Bajo la mirada de Senecio

Este verano he visitado el Museo Reina Sofía para ver las obras maestras enviadas desde el Kunstmuseum de Basilea. La exposición Fuego blanco ha servido, sobre todo, para que el espectador local haya podido hacer un recorrido visual que normalmente le está vedado. El aficionado al arte de París, Londres, Basilea o Berlín puede ir cuantas veces quiera a su museo de arte contemporáneo para visitar a los grandes nombres del arte del último siglo. En España, por diversos motivos, no tenemos esa suerte y debemos conformarnos con exposiciones esporádicas como esta para profundizar en nuestro conocimiento –conocimiento directo, no teórico– del arte moderno.

La muestra se dividió en dos ejes correspondientes a lo que, resumidamente, podrían denominarse las dos grandes corrientes del arte contemporáneo. Por un lado, la pintura y escultura centradas en el estudio de la pura forma, desde el cubismo hasta el minimalismo; por otro, las tendencias artísticas que inciden en el contenido por encima del envoltorio: básicamente, expresionismo, surrealismo y dadaísmo. El primero de estos ejes comenzaba con un avasallador muestrario de cuadros cubistas que por sí solos justificaban la visita a la exposición. Las posibles dudas sobre la importancia capital del cubismo en la historia del arte sugeridas por algunos críticos se disipaban rápidamente en esta sala: por vehementes que se muestren algunos defensores de transgresiones posteriores, lo cierto es que no existió en el siglo XX experiencia artística más radical que las investigaciones de Braque y Picasso.

Este “eje formal” de la exposición, que empezaba tan prometedoramente, se desinflaba un poco a medida que se avanzaba por las distintas salas. El cubismo y sus consecuencias inmediatas –constructivismo ruso, neoplasticismo– daban paso a un canónico pero desigual y apresurado recorrido por las grandes tendencias del arte de la segunda mitad de siglo: un poco de expresionismo abstracto por aquí, un Warhol y un Jasper Johns por allá, una escultura de Carl Andre junto a un Gerhard Richter figurativo… No pude evitar cierta frustración. A falta de lecturas o revelaciones estéticas futuras que puedan matizar o transformar mis actuales impresiones, salí de este recorrido pensando que el llamado “agotamiento de la forma” al que llegó el arte de vanguardia en los años 70, encarnado aquí por unas solemnes instalaciones de Donald Judd y un vídeo de Bruce Nauman, es sólo una manera educada de decir “agotamiento de la imaginación”.

Aun sabiendo que el arte contemporáneo no se limita a una historia de depuración formal, es difícil rebatir la idea de que la escultura y la pintura se han agotado cuando un museo importante parece certificarlo en una exposición. Por eso es motivo de júbilo entrar en una sala y encontrarse con un artista que revienta cualquier corsé teórico. En medio de las violentas disputas por la verdad suprema del arte, de manifiestos tan intolerantes como la propaganda política totalitaria, hubo un pintor que supo desde el principio que la única verdad artística que existe es la de cada cual. Su nombre era Paul Klee. De entre los grandes artistas que supieron vivir a una distancia prudente de la corriente general del arte, Klee fue quizá el único al que los líderes vanguardistas no pudieron permitirse ignorar. Allí había un artista de indudable genialidad que sin embargo no casaba con nada: a ratos podía ser vagamente abstracto sin serlo del todo, utilizaba la ironía y el ingenio sin ser un dadaísta, pintaba con la inocencia del niño o el primitivo sin ser un expresionista o un surrealista. ¿Quién podía, quién puede hoy, explicarse a Paul Klee?

La obra de Klee es una de las pruebas más palpables de que el arte no lo hacen los movimientos ni los críticos, sino los artistas individuales. El siglo XX inauguró una tendencia a anteponer la teoría a la práctica que cae a menudo en el absurdo de hacer historia del arte antes de que exista el arte que se quiere historiar. El desaliento que causa mucho arte actual se debe precisamente a esto, a que responde a un guión preestablecido. A lo largo de este verano que termina he visitado la exposición del Reina Sofía tres veces para ver de cerca un pequeño grupo de obras maestras de Paul Klee que no sé cuándo volveré a ver. La más conocida de ellas seguramente sea Senecio. El nombre inventado del personaje que aparece en este cuadro es un diminutivo del término latino senex, que significa viejo. Este “viejecito” –un autorretrato velado del propio Klee– es un niño en el cuerpo de un anciano, poseedor simultáneo de la sabiduría de la senectud y la inocencia de la infancia. Aunque este cuadro ya se encuentra en casi todos los manuales de historia del arte contemporáneo, creo que su importancia no hará más que crecer con el paso del tiempo. Será igual de relevante para analizar el pasado como para afrontar el futuro: por un lado, la ironía de Klee es el mejor antídoto contra las verdades absolutas de las vanguardias; a su vez, la viva mirada de Senecio –inteligente pero no arrogante; escéptica, nunca cínica– invita al artista joven a tomarse en serio pero no demasiado, a trabajar con convicción sin dejarse embriagar por la vanidad.

Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Termina hoy.

In English

klee
Paul Klee, Senecio, 1922. ©Kunstmuseum Basel.
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