Guerrero en la cima

Que las obras de arte pueden surgir sin previo aviso, incluso de actos triviales, es un hecho. Lo que también habría que recalcar es que los chispazos creativos que se producen cuando uno menos los espera no suelen ser el comienzo sino el final de un proceso de búsqueda, quizá inconsciente, que se ha ido madurando a lo largo del tiempo. Una de las anécdotas más repetidas de la biografía de José Guerrero, cuya obra tardía puede verse ahora junto a la de Tàpies en la galería Fernández-Braso de Madrid, es la de un vuelo transatlántico a principios de los años 70 en el que se puso a jugar con una caja de cerillas, de esas que ya apenas se ven, en las que los fósforos están colocados en un estricto orden vertical. Aseguraba Guerrero que fue al mirar y remirar aquella caja de cerillas como surgió su serie llamada Fosforescencias, uno de los momentos más importantes de su carrera.

Reducir un cambio radical de dirección estética a una anécdota supone en cierto modo desestimar la obra de un pintor tan serio como Guerrero. El chispazo que sin duda debió de producirse al observar las cerillas no fue más que la culminación de una búsqueda de mayor rigor compositivo en su pintura, que de algún modo ya se había manifestado en cuadros como la monumental Brecha de Víznar, de 1966. Esa búsqueda de orden se volvió sistemático en las Fosforescencias, con sus motivos repetidos que tienen tanto de cerillas como de arcos.

Pero aunque esta serie suponga un momento decisivo en su carrera e incluya cuadros tan memorables como Penitentes rojos (1972), yo veo en las Fosforescencias un punto de partida, no de llegada. Guerrero vio en ellas una forma de canalizar toda la energía que se “despilfarraba”, en sus propias palabras, en su pintura de los años sesenta, más afín al expresionismo abstracto. Aunque ya había empleado antes colores llamativos, a partir de las Fosforescencias éstos ganaron en intensidad, al estar constreñidos a formas bien definidas. Llegó un momento, sin embargo, en que sintió que esa nueva fórmula podía volverse una trampa, un amaneramiento que podía volver rígida su pintura. Poco a poco, fue deshaciéndose de las rigurosas formas de las cerillas para alcanzar, ya en los 80, la que yo considero que es la cima de su carrera.

Aquí encontró Guerrero la perfecta simbiosis entre la energía del trazo, el orden compositivo y el brillo de los tonos. En sus composiciones hay zonas de color bien definidas que sin embargo respiran; vibran porque la pintura es muy líquida y deja traspasar el blanco del lienzo. Las fronteras entre colores nunca son tajantes; en ellas se producen mezclas pastosas, líneas de diversa intensidad cromática. En esa vibración entre bloques de color se comprende por qué el Centro José Guerrero realizó una exposición que comparaba su obra con la de Sean Scully. También veo ahora grandes afinidades entre el último Guerrero y el Richard Diebenkorn de la serie Ocean Park: en sus años de plena madurez, ambos llegaron a comprender que la mejor forma de homenajear al color era enmarcándolo en cierta estructura, lo suficientemente abierta para que respirara, lo suficientemente rígida para que no saliera disparado.

La libertad absoluta del último Guerrero, su uso completamente original y desacomplejado del color, es incomprensible sin el goce del propio acto pictórico. Su definitiva cima creativa llegó a la vez que un reconocimiento público generalizado. En los años 80, Guerrero se convirtió por fin en un artista indiscutido y, lo que para él era mayor motivo de orgullo, mantenía una comunicación fluida con los artistas más jóvenes, que veían en él a una figura a la vez admirada y accesible. Imagino a Guerrero por aquellos años disfrutando de temporadas en su casa al pie de la sierra malagueña, entre Nerja y Frigiliana. Imagino una escena alegre, de comida abundante, vino blanco fresco y conversación animada, un baño de compañía de familia y amigos después de una mañana solitaria en el taller. Aunque ya por entonces empezaba a asomar el cáncer que precipitaría el final de su vida, puedo imaginar a un Guerrero que por un momento ha quedado absorto, que entre el bullicio de la comida mira en silencio el paisaje, recapitulando su vida y su carrera con una leve sonrisa de satisfacción. Supongo que sólo de la satisfacción personal, la buena compañía y la buena comida puede salir un cuadro de esta potencia:

In English

guerrero_frigiliana
José Guerrero, Frigiliana, 1985. Óleo sobre lienzo, 177,5 x 130 cm.

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