Una humilde sugerencia

Hacía muchos años que había querido volver al Museo Sorolla, situado en la casa que ocupó el pintor en la actual calle General Martínez Campos de Madrid. Tenía un muy agradable recuerdo de una visita en familia hace ya unos diez años, del agua y las sombras del jardín como un oasis en medio una tarde sofocante de verano. Anteayer regresé por fin. La vegetación y el sonido de una fuente a la entrada anunciaban el placer de una visita largamente anticipada. Al cabo de una hora, sin embargo, salí de allí algo decepcionado.

No recordaba el museo como una galería de arte. En mi memoria persistía vagamente la imagen de una sala de techos altos con grandes cuadros colgados, pero tenía el convencimiento de que aquello era una excepción. Pensaba que la casa, precisamente por ser la que habitó Sorolla, insistiría en los aspectos cotidianos de su vida más que en los de su arte, o al menos en igual medida. Quizá porque la visita de hace años fue guiada y la mujer que nos la enseñaba contó alguna anécdota de la vida de Sorolla tenía yo el recuerdo del museo como una casa-museo y no un “museo-museo”.

El caso es que la visita de anteayer me dejó con la sensación de que no es ni una cosa ni la otra. Sobre la vida del pintor se da poca información, al margen de detalles sobre su gran fama internacional y unas nociones sobre su pintura. Además de esos datos, que no sobran pero que la mayoría de los visitantes seguramente sepan de antemano, se echa en falta un acercamiento más íntimo a Sorolla, no una reproducción de lo que se puede leer en un manual de historia del arte. En un cartel explicativo de la planta superior de la casa, por ejemplo, se menciona de pasada una colección que Sorolla tenía de cerámica de Manises, parte de la cual puede observarse en una vitrina. A poco que uno se fije en los muros de la casa, donde además de cuadros cuelgan piezas de cerámica de lo más variadas, se advierte rápidamente que Sorolla era un gran admirador a las artes decorativas. Eso en sí mismo dice bastante sobre el pintor, pero me hubiera gustado saber de dónde procedía esa afición por la cerámica.

Uno podría argüir que los aspectos más mundanos de la vida de Sorolla importan menos que su obra y que un museo en su honor debe dejar constancia de su grandeza como artista. Es una opción sin duda defendible, pero en ese caso uno debe asegurarse de que el nivel medio las obras expuestas sea muy alto. Este, en mi opinión, tampoco es el caso. Hay, desde luego, cuadros extraordinarios, algunos de los mejores, como El baño del caballo o El bote blanco, pero son la excepción. No debería resultar extraño: la colección del museo procede del legado de la familia y la mayoría de los mejores cuadros fueron adquiridos por museos o coleccionistas cuando Sorolla se encontraba en la cima de su fama. En muchos de los cuadros del museo uno intuye la relajación de la celebridad, más fácilmente disimulable en el caso de un virtuoso como él. De todas las obras expuestas se pueden extraer detalles de su genialidad, como el reflejo de la luz sobre las pieles mojadas o el vuelo de los vestidos femeninos en la playa, pero es fácil advertir el desnivel que existe entre el grueso de la colección y el puñado de obras maestras que posee el museo.

La comparación con otros modelos de museos individuales me resulta ahora fácil por dos viajes que he hecho a Gran Bretaña recientemente, durante los cuales visité varias casas regentadas por el National Trust, que se ocupa de la conservación de buena parte del patrimonio histórico y cultural del país. Lo que envidio de esta institución es la excelente labor no ya de preservación que hacen de sus monumentos, sino de su carácter divulgativo. Me pregunto si no sería posible implantar un modelo similar en España.

Una visita al Museo Sorolla da la impresión de cierta pereza museográfica causada por la seguridad de saber que Sorolla es un pintor que atrae a mucho público, independientemente de cómo se le presente. Pero precisamente por eso, por su gran popularidad y porque se trata de uno de los nombres mayores de la historia del arte español, me parece que un museo dedicado enteramente a él merece más esmero. Una persona de cuyo criterio me fío mucho me habla de un equivalente británico que yo no he podido visitar: la casa de Jane Austen en Chawton, en el condado de Hampshire. La recreación histórica de la casa, la exhibición de efectos personales y objetos que salen mencionados en las novelas de esta escritora tan querida por los lectores ingleses son elementos suficientes para acortar la distancia que existe entre el celebrado personaje histórico y el anónimo visitante. Quién sabe si una pequeña remodelación expositiva no conseguiría el mismo efecto en el Museo Sorolla.

En el jardín de Sorolla hay algo que rebaja en parte su encanto, y es que ahora se encuentra embutido entre dos edificios altos que impiden ver el cielo. Incluir una fotografía de época, si existe, o una recreación de cómo era aquel barrio cuando Sorolla erigió su casa allí sería una manera sencilla pero muy eficaz de lograr mayores lazos con el espectador. En las casas-museo hay un elemento sentimental que es básico. Para parte del público, la visita constituye un homenaje privado, una humilde peregrinación al lugar que habitó alguien a quien se admira mucho. Sin llegar a la superchería, creo que este aspecto de las visitas debería cuidarse. Quizá así uno sea capaz de sentarse en el jardín de Sorolla e imaginarlo a él también disfrutando del agua y la sombra de los árboles, a la fresca.

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sorolla
Vista del jardín de Sorolla
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