Sectarismos prehistóricos

Tenía cerca de quince años cuando visité la cueva de Altamira. Era después del año 2002, por lo que lo que vi en realidad fue la “neocueva” que se construyó debido al deterioro que estaban sufriendo las pinturas originales por el número de turistas que la visitaban. A mi entrada a la reconstrucción de Juan Navarro Baldeweg recuerdo una luz tenue y cálida, como de hoguera, y una sensación de expectación. Yo entonces no sabía nada de pintura rupestre, y dudo que hubiera visto ninguna fotografía de la cueva. Intento inútilmente trasladarme a ese momento y recordar qué podía esperar yo de aquella visita, ignorante sin duda de lo que allí había, en la actitud un poco atolondrada con la que hacía viajes con mis padres, no por falta de interés sino por la acomodada pereza de ser llevado a los sitios. Independientemente del conocimiento previo que pudiera tener, nada podía prepararme para el espectáculo de aquel mar de bisontes vivaces. Lo que me asombró fue comprobar cómo una persona que vivió hace quince mil años había tenido no sólo el talento de pintar unos animales tan verosímiles, sino la audacia de aprovechar las protuberancias de la roca para crear sus anatomías.

Cuando uno ve pinturas rupestres quedan suspendidos  momentáneamente los miles de años que nos separan de sus creadores. Los trazos del dibujo no tienen tiempo, podríamos haberlos hecho nosotros mismos. En un capítulo muy bello de su ensayo Autobiografía sin vida, Félix de Azúa se pregunta qué cúmulo de circunstancias llevó al hombre a empezar a pintar. En cierta medida, fue un acto de arrogancia: en su abstracción de la realidad, el hombre proclamaba su superioridad sobre el resto de las especies. Los seres humanos ya no sólo habitaban y compartían el mundo físico, sino que además eran capaces de representarlo. Creado el mundo paralelo de las imágenes, desapareció toda posibilidad de verdadera hermandad con el resto del reino animal. Quizá por eso nos conmueven tanto las buenas representaciones de animales –los caballos de Velázquez, los osos y los perros de Miguel Macaya–, porque nos retrotraen a una suerte de infancia perdida de la humanidad, en la que aquéllos eran nuestros iguales.

En su libro, Azúa hablaba concretamente de la cueva de Chauvet, que contiene las pinturas más antiguas conocidas hasta hoy. Desde su descubrimiento en diciembre de 1994, y a diferencia de Altamira, a Chauvet nunca ha entrado nadie salvo un muy reducido grupo de especialistas. Hasta el momento, tampoco existe una réplica, por lo que, además de las reproducciones fotográficas, no queda más remedio que ver el documental La cueva de los sueños olvidados de Werner Herzog, quien consiguió un permiso excepcional del Ministerio de Cultura francés para rodar en el interior de la cueva. Incluso visto en una pantalla, los dibujos de las cavernas nos conmueven. Los miramos con el asombro no del descubrimiento, sino del reconocimiento. Hay allí una belleza que no ha sido superada en milenios de historia del arte. Miquel Barceló lo resume perfectamente: “Creer que el arte ha avanzado mucho desde Altamira a Cézanne es una pretensión occidental, vana”. Viendo las pinturas de las cavernas, uno cree intuir una sensibilidad estética que atraviesa miles de años. El ocre rojizo de los bisontes de Altamira es uno de los colores más hermosos que he visto nunca y es muy similar al que, años después, contemplé, con el cuello igualmente inclinado, en los techos de San Isidoro de León.

