Ejemplo de Ricardo de Orueta

Lo había escuchado o lo había leído, pero nada lo prepara a uno para ver en televisión –por sorpresa y sin previo aviso, como acostumbran a hacer las cadenas más morbosas– cómo un joven con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda es lanzado al vacío desde lo alto de un edificio. Los crímenes del Estado Islámico aterran doblemente por su crueldad y por su impúdico afán exhibicionista. No hay justificación que aplaque nuestra repulsión. Asistir, aunque sea a través de una pantalla, al ritual asesino que condena a los herejes –mujeres insumisas, homosexuales, infieles de religión ajena o propia– vuelve mezquina cualquier comparación. Y sin embargo no podemos dejar de sentir también como una ofensa a nuestra sensibilidad la destrucción del patrimonio histórico y artístico que el Estado Islámico lleva a cabo en los lugares que consigue conquistar.

Desde luego que el grado de escándalo que provoca cada cosa es distinto. El asesinato de una persona indefensa ofende a nuestra más íntima humanidad. Si, además, nos causa estupor ver cómo destrozan a martillazos esculturas centenarias es porque desde hace dos siglos lleva calando en nosotros una idea de la cultura que viene de la Revolución Francesa. El concepto de patrimonio histórico-artístico tal y como lo entendemos surge entonces, la idea de educar a través de la cultura. Los muchos debates actuales en torno al papel de los museos demuestran la plena vigencia de esta concepción de la cultura como parte del patrimonio público. En aras de su difusión, el Estado asumió como un deber proteger cualquier objeto o monumento artístico. Se decidió que el interés estético o histórico de éstos estaba por encima de posibles desencuentros ideológicos: un Estado que pretendía eliminar los privilegios de la Iglesia se esmeraba, a su vez, en proteger las obras de arte que ésta había auspiciado a lo largo de la historia. Su visión es la nuestra, una visión madura y democrática de la cultura que antepone el conocimiento a la ideología y las creencias.

Sólo en una sociedad moderna y abierta puede darse el hecho de que personas sin creencia religiosa alguna dediquen buena parte de sus vidas a preservar y difundir arte sacro, ya sea una esplendorosa pintura de Van der Weyden o una humilde ermita románica. Uno de los ejemplos españoles más notables, y sin embargo apenas conocido, fue Ricardo de Orueta (1868-1939), cuya figura está reivindicando ahora la Residencia de Estudiantes a través de una exposición. Perteneciente al círculo de intelectuales del que surgieron iniciativas como la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para la Ampliación de Estudios o la propia Residencia, Orueta fue un gran historiador del arte. Conocedor directo de su protagonismo en diversos proyectos que pretendían modernizar el país, Manuel Azaña lo nombró Director General de Bellas Artes de su primer gobierno. Desde este puesto Orueta acometió proyectos culturales de una ambición admirable.

La gran pasión de Orueta fue la tradición escultórica española, a la que dedicó sus mayores esfuerzos como historiador, publicando monografías sobre Pedro de Mena, Alonso Berruguete y Gregorio Fernández. En su afán por la documentación, ilustraba sus textos con fotografías tomadas por él mismo. De su debilidad por la escultura surgió también el proyecto de convertir el Museo Provincial de Bellas Artes de Valladolid en el Museo Nacional de Escultura (de donde proviene la exposición actual de la Residencia). Los criterios museográficos que siguieron Orueta y sus colaboradores fueron elogiados por expertos extranjeros. Siguiendo los preceptos de la arquitectura moderna, dispusieron unas salas sobrias y sin acumulaciones para favorecer la contemplación de las obras, además de utilizar una antigua capilla aneja al edificio para albergar algunas de ellas, despojando el espacio de su uso religioso. (Que hoy siga siendo noticia la reutilización de edificios antiguos para fines museísticos demuestra hasta qué punto eran modernas las ideas de Orueta.)

