El incierto hogar de Picasso

De haber vivido unos pocos años más para ver el final de la dictadura y volver a España, el muy longevo Picasso quizá hubiera llegado a ver la inauguración de una exposición parecida a la actual del Prado. Rodeado de una sonriente cohorte de políticos, periodistas y fotógrafos, se habría paseado, no con poco orgullo vanidoso, por la galería central del museo, viendo sus cuadros colgados frente a los grandes maestros del pasado: El Greco, Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya. Cada vez es más frecuente leer a críticos e historiadores del arte defender que esos son los verdaderos compañeros de viaje de Picasso, no los artistas con los que suele compartir espacio en los museos de arte contemporáneo. Lo escribía la semana pasada Estrella de Diego bastante convincentemente, aunque personalmente discrepe en algunos puntos, como el de casi reducir el papel innovador de Picasso a un malentendido.

Las ocasionales incursiones picassianas en colecciones de pintura clásica, como la de los diez cuadros procedentes del Kunstmuseum de Basilea que pueden verse ahora en el Prado, siguen siendo a día de hoy experimentos. Seguramente, sin embargo, es sólo cuestión de tiempo que las pinacotecas históricas acaben acogiéndolo como una de las figuras capitales de la historia del arte (algo que hoy, en realidad, nadie niega, aunque sus obras no suelan colgar aún en salas contiguas a Rembrandt, Poussin o Manet). Ya apuntaba en ese sentido la exposición Picasso. Tradición y vanguardia, que tuvo lugar simultáneamente en el Prado y el Reina Sofía en el año 2006. Al colocarlo, al igual que ahora, en la galería central del Prado, los comisarios Francisco Calvo Serraller y Carmen Giménez demostraron que Picasso se había convertido ya en un personaje indispensable para entender la tradición artística occidental y que sus obras soportaban perfectamente la comparación con los maestros antiguos.

Ya en 1994, mientras ejerció brevemente la dirección del Prado, Calvo Serraller cuestionaba el entonces reciente traslado del Guernica al Museo Reina Sofía. Lo hacía en dos sentidos: primero, porque contradecía la voluntad de Picasso; segundo, porque en cierto modo iba en contra de la propia naturaleza del museo, ya que, desde sus orígenes, el Prado había asumido la tarea albergar no solamente arte histórico sino también contemporáneo. El mejor ejemplo es Goya, cuya obra formó parte de la colección del Prado desde su misma fundación, en 1819, es decir, casi una década antes de que muriera el artista.

Antes de debatir acaloradamente sobre qué museo es el hogar ideal para Picasso, quizá deberíamos hacernos una pregunta que puede parecer trivial: ¿para qué sirve un museo? Habló sobre ello muy elocuentemente la semana pasada Tomàs Llorens. Me sorprendió y agradó comprobar que no se enfangaba en uno de esos discursos farragosos surtidos de vaguedades teóricas que tanto abundan en el mundo del arte. Hablaba claro y conciso, sin mostrar pudor alguno en invocar los ideales de la Ilustración para reivindicar la función originaria de los museos modernos; esto es, educar a la sociedad. Llorens subraya que es al público en general, y no a una minoría, a quien deben servir los museos. Por eso deben exhibirse en ellos solamente obras que de alguna manera hayan superado la criba del tiempo, obras que no estén sujetas a los vaivenes del mercado o las modas. De este modo, la idea misma de un museo de arte contemporáneo es una contradicción en términos.

El discurso de Llorens no contradiría la inclusión de Picasso –y, con él, Miró, Juan Gris y otros– en la colección de museos de arte clásico porque ya ha llegado el momento en que las vanguardias de principios del siglo XX han empezado a encontrar su acomodo natural en la larga tradición del arte occidental. Cuando Calvo Serraller reivindicaba la atención que el Prado históricamente había prestado al arte contemporáneo lo hacía invocando la necesidad de aplicar una mínima perspectiva histórica, alertando, quizá, contra la práctica ya muy extendida de convertir en patrimonio público la obra de infinidad de jóvenes artistas que apenas están empezando sus carreras. Como demuestran sus esporádicas apariciones en la galería central del Prado, la inclusión de Picasso en su colección permanente no supondría ninguna incoherencia. En la vena didáctica que reclama Llorens, sería acaso la manera más elocuente de mostrar al público que el arte es un ente vivo, sin principio ni final; que, a pesar de los ríos de tinta que corren desde los años 60 del siglo pasado, el único arte que vale la pena es aquel que, años o siglos después de su creación, aún es capaz de hablar al espectador.

10 Picassos del Kunstmuseum Basel. Museo del Prado. Paseo del Prado s/n. Hasta el 14 de septiembre.

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Bernardo López Piquer, María Isabel de Braganza, reina de España, como fundadora del Museo del Prado (detalle), 1829.

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