Gargallo, incluyendo su temible Gran profeta. Tomando el punto de vista de Oteiza, es fácil ver la evolución de la escultura como una inequívoca línea recta hacia la progresiva depuración de recuerdos figurativos, sobre todo cuando en esta exposición uno se encuentra con figuras tan imponentes como Chillida. Las generaciones que siguieron a los dos gigantes vascos parecen corroborarlo también: las sutiles composiciones de Cristina Iglesias, los abstractos organismos de Blanca Muñoz, las planchas plegadas de David Rodríguez Caballero.

La teoría de Oteiza se parece mucho a la de Clement Greenberg, que, a partir de Pollock, Rothko y demás expresionistas abstractos, planteaba el desarrollo de la pintura como un camino inevitable hacia la depuración absoluta. Aunque de antemano yo ya había puesto esta teoría en entredicho, y a pesar de que en esta exposición hay escultores figurativos de la talla de Antonio López y Juan Muñoz, no se me ocurrió mayor recusación a la “teoría de la depuración” que cuatro pequeñas piezas de Francisco Leiro. También sus figuras son simples, pero no en el sentido rectilíneo de un Julio González, sino en el de una tosquedad fuertemente orgánica. Sus cuatro esculturas tienen un mismo tema, el de Lázaro saliendo de su ataúd. Siguiendo la “teoría de la depuración”, ¿qué lugar ocupa un escultor así, que no es discípulo de Oteiza, pero tampoco de Jasper Johns? Embebidos de tanta teoría, uno tiene que ponerse frente a unas esculturas como las de Leiro para recordar que el ser humano necesita representaciones figurativas, esculturas expresivas como éstas, verosímiles a pesar de su tosquedad, una ficción en la que el espectador pueda verse reflejado. Para llegar al final feliz de la historia del arte por el que abogaban Oteiza y otros, tendríamos que renunciar a artistas tan buenos como Leiro. Y yo, personalmente, no estoy dispuesto a hacerlo.

Escultura española. Siglos XX-XXI. Galería Marlboroguh. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 21 de marzo.

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Leiro, Lázaro 9, Lázaro 3, Lázaro 11 y Lázaro 8
Francisco Leiro, Lázaro 9, 3, 11 y 8.

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2 comentarios en “Finales felices”

  1. Leyendo sobre el arte figurativo y lo esencial que ha sido en el desarrollo de la humanidad, le vienen a uno a la cabeza las recientes imágenes de destrucción de todo lo que parezca humano en nombre de una religión que seguramente aspira a hacer mejor al hombre, pero cuya interpretación por los más fanáticos de sus seguidores está dejando sin pasado a un pueblo que ayudó enormemente a crear el presente y que aún está a tiempo de decidir su futuro.

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    1. Totalmente de acuerdo. Los fanáticos que destruyen la historia quieren eliminar todo rastro de una cultura ajena a la suya propia. Cualquier muestra de que el mundo y la historia son complejos es un insulto para el cerebro maniqueo de los fanatismos religiosos, nacionalistas o de cualquier otra especie. Gracias por tu comentario.

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