Deleite imperecedero

Preguntado una vez por un amigo cómo hacía para conseguir las bellas composiciones de sus fotografías en cuestión de segundos, Carlos Herrera respondió que el visor le obligaba a hacerlo. Sólo un auténtico artista sabe reconocer los límites que le impone su particular disciplina sin quejarse ni resignarse, sino aprovechándose de ellos. Libertad absoluta es un eufemismo que utilizamos cuando un artista domina su arte de tal manera que parece no haber límites a su creatividad. Pero no hay duda de que éstos existen: el espacio limitado de un lienzo o un muro, la combinación finita de las notas de una escala musical, las veintitantas letras de un abecedario, el reducido campo de visión de una cámara. El gran arte es aquel que consigue adaptarse mejor a la paradoja de expresar lo máximo con lo mínimo.

A lo largo de su vida, Carlos Herrera (Caracas, 1909-1988) tocó todos los palos de la fotografía. En el tiempo que va desde la emigración de su familia a Estados Unidos con catorce años hasta su regreso a Venezuela diez años más tarde, ya había aprendido prácticamente todo lo que se podía saber de fotografía, y nunca dejó de seguir las innovaciones técnicas de cada momento. Leyendo sus palabras en los últimos años de su vida, siempre pareció existir para él una clara distinción entre su fotografía profesional y artística. A esta última, a la que se refería como “fotografía pictórica”, se dedicaba únicamente cuando sus otros trabajos se lo permitían. Aunque ahora veamos sus fotografías en una galería de arte, Herrera estuvo casi siempre ocupado en tomar fotografías con fines muy distintos: a su regreso a Caracas montó un pequeño estudio de retratos; entre 1939 y 1950 trabajó para la Cartografía Nacional del Ministerio de Obras Públicas, donde realizó fotografías aéreas de media Venezuela; a partir de 1958 se dedicó a la docencia, primero como profesor de fotografía artística en una escuela de artes plásticas y después como director de un Laboratorio de Fotografía Técnica, creado por él, en la facultad de ciencias de la Universidad Central de Venezuela.

Quizá por no poder dedicar todo el tiempo que hubiese querido a la fotografía artística, Herrera sabía perfectamente cuándo trabajaba por deber y cuándo por placer. Se intuye un especial esmero en cada una de sus composiciones, fruto de un trabajo cuidadoso pero también de muchos fracasos, de innumerables tomas tiradas a la basura antes de conseguir la imagen  definitiva. De sus palabras se desprende un disfrute por el trabajo, independientemente de que éste fuera más o menos productivo. No se propuso alcanzar una gran fama, pero su humildad está lejos del apocamiento: en el único autorretrato de la exposición, Herrera aparece indirectamente en el interior de una cueva, proyectada su imponente sombra sobre la pared rocosa. El perfil que se dibuja sobre la roca sujeta en alto en la mano derecha un flash, dato nada trivial si hablamos de Herrera: a su regreso juvenil de los Estados Unidos, trajo consigo las primeras bombillas de flash que entraron en Venezuela. La silueta perfectamente delineada de Herrera en esta imagen es lo más parecido a una firma fotográfica.

Herrera conoció la obra de los grandes fotógrafos estadounidenses –Stieglitz, Steichen, Weston– y sin embargo parece que a lo largo de su vida sus principales influencias vinieron de otras disciplinas artísticas. Herrera no negaba haber recibido influencias –negarse a hacerlo es tanto como decir que uno no tiene ojos– si bien éstas no habían sido buscadas conscientemente. Más allá de posibles semejanzas formales con otros fotógrafos, parece que las afinidades más profundas de la obra de Herrera se dan con otros medios artísticos. Pienso en cine al ver dos escenas en las que coches solitarios atraviesan carreteras selváticas, la bruma tropical en blanco y negro anunciando una historia de intriga. También ejerce una fascinación cinematográfica la fotografía de una solitaria cabaña en plena noche; la luz de la escena proviene  del interior iluminado de la misma, que se cuela a través de los huecos que dejan entre sí los trozos de madera que conforman el precario edificio.

De manera más velada, en la obra de Herrera discurren la literatura y la música. En la entrevista citada, Herrera reconocía que quiso ser escritor antes de encontrar en la fotografía su vía de expresión, y sin duda hay un poso narrativo en muchas de sus imágenes. También habla de  Bach y de cómo la música era para él una fuente estética tan importante como las artes visuales, si no más. A Herrera le interesaba construir imágenes sólidas, con un orden no demasiado rígido pero sí firme, inspiradas en la música clásica. A pesar de las distintas habilidades que requieren, a uno le gusta comprobar que existen vasos comunicantes entre las distintas artes y distintas épocas, que una misa del siglo XVIII de Bach puede ayudar en su trabajo a un fotógrafo venezolano de mediados del siglo XX.

Lejos de grandes pretensiones, lo que Herrera pretendía a través de su trabajo era producir imágenes bellas. “No soy un sociólogo ni sé cómo se compone el mundo con fotografías”, decía. “Si le puedo añadir al mundo un poquito de alegría con mis fotos, eso es para mí suficiente compensación”. La modesta pretensión de la belleza. Toda la obra de Herrera está presidida por una frase de Keats que siempre lo impresionó: a thing of beauty is a joy forever, un objeto bello produce un deleite imperecedero.

Carlos Herrera. Prodigio de la fotografía. Galería Odalys. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 3 de septiembre.

In Spanish

herrera
Autorretrato en silueta. Cueva del Guácharo. Estado Monagas, hacia 1940
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