Sueños por encargo

Una vez por semana durante tres años Grete Stern recibía de manos de Gino Germani una carta firmada por una mujer desconocida. Stern, fotógrafa, debía entonces poner en imágenes los sueños e inquietudes que aquella mujer anónima describía en su carta, y para ello recurría a la técnica del fotomontaje. En una semana debía elaborar una composición convincente, una imagen única, antes de recibir el siguiente encargo. Parece lo ideal que un artista pueda disponer de todo el tiempo del mundo para realizar su obra, pero un encargo que le imponga unos límites temporales concretos e inaplazables puede resultar en ocasiones más fructífero que una libertad total que puede fácilmente desembocar en la desconcentración y la pereza.

Grete Stern (Wuppertal-Eberfield, 1904 – Buenos Aires, 1999) realizaba aquellos fotomontajes semanales para la revista Idilio, nacida en Argentina a finales de los años cuarenta. La revista, enfocada a mujeres de toda condición, contaba con una novedosa sección de psicoanálisis en la que se animaba a las lectoras a enviar cartas que el jefe de la sección luego interpretaría. Gino Germani, un sociólogo de origen italiano que firmaba bajo el pseudónimo de Richard Rest, respondía a la lectora basándose en los elementos que aparecían en las imágenes de Stern. Esta democratización de las teorías de Freud tenía en los textos de Germani un tono que mezclaba el psicoanálisis con la literatura sentimental al estilo del Consultorio de Elena Francis.

Los fotomontajes que Grete Stern produjo para esta sección de la revista Idilio, agrupados bajo el título de Sueños, son excepcionales, como puede comprobarse ahora en el Círculo de Bellas Artes. Uno mira estas imágenes tratando de imaginar cómo serían las cartas en las que se inspiraban. En los fotomontajes de Stern conviven dos conceptos antagónicos: surrealismo y objetividad. Con objetividad no me refiero, evidentemente, a que estas escenas sorprendentes sean un documento fidedigno de la realidad visible, pero sí que debían basarse forzosamente en una fuente concreta. Frente al subconsciente algo abstracto de los paisajes de un Max Ernst o un Dalí, Stern debía dar respuesta a un testimonio de carne y hueso; una reportera de lo onírico.

Uno de los pocos objetivos a los que puede aspirar el arte es a transmitir emociones reales, y eso pasa con los sueños de Grete Stern. En Los sueños de peces, por ejemplo, identifico mi persistente miedo infantil a meterme en el mar y sentir el desagradable cosquilleo de peces nadando bajo la superficie del agua. El inesperado encuentro con uno mismo en la superficie de un espejo en Los sueños del espejo es de gran elocuencia; los cuatro reflejos de la mujer sorprendida por sigo misma son un eco visual del susto repentino. Para que un sueño sea de veras perturbador, por inverosímil que sean su trama y escenario, hace falta algún elemento que sirva de enganche con nuestra realidad cotidiana. Las mujeres que pueblan los sueños de Grete Stern están casi siempre impecablemente vestidas. Ya sea escalando un escarpado acantilado o flotando en medio del espacio exterior, visten sus faldas recién planchadas o sus zapatos de tacón, como si hubieran sido trasplantadas a esos escenarios directamente desde su sala de estar. Es por estos pequeños detalles que somos capaces de reconocernos a nosotros mismos incluso en los sueños más excéntricos; por eso los recordamos al despertar y sentimos la necesidad de contarlos.

Fue seguramente su trabajo en el campo del diseño gráfico y publicitario en su Alemania natal –de donde huyó tras el triunfo electoral de Hitler– lo que le aportó a Grete Stern una gran capacidad de síntesis. Esto se aprecia en uno de sus mejores y más efectivos fotomontajes, titulado Sueño de celos. En él vemos el primerísimo plano de un galán –bigotito, pitillo en boca, gafas de sol– en actitud sonriente. En cada una de las lentes se proyecta la imagen de una mujer que, por lógica deducción, no es su esposa. Imagino que este sería un tema no poco recurrente en las cartas que las lectoras de Idilio enviaban a la sección de psicoanálisis. Sin duda a Grete Stern estos testimonios le servían para hacer un análisis sociológico y ponerlo al servicio de su arte. Stern se nutre del papel otorgado a la mujer en la sociedad de su tiempo:  esposa, madre, ama de casa. Esta reducida libertad de movimiento queda reflejada en la concha de caracol que habita una mujer en uno de sus fotomontajes, titulado Los sueños de encierro. El tema de la mujer como objeto sexual lo resume Stern en una escena donde otra mujer adopta la forma de una lámpara de mesa. El título no puede ser más eficaz: Artículos eléctricos para el hogar. La acidez de su crítica y su elocuencia plástica colocan a Grete Stern a la misma altura que John Heartfield o Josep Renau en la historia del arte del siglo XX.

No deja de ser irónico que estos inteligentes ataques al machismo imperante se publicaran en una revista que explotaba un sentimentalismo dirigido a los valores más tradicionalmente asociados a la mujer. Precisamente fue eso lo que contribuyó al hecho de que los Sueños de Stern cayeran en el olvido durante veinte años. La poca consideración que este tipo de prensa tenía entre los intelectuales y los artistas llevó incluso a la propia Stern a no adjudicarle a su serie de Sueños un gran valor hasta años más tarde. Vistos en conjunto, vemos que sus dardos iban dirigidos a las mujeres tanto o más que a los hombres, a la sumisa aceptación de una vida dependiente de la del hombre. En una exposición retrospectiva de su obra en 1967, Stern modificó los títulos que Gino Germani había dado originalmente a sus Sueños. En algunos esto tuvo la intención poco disimulada de recalcar su carácter crítico. Desde luego no parece casualidad que Los sueños de reminiscencias, donde un hombre lanza una red sobre una mujer, pasara a llamarse Consentimiento.

Grete Stern. Sueños. Círculo de Bellas Artes. Alcalá, 42. Madrid. Hasta el 31 de enero de 2016.

In English

stern
Los sueños de reminiscencias, más tarde retitulado Consentimiento, 1949.
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1 comentario en “Sueños por encargo”

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