Aquel Goya

Debe de ser ese, el de los cartones para tapices, el Goya que evocan algunas de las mujeres que lo conocieron. Es el Goya al que por fin se le han abierto las puertas de Madrid, el que ya no viaja en asno, el que se codea con círculos cortesanos, el que recibe las atenciones de damas en vez de lavanderas. Aún pinta temas menores, pero lo hace con desenvoltura, confiado de que tarde o temprano acabará trabajando para el rey, que será el nuevo Mengs o el nuevo Tiepolo.

Este es el Goya que retrata el escritor francés Pierre Michon (Châtelus-le-Marcheix, 1945) en uno de los relatos cortos que conforman Señores y sirvientes. Toma como punto de partida fechas y acontecimientos reales e imagina, por voz interpuesta, cómo fueron los inicios de la carrera de Goya, un “joven bajo y grueso” que habría de convertirse en una de las figuras mayores de la historia del arte. Que el resultado sea tan evocador tiene más mérito si se tiene en cuenta que el relato de Michon acaba en 1778, es decir, antes de que se produjeran los acontecimientos propiamente novelescos de la vida de Goya: la grave enfermedad que lo dejaría sordo, su misteriosa relación con la duquesa de Alba, la Guerra de la Independencia, sus años en la Quinta del Sordo, su marcha a Francia. El Goya de Michon es, por así decir, un Goya antes de Goya, un aplicado pintor de provincias cuyas aspiraciones son más materiales que trascendentes.

Ese Goya se vuelve visible en la exposición Goya en Madrid en el Museo del Prado, que recoge gran parte de su producción de cartones para los tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara. A pesar de ser cuadros preparatorios y, por tanto, obras que no iban a exhibirse, Goya no escatimó a la hora de dejar constancia de todo el bagaje pictórico que poseía. En ellos confluye el conocimiento de modelos antiguos con la invención propia, algo que sólo los buenos artistas saben llevar a cabo con éxito. El gran acierto de la exposición del Prado, comisariada por una de las mayores expertas en Goya, Manuela Mena, es que pone el genio del artista en contexto, con obras de sus contemporáneos y piezas que le sirvieron de inspiración. Los grandes artistas nos pueden hacer caer en la pereza: casi todos iremos a ver a Goya sabiendo de antemano que nos va a gustar, pero una buena exposición tiene que recordarnos por qué nos gusta, evitarnos caer en la admiración ciega, en la beatería.

Mirando los cartones de Goya, las palabras de Pierre Michon van y vienen. Su historia está narrada por una mujer que perteneció al círculo del pintor cuando éste se estableció en Madrid. Esta narración está basada, a su vez, en confesiones de otras mujeres que lo trataron o lo vieron. En el Prado, uno observa La novillada sabiendo que fue encargada para recordar la prohibición de las corridas de toros impuesta por Carlos III; sin embargo, no se puede desechar del todo la posibilidad de que alguno de los jóvenes que aparece en la escena sea un autorretrato velado del joven Goya, a quien una vecina de Fuendetodos recuerda haber visto torear torpemente en las afueras del pueblo.

Las escenas de Goya son mucho más vivaces que las de sus contemporáneos y por eso es fácil evocar pasajes del relato de Michon, como uno especialmente significativo que tiene lugar en el interior de una taberna. Michon nos da un nombre, el Mesón del Gallo, y una fecha, 1778, pero no es difícil imaginar que la escena tuvo lugar en la misma taberna que Goya había pintado un año antes en La riña en la Venta Nueva. (Por si fueran pocos los logros que habitualmente le atribuimos –ser precursor del romanticismo, el realismo o el fotoperiodismo– imágenes como ésta o La boda convierten a Goya en el Hogarth español.) Quizá los cartones de Goya me parecen tan vivos porque las escenas que representan las imagino sucediendo hoy mismo. Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en ellos es el poderoso azul del cielo, un cielo que en mi imaginación sentimental sólo puede ser el de Madrid. Si uno cambia los atuendos de los protagonistas de La merienda verá los picnics que los madrileños actuales empezaremos a hacer en el Retiro cuando termine de llegar el buen tiempo. En sus cartones, Goya no sólo reproduce la realidad visible, sino que traduce la experiencia en pintura. Las majas en trajes regionales de Francisco Bayeu o José del Castillo palidecen ante La acerolera de Goya: uno lo imagina pintándola con una excitación similar a la que siente al agarrar el muslo de una mujer bajo una mesa del Mesón del Gallo.

En esa escena de taberna que describe Michon se están dirimiendo las condiciones de un importante proyecto artístico. El rey ha encargado a Bayeu, Del Castillo y Goya que reproduzcan los cuadros de Ribera, Velázquez y Murillo que se encuentran en su antecámara del palacio del Pardo. Allí mismo, en una conversación animada por el vino, deciden que Goya copiará a Velázquez. La antecámara del rey, donde se presentan los tres pintores unos días después, es el único lugar donde la narradora de la historia habla a ciegas; en lugar tan secreto no hay confidente alguna que le haya podido informar, por lo que el lector queda a merced de sus especulaciones. Fruto de ellas, nos encontramos al primer Goya dudoso de su porvenir como pintor. Ignorante aún del lugar que le otorgará la Historia, el Velázquez altivo de Las meninas lo mira y lo intimida, invitándolo a un reto que el aún joven artista no sabe si podrá afrontar. ¿Es entonces cuando Goya intuye que la pintura es quizá algo más que el prestigio social, el favor de los reyes o los altos estipendios? Son todo imaginaciones de Michon, pero imaginaciones muy plausibles.

Goya en Madrid. Museo del Prado. Paseo del Prado, s/n. Hasta el 7 de junio. / Pierre Michon. Señores y sirvientes. Traducción de María Teresa Gallego. Anagrama, 2010.

In English

goya
La acerolera (detalle), 1779.
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