Lola Álvarez Bravo, telegráficamente

Es una lástima llegar a las exposiciones con la hora justa, teniendo que ver las obras expuestas con prisa, temiendo que en cualquier momento el vigilante nos diga que debemos abandonar la sala porque van a cerrar. Este ha sido el caso con la exposición que el Círculo de Bellas Artes le está dedicando desde junio a Lola Álvarez Bravo (Lagos de Moreno, Jalisco, 1903 – Ciudad de México, 1993). La exposición sin duda merece más detenimiento que la media hora apresurada que pasé en ella, tomando apuntes en el cuaderno a la vez que miraba las fotografías. Pongo en gran valor estas obras porque, a pesar de la prisa, me conmovieron; doblemente, porque no sólo son extraordinarias sino que además me eran completamente desconocidas. El placer del descubrimiento. Entre miradas no suficientemente detenidas, fui capaz de intuir al menos tres temas que podrían definir el trabajo de esta gran fotógrafa:

Formas. Como en pintura, algunos fotógrafos de principios del siglo XX quisieron eliminar los recuerdos temáticos o sentimentales de sus obras para reflejar la belleza de la forma plástica pura. Quizá el mayor representante de esta tendencia en fotografía fue el norteamericano Edward Weston, cuyos vegetales y conchas, retratados muy de cerca, adoptan formas abstractas o crean asociaciones inesperadas, como los pimientos arrugados que parecen torsos humanos. Admiradora de Weston, Lola Álvarez Bravo practicó también esta alienación de los objetos y demostró cómo una toma fotográfica, objetiva, puede engañar al ojo: el encuadre con el que eligió fotografiar unas virutas de madera hacia 1935 podrían hacernos confundirlas con sacacorchos o unos cabellos rubios.

En la calle. Álvarez Bravo también fue una gran admiradora de Cartier-Bresson, y compartió  con él la búsqueda de ese instante preciso en que la realidad le brinda a uno una fotografía. La imagino paseando por las calles de ciudades mexicanas con la cámara agarrada con fuerza, en estado de alerta, atenta a una revelación en medio de lo cotidiano. Cuando el milagro se produce, es tan generoso que incluso proporciona el título al fotógrafo. Una niña asoma la cabeza por la ventana y mira calle abajo: ¿Qué pasó? Una mujer apoyada sobre el alfeizar de su ventana abierta mira absorta al vacío; sobre la imagen se proyecta la sombra de una reja: En su propia cárcel. Una niña monta sobre el caballo de un tiovivo: El rapto.

Imagen de México. En 1953 Lola Álvarez Bravo se convirtió en la primera mujer en exponer su obra en el Salón de la Plástica Mexicana y alcanzó una gran fama. Miembro activo de la vida cultural mexicana, retrató a muchos de sus más notables exponentes: su amiga Frida Kahlo, Diego Rivera, Octavio Paz, su ex marido Manuel Álvarez Bravo. El objetivo confeso de la obra de Lola fue reflejar el México que le tocó vivir. Los intelectuales y artistas eran sólo una cara del asunto, acaso la más fácil, la que se hacía por encargo. Sus retratos de chicos ciegos y de indígenas pobres poseen una fuerza que difícilmente alcanzan sus fotografías de escritores y artistas, a excepción quizá de las de Frida Kahlo, a quien retrató en el sufrimiento de los dolores que le causaba su espalda maltrecha. Una de las mejores fotografías de la exposición recoge la imagen de tres pescadores que arrastran a un tiburón por la playa. El del centro sujeta orgulloso su única herramienta de trabajo, el arpón, y con él crea una perfecta composición triangular que de pronto recuerda a La libertad guiando al pueblo de Delacroix o a la toma de Iwo Jima por los americanos en la II Guerra Mundial. Es un monumento, quizá, a la pesca tradicional que se seguía practicando al mismo tiempo que se desarrollaba la industrialización del país, tema que Álvarez Bravo también recogió, si bien a través de una disciplina artística tan moderna como los coches y las motocicletas: el fotomontaje. Abriendo caminos, por ejemplo, se presenta como un canto al desarrollo tecnológico de México, una exaltación de las carreteras, los aviones y las máquinas como señal de progreso. Recuerda a algunos murales de Diego Rivera, en especial al del Detroit Institute of Arts. Me atrevería a decir que las composiciones de Lola, más humildes en tamaño, son más audaces que las de aquél.

Lola Álvarez Bravo. Círculo de Bellas Artes. Alcalá, 42. Madrid. Hasta el 30 de agosto.

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alvarez bravo
Tiburoneros, 1949-1950.
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