Diebenkorn y familia

Hay, creo, dos tipos de miradas que se pueden proyectar sobre las obras de arte: una es desinteresada y desprejuiciada; la otra vuelca sobre la pieza todo el conocimiento previo que se tiene acerca de ella, de su autor o el periodo histórico al que pertenece. Con demasiada frecuencia me encuentro mirando una pintura como si me estuviera preparando un examen, yendo en busca de influencias, de una palabra que defina el tipo de pincelada, del significado de la iconografía, del tipo de composición. Es una mirada que a menudo obstruye el placer, como si el cuadro existiera solamente para poner a prueba la erudición de uno, como si fuera la obra la que tuviera que amoldarse a los conceptos preconcebidos que uno tiene cuando, si algo es el arte, es todo lo contrario. Cuando uno observa un cuadro o una escultura con la mirada limpia, con verdadero interés pero sin demasiados corsés teóricos, será la propia obra la que despierte conexiones, quizá inesperadas, entre ella y nuestro propio bagaje intelectual y emocional.

Me parece que Richard Diebenkorn (1922-1993) es un artista que favorece ese acercamiento a las obras de arte sin prejuicios, en primer lugar porque él no pareció tenerlos nunca, guiado únicamente por su instinto creador, sin importarle si lo que hacía estaba en concordancia con la moda de cada momento. La exposición que le está dedicando la Royal Academy of Arts de Londres abarca toda su obra sin dejar al espectador exhausto. Consta de tres salas, cada una de las cuales se dedica a las tres grandes etapas de su carrera, con el número de obras justa para hacerse una idea cabal sin dejar de ser abarcable. En definitiva, una introducción perfecta. Quizá precisamente por su tamaño modesto pasamos mi acompañante y yo en ella más tiempo del que le solemos dedicar a una exposición de veinte salas. El arte es siempre cuestión de calidad, no cantidad.

Al comienzo de su carrera, Diebenkorn se vio fuertemente influido por el expresionismo abstracto. Los cuadros y dibujos que se exhiben en la primera sala de la Royal Academy pertenecen a la primera mitad de los años cincuenta y en ellas es fácil ver el color de Willem de Kooning, las formas vagamente orgánicas de Arshile Gorky o los negros de Franz Kline. Pareciéndose a ellos, sin embargo, no son caricaturas; son obras de un artista que ha extraído lecciones de los pintores de Nueva York y las ha amoldado a su sensibilidad, a los tonos del paisaje de Albuquerque, donde vivió a principios de los años 50. Colores como el rosa, por ejemplo, atemperan la fuerza expresiva del trazo y dotan a algunos cuadros de cierta sensualidad. Diebenkorn llegó a ser un expresionista abstracto de pleno derecho, pero entonces optó por cambiar de registro y adentrarse en la figuración. En esta nueva etapa, que duraría una década, Diebenkorn desafiaba el dogma impuesto por algunos críticos sacerdotales que habían dado a la figura por muerta. A Diebenkorn tampoco le convencía la creencia de que podía edificarse un arte totalmente americano construido sobre la nada, sin injerencias de los viejos maestros europeos.

Consciente de que las influencias no se eligen, Diebenkorn no tuvo reparos en reconocer las suyas abiertamente, y fue en su década figurativa donde se revelaron plenamente. El primero en su lista de referentes era Matisse, como los críticos y el propio Diebenkorn dejaron dicho. El catálogo de la exposición ilustra perfectamente las concordancias compositivas entre ambos, sobre todo en las escenas de interiores, casi siempre con ventanas abiertas. Ya en sus últimas obras abstractas de mediados de los 50 Diebenkorn había comenzado a introducir cierta estructura, líneas que delimitaban distintos espacios entre las manchas arbitrarias de color. Fue quizá esa búsqueda de orden lo que lo llevó a la figuración. Ya sean paisajes o interiores, sus cuadros figurativos están construidos de manera rigurosa, fruto de la huella no sólo de Matisse sino de Mondrian, a quien también admiraba. Pero en estas obras el color importa tanto como la forma. La luz brillante de California que representó Diebenkorn provocaba los mismos agudos contrastes de luz y sombra que los ambientes meridionales de Matisse  y de Bonnard, con quien Diebenkorn compartía no sólo un credo estético sino vital, como demuestran unos pequeños bodegones en los que hay tanta intensidad psicológica como en un retrato.

Si Diebenkorn obtuvo prestigio como expresionista abstracto y después como un excepcional pintor figurativo, aún fue capaz de una nueva vuelta a la abstracción, que lo ha consagrado como uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. A partir de 1967 comenzó una serie de cuadros monumentales titulada Ocean Park, que era el nombre de la parte de Santa Mónica donde había empezado a vivir. En ella consiguió condensar el color de Matisse y la estructura de Mondrian. Los primeros cuadros de la serie parecen aún demasiado rígidos, tentativas más que resultados plenamente satisfactorios. A partir de mediados de los 70, sin embargo, Diebenkorn comenzó a dominar su nuevo lenguaje, manteniendo una nada disimulada estructura sin por ello ahogar al color: la luminosidad de Matisse controlada; el rigor de Mondrian sin autoritarismo. Los colores son líquidos y bajo ellos transpira el blanco del lienzo. Las delgadas líneas a carboncillo delimitan formas a veces inconclusas, tapadas en ciertos tramos por trazos de óleo. Por no recurrir a formas estrictamente cerradas ni a colores opacos, en cada uno de estos cuadros tan aparentemente bien estructurados parece latir una “ruidosa calma”, como dice Sarah C. Bancroft en el catálogo.

Diebenkorn es la perfecta encarnación de la influencia artística bien entendida, esa que es engendradora y no tiene nada que ver con la imitación. La influencia es fruto del tiempo, del conocimiento profundo de la obra de un artista al que se admira. Diebenkorn parecía entender esto muy bien, y por eso sus cambios de estilo son perfectamente coherentes, fruto de una continua investigación plástica. Que esto coincidiera o no con lo que esperaba la crítica en cada momento es algo que no parecía importarle demasiado a Diebenkorn. Incluso su arriesgado salto a la figuración a mediados de los 50 dudo que tuviera intención de irritar a nadie. La vista panorámica de la Royal Academy viene a demostrar que los cambios de estilo de Richard Diebenkorn no fueron actos de valentía, sino de honradez.

Richard Diebenkorn. Burlington House, Londres. Hasta el 7 de junio.

In English

diebenkorn
Ocean Park #116, 1979. Óleo y carboncillo sobre lienzo, 206,5 x 182,9 cm. (Fine Arts Museum of San Francisco)

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2 comentarios en “Diebenkorn y familia”

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