Trazos de deseo

La galería Guillermo de Osma se ha convertido por unos meses en un minúsculo museo de Picasso, donde en apenas once dibujos uno puede recorrer muchos de los temas que centraron la obra del pintor a lo largo de su vida. Por modesta que sea, es difícil no salir de una exposición de Picasso con una familiar sensación de asombro. Puede que ni siquiera nos gusten la mayoría de las obras expuestas, pero hasta el dibujo más insignificante comparte, aunque sea mínimamente, el brillo de sus mejores piezas. Que uno mire con interés incluso un garabato de Picasso es, quizá injustamente, un derecho que se ganó el artista más celebrado del siglo XX.

Cronológicamente, el primer dibujo de la exposición de Guillermo de Osma es uno de 1920. No me parece mala cosa que de una exposición de Picasso esté ausente el cubismo, un estilo que por su importancia crucial en el desarrollo del arte moderno ahoga a veces el resto de su inmensa producción. Si algo demostró con arrogante virtuosismo Picasso en su llamada época neoclásica de los años 20 fue precisamente que su talento no dependía de un estilo. Ya se encargarían otros de repetir el cubismo hasta la banalidad. Él, que lo había inventado junto a Braque, lo llevaría para siempre incorporado y pudo dedicarse a un arte enteramente libre.

Ese dibujo de 1920 recrea una escena apacible de playa, tema que Picasso explotaría asiduamente durante el resto de la década y que alcanzó el estatus de icono en obras como La flauta de Pan. Este cuadro, realizado tres años después que el dibujo en Guillermo de Osma, comparte con éste el aire idílico de un mundo mediterráneo inconcreto e intemporal, poblado por hombres y mujeres que cuidan de su cuerpo practicando en igual medida el ejercicio físico y los placeres de la vida. En el dibujo de Picasso conviven Ingres y Cézanne. Las líneas con que Picasso delimita los cuerpos atléticos se parecen mucho a los de éste cuando pinta árboles o bodegones, trazos constantemente interrumpidos que a pesar de su carácter dubitativo poseen un enorme atractivo plástico. Qué diferentes estas líneas a las del homenaje al Déjeuner sur l’herbe de Manet de 1961, donde cada figura parece haber sido delineada sin soltar Picasso el lápiz ni una sola vez.

Me gusta mucho una cosa que dice Antonio Muñoz Molina en el catálogo de la exposición, y es que en cualquier Picasso conviven todos los Picassos: hay cuerpos femeninos dibujados en los años 60 que recuerdan a las Demoiselles d’Avignon, hay caballos y toros que anuncian el Guernica quince años antes del comienzo de la guerra civil. De igual manera, cuando Picasso homenajea a los maestros del pasado, las décadas o los siglos que los separan quedan momentáneamente anulados. Cuando hace una de sus versiones del Déjeuner de Manet, cuando lo estudia en el Louvre o en las reproducciones, no lo mira con la curiosidad del erudito, sino con la familiaridad con que se trata a un colega. Para Picasso, el cuadro de Manet está sucediendo en ese mismo momento. El arte que merece la pena es siempre contemporáneo, llámese su autor Picasso, Manet o Miguel Ángel.

El homenaje a Manet le sirvió a Picasso para explorar el tema que quizá más lo obsesionó a lo largo de toda su vida: el deseo suscitado por el cuerpo femenino. En la exposición hay tres dibujos que se centran en este tema, realizados entre 1966 y 1969. Hay dos grandes épocas en las que la obra de Picasso estuvo cargada de enorme erotismo: una es la década de 1930, cuando mantuvo una relación con la jovencísima Marie-Thérèse Walter; la otra son los últimos años de su vida. Hay una urgencia furiosa en el erotismo del último Picasso, sin duda acuciado por el declive físico de quien rozaba ya los noventa años. De que la impotencia sexual de la vejez es solamente física y no visual es buena prueba uno de los dibujos presentes en esta exposición. Realizado a los ochenta y ocho años, Picasso presenta aquí un friso de mujeres que tiene un aire de relieve escultórico arcaico.  Los ojos del espectador se dirigen de inmediato a los descarados atributos sexuales, al tupido vello púbico, a los ojos replicados en los pezones. El erotismo es tan explícito que apabulla. No hay detalle que no haya sido dibujado en un estado de excitación desbocada, incluso los más aparentemente banales, como el zigzag de las trenzas de una de las mujeres o la oreja y el cabello jónicos de otra. Es en esos detalles, diría yo, donde se expresa el verdadero deseo de Picasso; las colosales rajas y agujeros genitales, los rayajos de color, no serían más que la constatación de la impotencia.

Hay otro dibujo en que una mujer muestra impúdicamente su cuerpo desnudo a un viejo calvo y barbudo que viste como un caballero español del siglo XVII. No hay que tener mucha imaginación para ver en él un autorretrato velado del propio Picasso, que a esas alturas de la vida ha de conformarse con mirar y pintar. En medio de ambas figuras hay una vieja celestina que sonríe y constata el aire patético de la escena. “Qué estallido de risa por encima de la gran tristeza de la vejez”, dice Muñoz Molina, qué pasmoso contraste entre el viejo impotente y el exuberante cuerpo de la mujer joven que en su imposible retorcimiento despierta más deseo que cien imágenes de sexo explícito. La pornografía atrofia el deseo; los dibujos del mejor Picasso, nunca.

Once dibujos de Picasso. Galería Guillermo de Osma. Claudio Coello, 4. Madrid. Hasta el 20 de noviembre.

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picasso
Desnudo femenino con figuras, 26 de febrero de 1968.
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