Horas en el museo

Tres horas dan para mucho. En 180 minutos Frederick Wiseman recorre casi todos los recovecos de la National Gallery de Londres, no tanto en un sentido espacial como en el de los distintos ámbitos que componen la realidad cotidiana de una de las pinacotecas más importantes del mundo. La mirada de la cámara es tan sobria como el título: National Gallery. El documental carece de hilo narrativo alguno, y cuando los responsables de las distintas áreas del museo hablan no lo hacen mirando a la cámara o a un entrevistador, sino mientras desarrollan su actividad laboral habitual. Entre las muchas actividades que se llevan a cabo en sus salas y despachos, Wiseman incluso ha recogido el rodaje de otro documental que está teniendo lugar frente a un cuadro de Turner.

Una de las personas que más aparece a lo largo de las tres horas de metraje es Nicholas Penny, el todavía director de la institución, aunque en pocos meses abandonará el cargo en favor de Gabriele Finaldi, actual mano derecha del Miguel Zugaza en el Prado. Penny aparece en al menos tres de sus facetas: discutiendo asuntos de presupuestos con su equipo, supervisando la instalación de una exposición de Tiziano y dando una charla a un reducido grupo de visitantes. El documental de Wiseman pasa de la belleza silenciosa de planos fijos de cuadros a la mesa a la que se sientan el director y su equipo, donde debaten sobre la conveniencia de permitir la instalación de publicidad en la fachada de la galería durante la maratón de Londres. De ahí saltamos de nuevo a las salas, donde se recogen los diversos gestos con que los espectadores miran los cuadros. La mayoría de nosotros nos vemos reflejados allí, en esas actitudes contemplativas, el museo como un gran teatro del cual sólo vemos el escenario. Wiseman nos muestra eso, pero también lo que pasa entre bastidores.

Así, por ejemplo, el documental se adentra en varias ocasiones en los talleres donde trabaja el equipo de restauradores. A través de una charla que uno de ellos da a un grupo de visitantes, descubrimos cómo se lleva a cabo la restauración de un retrato ecuestre de Rembrandt, y cómo en dicho proceso se ha descubierto que existía un retrato previo, muy avanzado, que el pintor abandonó y cubrió con el que hoy conocemos. El que da la charla es un hombre joven con acento americano que embauca al espectador como los mejores profesores. Uno quisiera ser miembro de un pequeño grupo de jóvenes estudiantes a quien da una charla sobre otro de sus proyectos de restauración. Uno se admira no sólo ante la imponente responsabilidad que conlleva tocar cuadros de los grandes maestros, sino también ante la gran erudición del restaurador, que conoce las reacciones químicas de los barnices tan bien como los giros estilísticos de Rembrandt o Velázquez.

De vuelta en las salas, Wiseman se detiene en varias de las explicaciones que dan los guías del museo a grupos de visitantes. Una mujer explica un retablo medieval y nos recuerda que la historia del arte tiene un fuerte componente de imaginación. “Imaginaos que sois todos analfabetos y que os encontráis en una iglesia oscura, sin luz eléctrica”, dice la mujer a los visitantes, “imaginad ver los rostros de estos santos solamente a través de la luz temblorosa de una vela”. Uno escucha sus explicaciones desde la butaca del cine como si fuera un visitante más del museo. Qué difícil es trasladarse a un mundo tan lejano, qué imposible y a la vez qué hermoso ejercicio. Qué difícil es intentar comprender, siquiera intuir, el significado de una obra de arte antigua, mucho más que una contemporánea. Que casi siempre parezca lo contrario es solamente fruto de nuestro vanidoso ensimismamiento con lo actual. Hacer una divulgación efectiva de la historia del arte sin dejar de atender a la rigurosidad o caer en una simplificación caricaturesca es acaso la tarea más ardua de todo el entramado que forman las “industrias culturales”.

Aunque el documental intercala de manera aparentemente indiscriminada escenas de todos los ámbitos del museo –oficinas, talleres de restauración, galerías donde se exhiben las obras–, da la impresión de que Wiseman quiere acabar con el lado más puramente estético de todo el entramado museístico. Casi al final, la poeta inglesa Jo Shapcott lee un poema inspirado en la ninfa griega Calisto, y Wiseman lo ilustra con imágenes de Diana y Calisto de Tiziano, una combinación de la que ambas obras, poesía y pintura, salen beneficiados. Después de la lectura, Shapcott habla de la incapacidad de las palabras de expresar de veras los sentimientos, algo que sirve de resumen a todo el documental porque es extrapolable al ámbito de la pintura. Pintura y poesía, y con ellas todas las artes, surgen de esa lucha por encontrar la representación veraz de una idea. El artista sabe que la lucha está perdida de antemano y sin embargo se empeña en acometerla una y otra vez. La historia del arte es la acumulación infinita de esos fracasos que pasamos horas viendo en los museos.

National Gallery (2014). Dirigida por Frederick Wiseman.

In English

tiziano
Tiziano, Diana y Calisto, 1556-1559.
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1 comentario en “Horas en el museo”

  1. Interesante reflexión sobre la dificultad de captar el significado del arte clásico y el arte contemporáneo… visto hoy es claramente comprensible la diferencia entre un arte supuestamente “figurativo” y otro más o menos “abstracto”, pero para la inmensa mayoría de los habitantes de nuestro mundo en la época medieval, partiendo de un absoluto desconocimiento de códigos gramaticales o pictóricos que hoy nos parecen obvios, una obra de arte de ese momento debía ser algo completamente inabarcable… al final es la belleza lo único que trasciende y se hace evidente al observador, pero ese concepto es casi imposible de definir de una forma unívoca y equivalente para todos los que observan la misma obra.

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