Tiempo indomado

Como para muchos otros asuntos, estudiar y ver arte me ayuda a comprender mejor el efecto que produce el tiempo sobre las cosas. Ayuda a entender que el significado de los objetos nunca queda fijado en el presente, que siempre es susceptible de sufrir cambios en el futuro. Obras de arte que en su día parecían destinadas a la eternidad quedaron sepultadas bajo el peso de otras que la historia situó por encima de ellas por su mayor calidad o relevancia. Descontextualizadas, arrancadas de sus emplazamientos originales, pinturas y esculturas medievales se han visto privadas de su función original; en un museo se exaltan unas cualidades (las estéticas) que hace siglos se valoraban muy por debajo de su cometido principal (el culto religioso). Lo mismo puede decirse de artistas cuyos méritos fueron incapaces de ver sus contemporáneos, aunque tampoco es cuestión de ahondar en el mito romántico del artista incomprendido, ignorado en vida y celebrado en muerte: por lo general, los artistas que hoy admiramos fueron reconocidos también en su tiempo. Algo que sí hay que agradecer al gusto romántico –que en muchos aspectos sigue siendo el nuestro– es el de haber abierto el espectro del arte para incluir no solamente lo bello sino también lo raro o lo feo, recuperando así del olvido a figuras como El Greco. (A éste se le sacó del olvido al que le sometieron los siglos posteriores a su muerte; en su tiempo, como se resaltó en su centenario el año pasado, fue un artista muy reconocido.)

Pero el paso de los siglos no sólo trabaja en favor de esa vocación moderna de deshacer agravios históricos, glorificando a quienes la historia olvidó injustamente. Vistas con la suficiente distancia, muchas veces contemplamos obras de arte que han quedado encapsuladas en el tiempo en el que fueron creadas. En el mejor de los casos, los miramos como documentos históricos incapaces de despertar en nosotros una respuesta puramente estética. Es muy posible que el nombre de Rosario Weiss (Madrid, 1814-1843) esté siempre ligado al de Francisco de Goya. Fue hija de su ama de llaves y algunos sugieren que también de él. En el Museo Lázaro Galdiano se pueden ver ahora treinta y siete de sus obras sobre papel que normalmente no se exhiben por motivos de conservación. Son, sobre todo, retratos y dibujos de moda para revistas femeninas. Antes que una valoración estética, muchos de ellos, sobre todo los retratos, provocarán en el espectador actual el reconocimiento de una época histórica: los retratos de busto, redondeados en la parte baja imitando una forma ovalada, tienen para mí el mismo efecto que una fotografía antigua en sepia. Su encanto reside en ser el testimonio del gusto de una época y de un grupo social, el del círculo de intelectuales y artistas al que Weiss misma pertenecía y a cuyos miembros retrató: Zorrilla, Espronceda, Larra. Rosario Weiss fue una gran dibujante –incluso llegó a ser nombrada maestra de Isabel II– pero sus pequeños retratos, como el de su hermano Guillermo, resultan hoy algo acartonados para nuestro gusto moderno.

En una de las vitrinas que conforman la exposición, sin embargo, encontramos dibujos de otra naturaleza, que se asemejan más a apuntes que a obras trabajadas. Goya tomó gran interés por la educación artística de Weiss y uno de los ejercicios que ésta realizó fue copiar un pequeño autorretrato del aragonés. A diferencia del de su hermano (casi veinte años posterior), este retrato del viejo Goya deja a la vista los trazos de la pluma y la tinta, más violentos, más enérgicos y por ello más modernos. Incluso unos pequeños retratos de animales algo imprecisos tienen una vitalidad de la que carecen sus dibujos más trabajados. El espectador moderno, heredero del romanticismo, prefiere el apunte sobre lo excesivamente trabajado; se decanta por aquello que da la impresión de haber sido hecho en un momento de inspiración desatada, como los Caprichos de Goya, que Rosario Weiss también reprodujo en un cuaderno. Asombra descubrir que Weiss realizó todos estos dibujos con apenas diez años. Quizá con algo de la suficiencia que da ver las cosas después de que hayan ocurrido, uno piensa qué podría haber llegado a producir esta artista de haberse mantenido fiel a la libertad goyesca de su infancia en vez de seguir tan al dictado la línea impuesta por la Academia. Pero estas suposiciones a posteriori son banales y también algo injustas.

Cuando Rosario Weiss dibujaba los pequeños retratos de figuras ilustres de la sociedad de su tiempo, sin duda pensaría que eran un salto de calidad respecto a sus primeras tentativas artísticas de niña. En cierto modo lo son: su técnica es precisa, los rasgos de los retratados son perfectamente verosímiles y consigue dar volumen a sus figuras a través del claroscuro. Sin embargo, nuestros ojos modernos prefieren los trazos sencillos pero fuertes de su efigie de perfil de Goya que la esmerada técnica de sus retratos más refinados. Al igual que en el academicismo decimonónico, hoy hay muchos artistas que creen poseer la verdad del arte. En su caso, creen que sus obras retendrán por siempre el aire transgresor o provocativo que les ha hecho célebres. Pero uno nunca es dueño de su reputación. Incluso aunque en vida haga todo lo posible por mantener un estatus de privilegio, la muerte lo dejará indefenso ante la criba implacable del tiempo.

Dibujos de Rosario Weiss en la Colección Lázaro. Museo Lázaro Galdiano. Serrano, 122. Madrid. Hasta el 29 de junio.

In English

weiss
Rosario Weiss, Copia de un autorretrato de Goya, 1824.

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