Un niño grande

En el imaginario colectivo del arte, el siglo XX es un siglo de cambios vertiginosos, de la invención total, de las rupturas, de la sucesión ininterrumpida de ideales estéticos complementarios y contrapuestos. Tras la irrupción de el cubismo, parece iniciarse una carrera por la siguiente invención, por el siguiente hito, por la siguiente revolución plástica. El prototipo de artista moderno es, pues, aquel que tiene su vista puesta sólo en el futuro, en la ruptura de moldes estéticos previos. En su mejor acepción, la actitud vanguardista invita a artistas y espectadores a no anquilosarse y buscar nuevas vías de expresión; en su peor encarnación, esta actitud se limita, y se conforma, con la novedad por la novedad.

Y sin embargo el arte de vanguardia encierra una gran contradicción, como aprendí en las clases de Francisco Calvo Serraller. En su búsqueda de una novedad estética que acabara con el canon tradicional occidental, los artistas modernos echaron la vista hacia un pasado cada vez más lejano. El motor de lo más novedoso fue en muchos casos lo más arcaico. Cualquier forma de arte ajena al clasicismo se convirtió en un referente válido: la escultura africana y oceánica, el arte medieval, la pintura paleolítica. Esta actitud generalizada entre los artistas de vanguardia no era un gesto meramente estético. Era también un rechazo al positivismo científico de la Europa del siglo XIX, a una idea arrogante del progreso. Echar la vista hacia lugares y tiempos remotos era decir que Europa ya no valía como fuente de inspiración, como había sugerido Gauguin con su destierro voluntario a las islas del Pacífico.

En medio de esta regresión en busca de un tiempo estético anterior al canon tradicional, algunos emprendieron una involución interior en busca de la propia infancia. Fue un componente importante del primer surrealismo, para el cual el arte de los niños representaba un arte puro, incontaminado por los condicionantes morales, sociales y estéticos que malograban la verdadera creación. También es célebre una cita de Picasso, quien venía a decir que aprendió a dibujar como Rafael antes de los veinte años pero que le había costado toda la vida pintar como un niño. A base de repetición, la exaltación de la infancia se ha vuelto un cliché bastante pesado, lo cual no quita para que haya sido la base de algunas de las mejores obras de arte del siglo pasado.

El viaje al encuentro de una versión más inocente de uno mismo, más libre de cargas culturales, fue el empeño constante de Jean Dubuffet (Le Havre, 1901 – París, 1985). Inspirado por la lectura de Hans Prinzhorn, psiquiatra alemán que estudió el arte de los enfermos mentales y encontró semejanzas entre éste y el de los niños, Dubuffet acuñó el término Art Brut para referirse a un arte contrario al arte culto de los museos y las academias, al arte, en definitiva, que conformaba la tradición artística occidental. En su convicción radical de que un arte sin prejuicios y sin cargas culturales era más verdadero o, al menos, más libre, Dubuffet no quiso limitarse a imitar a los niños o a los locos; se propuso ser él mismo un niño, un loco, un bruto que en el momento de la creación plástica dejaba en suspenso todo el bagaje estético e intelectual que poseía.

Tarea imposible que, sin embargo, dio lugar a una obra de gran elocuencia, como pudo comprobarse hasta la semana pasada en la galería Guillermo de Osma. La exposición recogía pinturas y dibujos de toda su carrera. Buena parte de la muestra estaba dominada por obras de trazo voluntariamente infantil realizadas en la década de 1940. Observando las mejores de ellas, en especial una serie de pequeñas litografías, uno esbozaba una ligera sonrisa, enternecido por la ingenuidad del trazo y las deformaciones de las figuras. Había también una serie de lienzos no figurativos en los que Dubuffet conseguía imitar a través del óleo la textura de elementos minerales. Había también un lienzo en el que replicaba perfectamente una superficie terrosa, para lo cual seguramente empleó materiales orgánicos además del óleo, en la línea de pintores informalistas como Jean Fautrier. Cuesta creer a primera vista que en estos cuadros haya habido intervención humana, tal es su grado de fidelidad a la naturaleza. Si en sus dibujos infantiles Dubuffet pretendía regresar a un estado previo a la plena racionalización del mundo, en estos cuadros trata de alcanzar un tiempo previo a toda civilización. El título del cuadro terroso es especialmente significativo: La vie sans l’homme.

Además de lo infantil y lo natural, hay un último elemento estético que Dubuffet supo emplear con gran originalidad: el garabato. Al margen de una serie de pequeños dibujos dominados por figuras entre grotescas y cómicas, en la exposición llamaban poderosamente la atención los pertenecientes a la maravillosa serie titulada Hourloupe. Dubuffet aseguraba que la serie –a la postre la más fructífera de su carrera– surgió del acto banal de garabatear en un papel mientras hablaba por teléfono. Como con ciertas obras abstractas, es difícil señalar qué detalles son los que convierten estos garabatos de Dubuffet en obras de una gran fuerza plástica. Me atrevería a decir que buena parte de su mérito reside en el empleo de una limitadísima gama de colores. En la reducción cromática de estas formas vagamente orgánicas, en las gruesas líneas negras que las delimitan, quise ver una versión anárquica y nerviosa de Mondrian.

Hay algo que me llama la atención de las fotografías del Dubuffet anciano que veo en el catálogo de la exposición y en internet, y es que a pesar de la cabeza calva y las arrugas posee siempre un gesto de vivacidad y curiosidad infantiles. De algún modo uno intuye que su voluntad de abrazar una inocencia estética sin prejuicios, aunque imposible, era sincera. Su obra tan original desmiente que fuera una pose. Dubuffet quería ser un niño inculto. A pesar de ello, uno no puede dejar de ver detrás de esos dibujos torpemente trazados, de los garabatos hechos con rotuladores, la mano de un gran pintor. Por deliberada que fuera su intención de huir del arte culto, uno lo sitúa de inmediato a la altura de otros niños grandes como Picasso, Klee o Miró.

Jean Dubuffet. Pinturas y dibujos. Galería Guillermo de Osma. Acabó el 17 de julio.

In English

dubuffet
Arborescence, c. 1970. Tapiz, 162 x 117,5 cm. Colección particular, París.
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