Orueta se opuso con firmeza al expolio del patrimonio español. Republicano convencido, heredero de la política cultural del republicanismo francés, le indignaba saber de las muchas iglesias rurales desmontadas piedra a piedra que zarpaban en cajas rumbo a los Estados Unidos después de haber sido vendidas a precios irrisorios. Puso su vocación en práctica al colaborar en la redacción de los artículos culturales de la constitución de la II República, como el artículo 45, que establecía que toda la riqueza artística e histórica del país, sea quien fuere su dueño, constituye el tesoro cultural de la Nación y estará bajo la salvaguarda del Estado, que podrá prohibir su exportación y enajenación y decretar las expropiaciones legales que estimare oportunas para su defensa. Quizá un poco tontamente, uno no puede evitar sentir cierto orgullo retroactivo al leer la frase de un traficante americano que se reproduce en la exposición: “Hoy en día en España está prohibida la exportación de cualquier piedra antigua, aunque sea del tamaño de una pelota de baseball.”

Cuando se comparan las políticas culturales actuales con las del primer gobierno republicano, uno echa en falta no tanto los medios –que sin duda son hoy mayores que entonces– sino la ambición que guió a personas como Ricardo de Orueta. Al margen de grandes instituciones como el Museo del Prado, la difusión de buena parte del patrimonio español parece hoy una tarea reservada a los folletos turísticos de las diputaciones provinciales. Recuerdo cómo en un viaje con mi familia a la provincia de Zamora tuvimos que recurrir a una anciana vecina del pequeño pueblo de El Campillo para poder visitar la iglesia de San Pedro de la Nave, uno de los poquísimos ejemplos que sobreviven de arte visigodo, incluyendo unos valiosísimos capiteles historiados. La vecina, todo hay que decirlo, nos abrió las puertas de la iglesia muy amablemente, aunque eso no oculta la cómoda y algo vergonzosa delegación de responsabilidades de las instituciones públicas. El acceso a importantes monumentos históricos no debería depender de la buena voluntad de los vecinos. (Mi visita a San Pedro de la Nave se produjo hace unos años; desconozco si a día de hoy su acceso sigue regulado igual que entonces.)

La mezquindad gubernamental en el terreno cultural no es exclusivo de este momento de recortes. Creo, de hecho, que uno revela su grado de interés por la cultura en los momentos de crecimiento económico más que en los de recesión. En tiempos de crisis, a un gobernante siempre le quedará la excusa de que no hay dinero, pero cuando éste sí se tiene demostrará si su interés por la cultura es profundo o mero maquillaje electoralista. Con demasiada frecuencia ha predominado lo segundo, ejemplificado por una ristra de museos para cuya construcción solamente se requería incluir en su título el nombre de la comunidad autónoma o el de una marca internacional, como Guggenheim o Picasso. Por eso resulta tan admirable la labor de personas como Ricardo de Orueta, un ferviente defensor de la vocación democrática de la política cultural, divulgativa pero sin populismo, exaltando los beneficios que ofrece la cultura sin esconder que requiere un esfuerzo intelectual.

La conservación y exposición del patrimonio cultural solamente tiene sentido si parte de una vocación de universalidad, de la convicción de que existe una mirada sensible y educada capaz de mirar el arte pasando por encima de barreras geográficas, temporales o ideológicas. Defensores denodados de la educación a través de la cultura como Ricardo de Orueta trabajaban con la convicción de que se puede apreciar una obra de arte religiosa sin necesidad de ser creyente o que se puede admirar la belleza de un objeto procedente de una cultura o un tiempo que nos son ajenos. Orueta demostró su pasión desinteresada por la cultura hasta sus últimos días. En plena guerra civil, en un momento en que era fácil ceder a la tentación del fanatismo –un fanatismo agnóstico, pero igual de tóxico que el religioso–, encargaba a sus alumnos pertenecientes a la Federación Universitaria Escolar realizar carteles para proteger el patrimonio artístico, fuera cual fuera su origen.

Esto me trae aquí. Ricardo de Orueta (1868-1939), en el frente del arte. Residencia de Estudiantes. Calle del Pinar, 21-23. Madrid. Hasta el 23 de junio.

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orueta
Cartel de la Federación Universitaria Escolar (FUE) realizado durante la guerra civil.
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