Santos y devotos

Cuando un hábito social sale en los telediarios significa que está ya muy extendido. Últimamente, cada cierto tiempo se informa sobre un estudio acerca del uso que la gente hace de las redes sociales. En el telediario estos estudios se ilustran por medio de imágenes en movimiento de decenas de personas caminando por la calle pendientes de sus móviles o tablets. Quizá sean las redes sociales las que me estén haciendo por fin comprender uno de esos lugares comunes que circulan por ensayos y artículos de la sección de cultura: la soledad e incomunicación del hombre contemporáneo. Una necesidad de comunicación continua –lindante con la enfermedad, según algunos de esos estudios– debe a la fuerza significar que nos sentimos tremendamente solos.

Las nuevas tecnologías no crean hábitos por sí solas, sencillamente agudizan impulsos latentes en nosotros. De la misma manera que hasta hace muy poco la chismografía se difundía únicamente a través de las revistas semanales del corazón o tertulias televisivas, ahora se conoce también a través de Twitter. El acto es el mismo, si bien la inmediatez de las redes hace que se consuman las noticias con mayor rapidez, dejando después un vacío de información que hay que suplir de inmediato. Dejando a un lado sus ventajas–que sin duda las tiene, como, por ejemplo, que ahora a un gobierno totalitario le sea mucho más difícil combatir la libertad de expresión–, las redes sociales exacerban el narcisismo de muchas personas. La sobreexposición de la vida privada en todas sus vertientes –planes de fin de semana, ideas políticas, confesión religiosa, vida sexual– abunda en esa desesperada necesidad de comunicación.

En algunas empresas el hecho de que un candidato a un puesto de trabajo no tenga perfil en Facebook es motivo de sospecha. ¿Será un antisocial, un tarado, un delincuente? Antiguamente, una persona antisocial era la que no se relacionaba con otras personas más que para satisfacer necesidades básicas como la comida o el salario, que no participaba de las costumbres sociales mayoritarias y que vivía encerrado en su casa. Hoy, curiosamente, una persona con perfil en Facebook puede no salir de su casa y ser un paradigma de la sociabilidad a través de amigos virtuales y likes. Los tiempos cambian que es una barbaridad.

Casi nada surge espontáneamente, casi cualquier fenómeno es una evolución de uno anterior. La progresiva y voluntaria abolición de la privacidad a través de las redes sociales es una profundización de fenómenos televisivos como Gran Hermano, que, a su vez, fueron una profundización del interés que despertaban las vidas de los famosos de las tertulias y revistas del corazón. El cambio sustancial fue que ahora cualquier mindundi podía ser objeto de escrutinio público, algo que sorprendentemente creó envidia en un sector de la población en la misma medida en que despertó vergüenza ajena en otro. El único problema es que había demasiados candidatos para tan pocas plazas ofertadas. Pero como las nuevas tecnologías están para hacernos la vida más fácil, Facebook y YouTube salvaron ese último escollo, de manera que cualquiera que se emplee a fondo puede optar a convertirse en una celebridad. La fórmula de Gran Hermano –versión democrática de las tertulias del corazón– supuso tal revolución televisiva que hoy no hay programa –desde supuestas terapias familiares hasta concursos de cocina– que no tenga su dosis, grande o pequeña, de reality show. En la vida privada, esto se traduce en la sensación de que una actividad que no ha quedado documentada y difundida públicamente en realidad no ha sucedido.

Por fuerza, el arte tenía que recoger de alguna forma estos hábitos sociales. El problema es que a algunos artistas la imitación les sale tan bien que ya no se sabe distinguir el modelo de la reproducción. No me pareció nada extraño que en el documental Marina Abramović. The Artist Is Present –que se exhibió recientemente en el Círculo de Bellas Artes– los entrevistados hicieran varias alusiones religiosas, comparando la actividad de la artista serbia con la de una sacerdotisa o una chamán. Si uno no supiera que lo que está viendo es el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pensaría que la masa de gente subiendo desesperadamente unas escaleras, entre empujones y gritos, se dirige a un concierto de una estrella pop o a la firma de autógrafos de un futbolista. En realidad, corren para coger un buen sitio en una cola, donde guardarán el turno hasta poder sentarse frente a Abramović, que se mantiene allí impasible desde la apertura al cierre del museo, la misma postura silenciosa todos los días durante tres meses. El silencio es relativo, puesto que la gente que hace cola alrededor o simplemente se acerca por curiosidad forman un ruido de fondo como de oficina o centro comercial.

De niño, recuerdo la emoción irrefrenable, solamente comparable con la mañana de Reyes, con que me despertaba en uno de esos raros días en que mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a ver un entrenamiento del Real Madrid. El entrenamiento era, en realidad, un mero preámbulo para plantarme después frente a la valla del aparcamiento, esperando con aplicada paciencia a que apareciera Raúl para firmarme un autógrafo. En mi desbocada devoción infantil por el fútbol, recuerdo pocos hechos a lo largo de mi vida que me causaran tal conmoción. Hay personas con bastantes más años que siguen sintiendo lo mismo ante los futbolistas, o ante actores o tertulianos de la televisión. A riesgo de sonar aguafiestas, ¿en qué se diferencia esto de muchas de las personas que fueron a ver a Marina Abramović al MoMA? ¿Y en qué momento ella pensó que bastaría con su mera presencia para romper una nueva barrera en el arte contemporáneo? La comparación religiosa que hacen los entrevistados va bien encaminada. Parecería que después de años de martirios, como cuando se hacía cortes sobre la piel o perdía la consciencia por falta de oxígeno en medio de un fuego, por fin llegó el día en que Abramović pudo exhibirse tal cual, quieta como la imagen de una santa mártir en un relicario, expuesta a los devotos y a los curiosos. Sin duda, un arte acorde con nuestra era de narcisismo.

Los especialistas dicen que esta obra de Abramović no trataba sobre ella, sino que ponía el foco en los espectadores. Abramović  era en realidad un espejo en el que ellos se miraban, dejando aflorar sus emociones, llegando al llanto en no pocos casos. En el documental, una especialista pone el énfasis sobre el hecho de que la performance hizo que mucha gente se tomara el tiempo de sentarse en silencio y pensar tranquilamente, acostumbrados como estamos a un mundo frenético lleno de ruido y estímulos visuales. Hacer que alguien se concentre durante un rato indefinido en nada más que una persona sentada frente a él o ella en silencio fue, según esta especialista, uno de los grandes logros de la intervención de Abramović. Define a la perfección la era de Facebook: incluso el reposo espiritual se ha convertido en un espectáculo público.

Marina Abramovic. The Artist is Present tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno de Nueva York entre marzo y mayo de 2010.

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2 comentarios en “Santos y devotos”

  1. Genial!! He recibido tu entrada cuando pasaba por la cocina antes de acostarme y aquí de pie no he podido despegarme de tus letras. Escribes muy bien Un beso

    Enviado desde mi Windows Phone ________________________________

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