Danzas primitivas

En el prólogo de la película, una voz masculina lee unas instrucciones que suenan a conjuro antiguo. A continuación, una mujer pronuncia una invocación con aire desganado y monótono, casi irritante, como quien recita de memoria y de corrido una oración muchas veces repetida, dicha sin demasiada convicción pero palabra por palabra, por un vago miedo, quizá, a que pierda sus cualidades mágicas. San Lorenzo, cura estas quemaduras con el poder que Dios te ha dado.

Hace algo más de un mes fui a la Sala Berlanga de Madrid con el aliciente de ver Las Hurdes de Buñuel, una de esas películas de aire mítico, sobre todo si uno no la ha visto, como era el caso. Como dura apenas media hora, la programación era doble ese día. Concluido el desolador retrato de Buñuel de una región casi prehistórica, empezó una película que pude ver como casi nunca se ven las películas: sin saber nada sobre ella ni sobre su director, es decir, sin prejuicios. Quizá por ese efecto sorpresa consiguió algo que parecía imposible, y es que me causó un impacto mayor que Las Hurdes.

La película era Lejos de los árboles, rodada por Jacinto Esteva (1936-1985) a lo largo de la década de 1960. Presenta un retablo de costumbres y fiestas de la España rural de mediados de siglo, de Pontevedra a Málaga, de La Rioja a Cataluña. Difícilmente las imágenes de este peculiarísimo documental, sin embargo, encontrarían acomodo en un programa del Ministerio de Turismo para promocionar la entonces inexistente Marca España. La brutalidad de algunas de las escenas recogidas por Esteva atraería, acaso, no al turista moderno en busca de sol sino al erudito viajero del siglo XIX ávido de primitivismo ibérico: exorcismos colectivos, disciplinantes ensangrentados, burros despeñados ante la atenta mirada de penitentes encapuchados.

En los años del desarrollismo, las costumbres recogidas por Esteva desmentían la visión modernizada que se quería difundir de España. Por eso resulta subversivo el hecho de que el narrador de la película, que explica en detalle las distintas festividades regionales, tenga un aire de locutor del NO-DO. Su voz tiene la misma inflexión amable que empleaban los noticiarios de entonces para informar sobre una visita oficial del general Franco o para exaltar las virtudes de la apacible España del régimen. La España de escaparate era la de la fábrica de la SEAT, la de las turistas suecas, la del Real Madrid campeón de Europa. Esta imagen concordaba mal con la reglamentada anarquía de las fiestas más brutales que persistían –persisten– en España, ritos primitivos disfrazados de religión, la invocación a un santo como pretexto para liberar instintos reprimidos, la vida civilizada puesta legalmente en suspenso por unos días. Igual que hoy, igual que siempre: la fiesta de la vendimia en Haro grabada por Esteva es una versión en movimiento de los grandes botellones de Bruegel.

La versión de Lejos de los árboles que se exhibió en junio en la Sala Berlanga es el resultado de un montaje realizado hace pocos años por Pere Portabella, gran cineasta que ya produjo la película en los años 60. En comparación con la cinta original, que puede verse en YouTube, los retoques de Portabella parecen acertados, recortando lo justo para que la película gane en intensidad. Entrevistado por el MACBA con motivo del nuevo montaje, Portabella  sostenía que Lejos de los árboles es ante todo una denuncia del nacionalcatolicismo. Hablar de la película en términos estrictamente políticos me parece, sin embargo, devaluarla. En todo caso, la crítica es tan social como política y religiosa. Se aprecia claramente en la parte de la película dedicada a los toros. A pesar de ser un blanco fácil –un espectáculo apoyado abiertamente por el régimen–, la manera en que Esteva lo recoge resulta casi enaltecedora. Sin obviar sus momentos más truculentos, las escenas de la corrida están intercaladas con imágenes de una fiesta en la plaza de un pueblo, donde decenas de jóvenes acosan a un toro con la cobarde valentía propia de las fiestas populares. Atado finalmente a una farola por los cuernos, el animal recibe un seco golpe de gracia por parte de uno de los participantes, tras lo cual acuden como moscas el resto para propinar su particular castigo al cadáver. Incluso si a uno no le gustan las corridas, el torero solitario queda dignificado en esta secuencia. En la escena de la plaza del pueblo, uno asiste al momento exacto en que un grupo de personas reniegan voluntariamente de su individualidad para convertirse en masa, en turba, en chusma.

