Arte de uno mismo

Toda manifestación pública conlleva cierto riesgo, el riesgo de ser juzgados por personas que no conocemos. El riesgo se acentúa si esa manifestación es una obra de arte, sea del tipo que sea, en cuya valoración se tendrán en cuenta no sólo las ideas que se expresan en ella sino, además, la destreza técnica en el caso del pintor, el acierto en el uso de adjetivos y metáforas en el del escritor, la originalidad de una melodía o una composición en el del músico. La exposición pública de un cuadro, la publicación de un texto o la grabación de una canción son íntimos saltos al vacío sin posibilidad de rectificación. Incluso enmendada más tarde, esa primera manifestación habrá quedado para siempre registrada en algún lugar o en la conciencia de un espectador o de un lector.

El relativo temor de exhibirse ante el mundo a través de una obra de arte debe de agudizarse cuando lo que uno presenta en público es un retrato de sí mismo. En el caso de la pintura, el autorretrato no es sólo una declaración personal, sino una de las pruebas de mayor exigencia técnica a las que se puede enfrentar un artista. Los hay que se pintan como quien lleva un diario, para júbilo de los historiadores del arte, que pueden sumar a la documentación biográfica del artista una cronología visual. En una pequeña sala de su primera planta, el Museo Thyssen lleva a cabo desde hace varios años un proyecto llamado “Miradas cruzadas”, que selecciona unas cuantas obras de su colección permanente para dialogar en torno a un tema concreto. Desde marzo, y hasta la semana que viene, el tema elegido es el autorretrato, presentado a través de siete pinturas y dos dibujos.

Este condensado resumen de la historia del autorretrato comienza a mediados del siglo XVI con Lorenzo Lotto y termina en 1965 con Lucian Freud. Quizá no sorprendentemente, más de la mitad de las obras seleccionadas pertenecen al siglo XX: buena parte de los artistas de nuestro tiempo se han servido del retrato para explorar los entresijos de la mente, la de otros y la suya propia. Uno duda, sin embargo, si un tema como este, monopolizado por las redes sociales, seguirá resultando atractivo para los artistas. Que un autorretrato pueda producir un impacto duradero es más que dudoso en un tiempo en que la Fundeu determina que la palabra del año es selfie (selfi, castellanizada). Y sin embargo existe algo en un autorretrato pintado, algo en el hecho mismo de haber sido pintado, que lo hace diferente de su equivalente fotográfico. No se trata tanto de una cuestión de calidad como del grado de concentración prolongada que requiere cada uno. Es muy distinta la observación que uno hace de sí mismo en un espejo antes de tirar una foto –colocado en tal o cual postura, adoptando tal o cual gesto, con mucho, poco o nulo atrezo– que el  que está mirándose continuamente en ese espejo mientras trabaja.

En la pequeña sala del Thyssen uno se encuentra de pronto inmerso en un círculo de miradas. Hay solamente un par de ojos que no miran de frente al espectador, los del autorretrato inconcluso de la alemana Gabriele Münter, cuyo grueso trazo expresionista no contradice el aire sereno que desprende el cuadro. Su mirada absorta invita a la meditación, su rostro algo ladeado evita la confrontación directa. El suyo es la excepción. No por estar igualmente abocetado el autorretrato de Max Beckmann deja de ser quizá el más penetrante de la exposición. La razón la estoy descubriendo ahora, después de mirar el cuadro varias veces en una reproducción. La cabeza de Beckmann resulta algo pequeña en proporción al busto y la mano que sujeta un pincel, pero lejos de ser un error de cálculo, lo que esto provoca es un ligero y muy intencionado punto de vista bajo. Aun creyendo que lo vemos de frente, cara a cara, Beckmann nos escruta  desde una altura autoritaria. Este punto de vista bajo lo lleva al extremo Lucian Freud. Su impresionante autorretrato de 1965 no es sólo una provocación formal: a la vez que desafía el formato del retrato tradicional, demuestra con sobrada suficiencia una destreza técnica extraordinaria.

Cuando vemos a un pintor que se representa con asiduidad a lo largo de la vida es difícil no pensar en Rembrandt. Pocos artistas han llevado un diario visual tan minucioso como él, y uno de sus magistrales autorretratos nos atrae desde que ponemos un pie en la salita del Thyssen. Como los de Beckmann y los de Freud, los ojos de Rembrandt se encuentran con los nuestros. Su mirada, en cambio, no es la mirada retadora de ellos, ni el gesto es el gesto altivo de algunos de sus autorretratos de juventud. En la mirada del Rembrandt del Thyssen está la pesadumbre de la reciente muerte de su mujer y un brusco salto de madurez. Su rostro es el de alguien un poco descreído, como quien empieza a comprender la arbitrariedad de la fama, que ésta quizá no se prolongue indefinidamente, que la celebridad momentánea no garantiza la celebridad eterna. El gesto de Rembrandt es incierto, dudoso de si habrá alguien mirándolo al otro lado, ignorante del lugar de privilegio que se le concederá en las pinacotecas del futuro, sin saber si tres siglos y medio más tarde su mirada seguirá estando tan viva como entonces.

Autorretratos. El artista y su imagen. Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid. Hasta el 7 de junio.

In English

rembrandt
Rembrandt, Autorretrato con gorra y dos cadenas (detalle), c. 1642-1643. Óleo sobre tabla, 72 x 54,8 cm. Museo Thyssen-Bornemisza.

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