Lo bello y lo práctico

Max Bill fue un artista de múltiples talentos. Nacido en Winterthur en 1908, su vida abarca casi todo el siglo XX (murió en Berlín en 1994, dos semanas antes de cumplir los noventa y seis años). A pesar de la aparición –y desaparición– de innumerables movimientos artísticos a lo largo de ese tiempo, la producción de Bill mantuvo una admirable coherencia, siendo fiel a un credo artístico que había empezado a desarrollar a principios de la década de 1930. La exposición actual en la Fundación Juan March demuestra lo mucho que se puede hacer con tan poco.

Hacer una selección de toda la obra de Max Bill no es tarea fácil, y por eso la Fundación Juan March define esta exposición como una “retrospectiva concentrada”; algo ligeramente más ambicioso habría supuesto dedicarle un museo entero a la muestra. La obra de Bill desborda ampliamente la pintura y la escultura. Sus ideas estéticas encontraron una fructífera expresión también en la arquitectura, las artes gráficas, el diseño industrial y de muebles, libros, revistas y la publicidad. Este doble interés por las artes plásticas y aplicadas fue uno de los rasgos más distintivos de la Bauhaus, y no nos sorprende demasiado descubrir que Bill estudió allí entre 1927 y 1928.

La exposición, ordenada cronológica y temáticamente, comienza de manera muy reveladora: en primer lugar, descubrimos que Bill ya era un hábil diseñador industrial antes de 1927; segundo, que su tiempo en la Bauhaus supuso una experiencia de vital importancia. En sus años tempranos tanteó distintas vertientes estéticas–hay cuadros, por ejemplo, en los que se aprecia claramente la influencia de Klee y la del Picasso surrealista– y sin embargo vemos, a través de una serie de carteles, cómo ya en 1932 estaba empezando a desarrollar su estilo maduro. Estos diseños tempranos, así como otros que pueden verse más adelante, son una demostración de inmenso talento visual, perfectas y armónicas combinaciones de forma y contenido.

Según Jakob Bill –hijo de Max y colaborador en el montaje de esta exposición–, su padre siempre se refería a sí mismo como arquitecto. En la exposición hay unos cuantos ejemplos de su obra arquitectónica, como su diseño del pabellón de Suiza para la Exposición Universal de Nueva York de 1939. A través de una proyección de fotografías puede verse también una selección de otros proyectos. Parece, en cualquier caso, que a Bill le interesaba tanto la apariencia exterior de sus edificios como los objetos que los habían de poblar. Un rincón de la exposición está dedicado a nueve de sus creaciones como diseñador industrial y de muebles: unas sillas y una mesa a la vez redonda y cuadrada, una máquina de escribir, relojes, una lámpara; todo ello diseñado con bella simplicidad. De nuevo, como en su obra gráfica, lo estético se vuelve práctico (y viceversa).

En cuanto a su pintura y escultura, Bill era a la vez teórico y práctico. Le interesaba desnudar ambas disciplinas, empleando sólo aquellos elementos que las definían; de ahí el término “arte concreto”. ¿Cuál es la esencia de la pintura? Colores distribuidos sobre una superficie plana. ¿Y de la escultura? El desarrollo de la forma en el espacio. Eso es exactamente lo que hizo Bill en cada uno de los casos: explorar sus principios básicos hasta el extremo. Y sin embargo la teoría no vuelve a sus obras insulsas: sus grandes cuadros geométricos son, primero y ante todo, objetos bellos. La alegría de la obra de Bill es que razón y emoción son indistinguibles. Se podría incluso argüir que sus cuadros y esculturas son, como sus diseños, dos ejemplos más de lo práctico vuelto bello.

En las obras de Max Bill el visitante habitual de la Fundación Juan March podrá oír los ecos de exposiciones recientes, como Paul Klee: Maestro de la Bauhaus (2013) y Josef Albers: medios mínimos, efecto máximo (2014). Si uno retrocede un poco más, hasta 2011, entenderá plenamente la influencia fundamental que Bill ejerció sobre los artistas que formaron la memorable América fría – Abstracción geométrica en Latinoamérica (1934-1973). La exposición actual es, además, un bello ejemplo de diseño de exposiciones, otra de las infinitas preocupaciones de Max Bill. En una ocasión dijo que una exposición es “una ocasión para interrumpir la vida diaria con un día de fiesta”. ¡Y vaya fiesta!

Max Bill. Fundación Juan March. Castelló, 77. Madrid. Hasta el 17 de enero de 2016.

Traducción al español de un artículo aparecido en Aesthetica.

bill
Quitar y añadir, 1975. Óleo sobre lienzo, 100 x 100 cm; 142 cm (diagonal).
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