Seguir pintando

¿Tendrá la actual irrelevancia de la pintura que ver con el hecho de que es un arte estático? Como decía Robert Hughes con motivo del ridículo incremento de los precios en las subastas de arte, un cuadro bestseller puede ser una gran decepción para el espectador que ha sido bombardeado previamente con noticas sobre su venta millonaria. A diferencia del cine, donde la inversión de grandes cantidades de dinero tiene resultados visibles en los efectos especiales (si bien no necesariamente en su valor artístico), una pintura ofrece muy poco al que espera que los millones de dólares le otorguen por arte de magia unas cualidades que la distingan visiblemente del resto: el Gauguin más caro vale materialmente lo mismo que el cuadro academicista más rancio. Quizá esta frustración acabe alejando a los espectadores de las salas de exposiciones.

Sin embargo, cuando se comprueba que la gente sigue acudiendo masivamente a las exposiciones, como he podido ver esta mañana en un famoso museo madrileño, uno se pregunta en qué exactamente se basan los que abogan por la obsolescencia de la pintura. Me huelo que el éxito de esta tesis tiene mucho que ver con el prestigio inmediato del que suelen gozar las predicciones fatalistas. ¿Por qué casi siempre se oyen más alto las voces de los que anticipan debacles y fechas de caducidad, por qué se les escucha con la reverencia reservada antiguamente a los chamanes? No importa que la muerte de la pintura sea uno de los lugares comunes más repetidos del mundo del arte; si aún tiene cierto prestigio como teoría es porque no se basa en una confrontación con el mundo real.

Como toda moda intelectual, la actitud de “la pintura no da más de sí”, “la pintura es cosa del pasado”, “la pintura ha sido superada”, etc. revela, sobre todo, pereza mental. La pintura dejará de ser relevante cuando deje de haber pintores, o al menos pintores buenos. Aunque existan desde hace mucho tiempo expresiones artísticas que aparentemente se amoldan mejor a la sensibilidad moderna, como la fotografía y el cine, lo cierto es que ha seguido habiendo muy meritorios practicantes de esa pérdida de tiempo que es pintar. Después de la plena expansión de la fotografía y el cine han existido Willem De Kooning, Antonio Saura, Lucian Freud, existe Miquel Barceló: no parecen malos credenciales para un arte moribundo.

Que la pintura carezca de interés por su carácter único y estático en un mundo infinitamente reproducible y en permanente movimiento tiene al menos otro argumento en su contra: que su estatismo no es tal. Los pintores que a finales de los años cuarenta empezaron a dar forma a lo que luego se llamaría Expresionismo Abstracto insistieron en la idea de la pintura como acto, como acontecimiento; de ahí que también recibiera el nombre de action painting. Cuando uno se planta delante de un gran cuadro de Jackson Pollock y lo mira, lo mira de verdad, ve no sólo el resultado sino el proceso. Seguimos con los ojos las idas y venidas de esos chorros negros, rojos, amarillos y podemos imaginar a Pollock caminando sobre su lienzo colocado en el suelo, dejando chorrear la pintura. En Franz Kline o en De Kooning vemos la fuerza con que el pincel, guiado por todo el brazo, trazó una violenta línea sobre la tela, el esfuerzo de un instante congelado y sin embargo vivo aún.

Esta paradoja había sido descrita ya treinta años antes por Paul Klee. “Todo acto de creación se basa en el movimiento”, escribió en 1920. Con ello rebatía la clásica categorización de las artes establecida por el filósofo alemán Gottold Ephraim Lessing en el siglo XVIII. En su Laoconte, obra capital de la teoría del arte, Lessing hacía una distinción entre artes temporales (la música, por ejemplo) y artes espaciales (la pintura y la escultura). Klee niega la mayor, diciendo que el espacio es en sí mismo un concepto temporal: “¿Acaso a un cuadro se le da forma de una sola vez? No, se construye pieza a pieza, igual que una casa”. Y continúa: “Y qué decir del espectador: ¿acaso termina de mirar un cuadro de una sola vez? (A menudo sí, desafortunadamente.)”.

La temporalidad implícita en toda obra de creación fue puesta de manifiesto por los expresionistas abstractos, que a su vez se inspiraron en el arte del Lejano Oriente. La caligrafía china y japonesa tiene mucho que ver con esa idea del proceso como parte esencial de una creación artística. La caligrafía tradicional asiática no era, como en Europa, un mero vehículo de significado: era eso pero también una creación estética digna de ser admirada. Igual que un estudiante de Bellas Artes en Occidente, el buen calígrafo se formaba con mucho esfuerzo y dedicación. La rapidez con que un maestro japonés dibuja unos caracteres es estrictamente proporcional a los años de estudio y práctica. Paralelamente, lo que parece una arbitraria distribución de manchas por parte de un pintor abstracto maduro es fruto de muchos años de entrenamiento visual y técnico.

El arte oriental está lejos de haber agotado su influencia en Occidente, de lo cual es buena muestra el pintor español Nico Munuera (Lorca, 1974). Teniendo en mente la pintura japonesa, se propone pintar cuadros en el punto medio exacto entre la razón y la inconsciencia. Sus composiciones abstractas despiertan enseguida un reconocimiento a medias. Son casi paisajes, casi mapas, casi estratigrafías. La observación atenta que hace Munuera de la naturaleza no se traduce en una copia sino en la huella que ello deja en su memoria, una huella visiblemente dinámica que se expresa mediante colores puros que extiende sobre el papel o el lienzo con la misma suave monotonía de las olas que vienen y van sobre la orilla de la playa. Los de Nico Munuera no son paisajes concretos sino una idea del paisaje mismo, algo parecido a las franjas de color de Rothko: una insinuación, no una constatación.

El arte se mueve entre los límites de lo concreto y lo abstracto, de lo tangible y lo que se escapa entre los dedos. El arte es algo que uno tiene permanentemente en la punta de la lengua. Cualquier expresión estética, de la música a la fotografía, del cine a la novela, surge cuando no hay manera mejor de expresar alguna cosa. Todas tienen su campo de acción, también la pintura. Mientras el ser humano tenga la necesidad de expresar en imágenes aquello que no comprende, o que comprende a medias, seguiremos pintando.

Nico Munuera. Inside Color. La Caja Negra Galería. Fernando VI, 17, 2º Izq. Madrid. La isla de Boneless. Galería Max Estrella. Santo Tomé 6, patio. Madrid. Ambas hasta el 16 de enero de 2016.

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munuera
IzquierdaInside Rimpa 4 (2015); derecha: Boneless II (2015).
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