Pero Lejos de los árboles no es una película de denuncia, o lo es sólo en parte. Me parece que su valor va más allá de ser un mero documento de cultura antifranquista, una foto fija que explica únicamente su particular momento histórico. Si la película me impresionó profundamente fue precisamente por las semejanzas que existen entre los rituales festivos de entonces y los de hoy. Al margen de un menor grado de violencia hacia los animales, no advertí grandes diferencias entre las borracheras colectivas –etílicas y espirituales– de entonces y de ahora. A esta lección acerca de las costumbres más arraigadas de una sociedad, ajenas a periodos históricos y regímenes políticos, hay que sumar la gran fuerza plástica de la película, sin la cual su impacto se hubiera diluido con el paso del tiempo. Es la obra de un artista poseedor de un gran talento que sin embargo se malogró: después de rodar un puñado de películas, Esteva siguió la senda del bohemio maldito, con más aura que obra, un personaje excesivo al que uno llega incluso a despreciar en el intenso documental que le dedicó su amigo y también director Joaquín Jordà a los pocos años de su muerte.

Existe una contradicción a lo largo de la película de Esteva. Si bien hay horror en las escenas más cruentas, la mirada de la cámara es detenida, objetiva. Hay espanto, sí, pero también fascinación. Así, Lejos de los árboles se sitúa en el mismo plano artístico que el Goya de los Caprichos y los aquelarres, ese Goya ilustrado que observa con fascinado rechazo las supersticiones más primitivas de los hombres y mujeres que conforman la gran masa social. Esteva es heredero también de Solana, de su crudo documentalismo pictórico, de sus escenas expresivas pero sin juicio. Igual que ellos, en su película lo brutal y lo sórdido entran en extraña comunión con la belleza plástica.

Tras un desfile de hora y media de animales maltratados, de gentes asfixiadas entre un mar de manos y brazos que tratan de rozar una Virgen en procesión, de borracheras en masa y castigos autoinfligidos, Lejos de los árboles termina con una escena austera: una cámara fija recorre la cima de un paisaje urbano hasta que, entre el amasijo de edificios, se ilumina de pronto un gran ventanal. Suenan los primeros acordes de una guitarra y se vislumbra una figura moviéndose. Acto seguido, nos encontramos en el interior de la estancia iluminada presenciando un baile privado de Antonio Gades. La secuencia que sigue, de una profunda belleza, es quizá la más intensa de toda la película, la más emocionante. ¿Pero por qué esta escena al final de una película así? ¿Se presenta acaso como una moraleja, el símbolo de que los impulsos más oscuros del ser humano tienen una salida más digna en el acto individual del arte, lejos de los árboles de la colectividad? Los sentidos espasmos de Antonio Gades y su pareja de baile son una cima de expresión, de la alegría y la tristeza extremas, de la violencia y del erotismo: las remotas pulsiones primitivas del ser humano expuestas en unos minutos extasiados de danza, de cante jondo.

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esteva

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1 comentario en “Danzas primitivas”

  1. Impresionantes películas, tanto la de Esteva como la que sobre él hace Jordá… hablando de la primera, algunas escenas son impresionantes y nos remiten a Solana y quizás también a Goya, con la diferencia obvia del tiempo, que hacen más “comprensible” esas barbaridades (o esas tradiciones) en el siglo XIX que en el XX… un documento estremecedor sobre el alma profunda de algunos pueblos a lo largo y ancho de toda España, y también sobre la necesidad de muchas personas en esos pueblos de “asalvajarse” durante unos días al año… lo que hace Esteva es mostrarlo, no sé si con mucho criterio de condena o simplemente como una necesidad de sacarlo a la luz, uniendo episodios muy diversos (algunos religiosos, otros profanos) que comparten lo atávico y lo surreal… gracias por haberlo puesto a mi alcance.

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