Hablar de arte paleolítico y acabar hablando de política puede parecer una extravagancia. Lo que me ha hecho asociar ambos conceptos, a mi pesar, es la noticia de que un grupo de profesores de la Universidad Complutense, apoyados por investigadores del CSIC, han enviado una carta a la Unesco para denunciar la reapertura de la cueva de Altamira, acusando al Ministerio de Cultura electoralista. Uno teme que un asunto como este, puramente científico y académico, acabe enfangado en rastreros debates políticos partidistas. Aterra imaginar que también el arte rupestre pueda acabar formando parte de esos debates broncos de las noches de fin de semana, un juguete más con el que tertulianos profesionales y políticos televisivos puedan pasar el rato. En ese mundo cualquier asunto corre el riesgo probable de acabar viciado porque en España el sano escepticismo democrático adquiere, casi siempre, un cariz de sospecha malpensada. Antes incluso de que uno empiece a hablar, el político o tertuliano sentado enfrente ya ha adoptado un gesto cínico de total descreimiento. A veces puede dar la impresión de que se escuchan los unos a los otros, pero unos prejuicios firmemente asentados les impedirán llegar a ningún acuerdo: el ala derecha del plató escucha a los otros con el convencimiento de que ser de izquierdas es sinónimo de ingenuidad e ineptitud económica; en el flanco contrario, todo análisis se cimenta en la creencia de que ser de derechas es ser esencialmente malvado.

Ante un asunto como el de Altamira, uno tiende por naturaleza a ponerse del lado de los expertos. Parece razonable apoyar que se mantenga cerrada la cueva si existe el más mínimo riesgo para la conservación de las pinturas. La acusación de oportunismo político al que aluden los firmantes de la carta no parece descabellado. Acostumbrados a vivir en un país en el que la separación de poderes está constantemente en entredicho, donde la pugna partidista impregna todos los ámbitos de la vida pública, nada queda libre de sospecha. Hechos recientes como la propuesta, finalmente abortada, de organizar un campeonato de pádel en el anfiteatro romano de Mérida no invitan al optimismo. Pero lo cierto es que la decisión de reapertura de Altamira por parte del Ministerio de Cultura viene avalado por una comisión de expertos. Pero no es menos cierto que esta comisión fue formada muy poco después de que otra, que estudió la cueva entre 1996 y 2012, desaconsejara su reapertura al público. ¿Estaban comprados los segundos expertos? ¿Recibieron presiones políticas para producir un informe favorable? ¿Son infundadas las críticas de los firmantes de la carta a la Unesco? No sé si hacerse estas preguntas debería dar vergüenza o mala conciencia.

El problema no está en que los expertos debatan y discrepen en torno a si es conveniente abrir o no la cueva. Lo que resulta frustrante, y tristemente familiar, es que un asunto puramente cultural y científico acabe bajo sospechas de sectarismo político. La conservación de Altamira –con o sin reapertura– es mucho más importante que cualquier mezquino debate sectario. También debería estar por encima de su rentabilidad económica. Es lícito pretender que el turismo cultural aporte riqueza a un país o a una región pero no puede convertirse en  el criterio decisivo. Si los visitaran la mitad de turistas, ¿estaría justificado desdeñar la conservación de los monumentos romanos de Mérida o de los cuadros del Prado? En un sentido estrictamente turístico y de divulgación, el Museo de Altamira y la “neocueva” cumplen perfectamente las necesidades de la mayoría de los visitantes, es decir, de todos menos un muy reducido grupo de expertos. Acostumbrados a que hoy en día casi todo está hecho mediante algún programa informático, debería destacarse más visiblemente –empezando por la página web del museo– la excepcional labor que llevaron a cabo Matilde Múzquiz y Pedro Saura. Ambos fueron los responsables de las réplicas de las pinturas de la cueva, para lo cual emplearon las mismas técnicas que los artistas primitivos: carbón vegetal, óxidos de hierro y agua. Tan minucioso fue su trabajo que durante su estudio de las pinturas originales descubrieron otras que permanecían ocultas a primera vista.

Reconocer públicamente el trabajo de las personas que dedican su vida al estudio y la conservación del patrimonio histórico es la mejor manera de empezar a valorar la cultura como elemento fundamental de cualquier sociedad avanzada. En España, en demasiadas ocasiones las iniciativas culturales se presentan como una generosa concesión del gobernante de turno. Sacar a la cultura del fango sectario y convertirla en verdadero asunto de Estado sería un triunfo no cultural, sino democrático.

In English

altamira
Matilde Múzquiz (1950-2010) trabajando en las réplicas de Altamira.

Anuncios

1 comentario en “Sectarismos prehistóricos”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s