Honestidad estética

De la salita de entrada de la galería Leandro Navarro arranca un pasillo que conduce al resto de estancias donde tienen lugar las exposiciones. Al fondo de ese pasillo uno se sobresalta un poco al ver una presencia humana que en seguida se revela engañosa. Se trata de Isabel, una talla en madera a escala real del escultor Francisco López. Al rato uno se acerca a ella y la mira de cerca, asombrado por la labor técnica del escultor que ha logrado dar forma a una mujer casi real a través de unas pocas herramientas.

Considero que en las mejores esculturas de esta exposición las figuras se muestran verosímiles, sí, pero no necesariamente vivaces. En Isabel y en las tallas de busto de otras personas cercanas, López no parece querer dotar a sus figuras de respiración. Más bien parecen monumentos que aspiran a no tener fecha, a ser, si acaso, el resumen esculpido de una edad concreta –de la infancia en el caso de Francesco, de la madurez en Isabel– pero no de un instante concreto. En arte, la ausencia de rasgos expresivos conlleva una vocación de inmortalidad, como en los retratos regios de siglos pasados.

Tanto las personas que admiran cualquier forma de arte naturalista (sea bueno, mediocre o malo) como las que lo desprecian (sea bueno, mediocre o malo) tienden a pensar que los que así pintan o esculpen se desviven por reproducir cada minúsculo detalle del objeto físico del que copian. Uno se acerca a las esculturas de Francisco López y comprueba que no es así. Su gran mérito, el de él y todos los que poseen su misma destreza técnica, como su amigo Antonio López, es precisamente el contrario: engañar al ojo del espectador y llevarlo a creer que unos pocos gestos del pincel, el lápiz o el cincel bastan para recoger la infinidad de matices que componen lo real.

Francisco López es plenamente consciente de la paradoja que caracteriza a su obra: “La realidad se me escapa, por más que intente plasmarla en mis obras”, dice en un texto recogido en el catálogo de la exposición. “No creo que haya podido captar la verdad que hay en ella, aunque mi intención siempre ha sido esa.” La contradicción que sobrevuela a la obra de López es la que define cualquier arte. Importa poco que la obra en cuestión imite fidedignamente la realidad, como en este caso; el resultado será siempre una ficción en el mismo grado que una escultura abstracta.

En ese mismo texto, López se refiere a su admiración por el arte antiguo, el de Grecia y el de Mesopotamia y Egipto. Resulta curioso que el arte contemporáneo se haya visto esquivado por una tendencia muy propia de nuestro tiempo que aboga por escapar de una existencia feroz y mecanizada en favor de una vida más sosegada y natural, por ejemplo en la salud, la gastronomía o la fabricación de bienes útiles. Ensalzar con justicia a quienes mantienen vivos los saberes de la artesanía popular no parece tener un equivalente en el campo de las bellas artes, donde mostrarse heredero de los griegos parece de todo menos admirable. Francisco López no parece demasiado afectado por ello.

Lo único que posee de veras un artista es su talento y su honradez. Los críticos, el público y el tiempo podrán despreciar su obra (con justicia, incluso), pero nadie le podrá arrebatar la tranquilidad de haber hecho lo que hizo porque quiso. Francisco López reconoce que en su juventud trató de asumir los postulados de artistas como Picasso o Henry Moore. A juzgar por su obra de madurez, debió de llegar un momento en que sintió que esa asunción era impostada y decidió seguir una línea naturalista. En un mundo obsesionado por las apariencias de novedad, este gesto tiene no poco de rebeldía. Francisco López procede de una tradición de la que no quiere renegar y así lo expresa, sin aspaviento alguno, ni de vergüenza ni de arrogancia: “Soy el continuador de una tradición. Pessoa decía que hasta en el más pequeño poema debe haber algo que recuerde que ha existido Homero. En la escultura podríamos decir que debe notarse que ha existido Fidias.”

Francisco López. Galería Leandro Navarro. Amor de Dios, 1. Madrid. Hasta el 11 de julio.

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lopez_francisco
Isabel (1978). Madera de abedul policromada, 165 x 56 x 46 cm.
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1 comentario en “Honestidad estética”

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