Fogonazo

Sólo cuando un amigo me propuso ir al Reina Sofía supe que a Madrid le había tocado de rebote compartir el aura de exclusividad que desprenden las grandes operaciones financieras en torno al arte. Sólo entonces recordé vagamente noticias recientes en los telediarios que asociaban el nombre de Gauguin con dinero, imágenes en fogonazos con cifras a pie de foto. Por tiempo limitado, la obra de arte más cara de la historia se puede ver aquí. El cuadro cuelga sin demasiada pompa en una sala pequeña del museo y uno ya no sabe si llama tanto la atención solamente por su exuberante colorido o porque lo ha visto reproducido en carteles en las estaciones de metro.

Hay que reconocer que el Reina Sofía no ha aprovechado la ocasión para hacer una publicidad zafia, al modo de “¡Tenemos el cuadro de los 300 millones de dólares!”, ni ha empezado a cobrar una tarifa especial para poder verlo. No hay nada que haga destacar el gauguin por encima de los monets o los van goghs de la sala, más allá de una pequeña raya en el suelo que disuade al espectador de acercarse demasiado. Tampoco hay más vigilantes que de costumbre. Borja-Villel y su equipo han sido coherentes con su discurso habitual que, si en muchas ocasiones me resulta demasiado aséptico, les ha impedido convertir la visita del gauguin en un circo. Dado el estado actual del arte, es digno de aplaudir.

Siempre que se produce la venta multimillonaria de alguna obra de arte, me acuerdo de un documental de Robert Hughes que he visto en más de una ocasión. Se titula La maldición de la Mona Lisa y hace un dramático análisis de la transformación sufrida por el mercado del arte en la segunda mitad del siglo pasado. Entre otras conclusiones, Hughes dice ser parte de la última generación que puede mirar una obra de arte sin preguntarse cuánto cuesta. La observación me había parecido hasta ahora exagerada, pero empiezo a cambiar de idea.

“¿Y de verdad será el mejor cuadro del mundo?”, escucho mientras miro el gauguin. Los precios altos dotan de inmediato a las cosas de un prestigio simbólico. Hasta hace no demasiado, el arte poseía un aura que no tenía que ver con el dinero sino con la belleza, la destreza técnica o la relevancia histórica. Hoy, cuando una noticia no trata directamente acerca de una subasta multimillonaria, una crónica periodística sobre un artista irá casi siempre acompañada de una coletilla económica. Las ya inevitables referencias a los precios de cuadros y esculturas parecen haberse instalado para llenar el vacío de objetividad que existe en el mundo del arte, donde los juicios son a la fuerza subjetivos. Saber que un cuadro es bueno no solamente porque lo digan los críticos y los historiadores sino porque además su precio lo confirma dan seguridad al espectador. Es sólo lógico que buena parte del público, que ha sido bombardeado con noticias sobre los millones de dólares que alcanzan las obras de arte, relacione calidad con precio, igual que hace con los coches o los electrodomésticos.

En lo que habría que insistir es en que los precios que alcanza una obra de arte en subastas o en compras privadas –como el caso del gauguin del Reina Sofía– representa solamente lo que una persona en particular está dispuesta a pagar por ella. Esto no es malo en sí mismo, por mucho que nos parezcan desorbitados, porque lo son, los millones de dólares desembolsados por el comprador de turno. Lo que es peligroso es que el criterio de dicho comprador –subjetivo, cuando no directamente especulativo– acabe configurando el gusto público, condenando a la irrelevancia a los estudiosos del arte. De esto se quejaba amargamente Hughes en su documental. En su poderoso lenguaje, decía que los altísimos precios que alcanzan las obras de arte están hechos para dejarlo a uno ciego. Los cientos de millones son como un fogonazo que atrofia nuestra capacidad de juicio, el juicio individual al que cada uno tenemos derecho. Juzgada su calidad en función de la cifra que aparece en el ticket de compra, las obras de arte se vuelven un objeto de consumo más; extremadamente caros, si se quiere, pero en el mismo plano simbólico que un BMW o un iPhone.

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gauguin
Operarios del Reina Sofía colocan el Gauguin sobre la pared.
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