Hablar de arte

Mirar y hablar. Es casi imposible ponerse delante de una obra de arte y no decir nada, sea lo que sea. Mirar y juzgar. Cuando una imagen nos conmueve, para bien o para mal, sentimos la necesidad de que ese juicio sea conocido por quien nos acompaña en la exposición. El arte se hace para que lo vean otras personas, y como tales receptores reaccionamos: qué bonito, qué potente, qué maravilla, menudo genio, menuda estupidez. Comparto con muchos artistas la idea de que el estado ideal para la observación del arte es el silencio. Sin embargo, incluso cuando visito yo solo una exposición me escucho decir palabras en voz baja. Como dice Julian Barnes, somos criaturas incorregiblemente locuaces a las que les encanta explicar las cosas, formarse opiniones y discutir.

La aparente imposibilidad de alcanzar el deseado estado de silencio la constata el propio Barnes al publicar el año pasado un libro que recopila diecisiete textos sobre diecisiete pintores, titulado Keeping an Eye Open. La revelación de Barnes como un excepcional observador de arte además de un gran narrador ha sido una de las más gratas sorpresas con las que me he encontrado en los últimos meses. He leído sus ensayos cortos –en una cuidadísima edición de la editorial Jonathan Cape– con un placer adictivo, contaminado por el morbo de conocer qué opina sobre artistas a los que uno mismo admira, complacido cuando el gusto de ambos coincide. Barnes no hace más que constatar que para ser escritor de arte no hace falta tener un título para ejercer. Un buen escritor de arte es, primero y ante todo, un buen escritor.

Un buen escritor y un buen observador. A veces un espectador más casual que experto, un espectador sensible, es capaz de intuir grandes verdades desde su vista de pájaro de la historia del arte. La sensibilidad y la intuición son sólo el punto de partida de la buena crítica artística, pero si a ellas se le suma el rigor histórico nacen cosas como los ensayos de Octavio Paz o los artículos de Muñoz Molina. He vuelto a encontrar esa simbiosis en los textos de Barnes, detrás de los cuales hay mucha lectura además de observación. Sus diecisiete ensayos cortos son un manual de la buena crítica artística: lo suficientemente atenta a la verdad de los hechos para evitar caer en la mitificación; lo suficientemente apasionada para que se lea como la mejor literatura.

En los textos de Barnes, Manet, Cézanne o Braque dejan de ser nombres venerables y se vuelven hombres de carne y hueso: dudan, se muestran vulnerables a la crítica, desconocen el lugar que les otorgará la historia. Barnes se refiere constantemente a la biografía de los artistas, y se pregunta hasta qué punto éstas deberían condicionar nuestra apreciación de las obras de arte. La visión predominantemente romántica de nuestro tiempo exige una vida acorde con la obra, el artista como un mártir laico que vive al margen de nuestra realidad burguesa y civilizada; el artista como un buen salvaje. Pero lo cierto es que las leyendas hagiográficas tropiezan constantemente con la realidad. La vida perfectamente burguesa de un Bonnard (por tomar un caso que recoge Barnes) no resta un ápice a la intensidad de sus cuadros, igual que no sirve de nada desear que Lucian Freud hubiera tenido un carácter menos agrio, de modo que pudiéramos admirar al hombre a la vez que a la obra. Al final, hay que asumir que el autor fue quien fue y que la obra es la que es. Consciente de que la biografía es una herramienta útil pero potencialmente peligrosa para el buen juicio estético, Barnes es lo suficientemente inteligente para evitar aparentar rigurosa objetividad cuando ésta es imposible, como en el caso del último ensayo del libro, dedicado a su íntimo amigo Howard Hodgkin.

Caigo ahora en la cuenta de que la crítica de arte que más me gusta es la que menos suena a crítica de arte. Quizá fue la envidia hacia el lenguaje técnico que le es imprescindible a las disciplinas científicas la que llevó a la historia del arte a equiparse con su propia jerga. Buena parte de la crítica académica parece querer emular la objetividad de la ciencia pero sin tener que asumir el inconveniente de la rendición de cuentas, de la comprobación empírica de sus afirmaciones. La razón por la que me gustan los ensayos sobre arte de Julian Barnes es porque huye de la ignorancia disfrazada de verborrea. Los buenos críticos leen libros y, sobre todo, miran cuadros. Los críticos académicos pueden prescindir perfectamente de esto último. Los juicios de Barnes nacen de la visión de las obras, no al revés, y como están expresados en una prosa tan limpia, son perfectamente contrastables con la realidad de la obra de arte. Dice: esta es mi opinión y así la sostengo.

Creo que es más difícil para el crítico que para el artista evitar la comodidad de las modas y los lugares comunes. Para el espectador –que, al fin y al cabo, eso es un crítico– es más fácil caer en la falta de honestidad, cubriendo el expediente con una retahíla de convenciones políticamente correctas (o inocuas incorrecciones). En la introducción a Keeping an Eye Open, Barnes habla con sinceridad de su aprendizaje estético que, como todos los aprendizajes, fue y es progresivo e interminable. Su autorretrato de adolescente –“un sano filisteo del tipo que se nos da tan bien producir a los británicos, aficionado al deporte y a los cómics”– es una lección alentadora de que la sensibilidad no es infusa sino que se educa. En esa introducción también habla de la contemplación silenciosa del arte, defendida por dos de los artistas que más admira, Braque y Flaubert. A pesar de todo, este libro demuestra que Barnes, como casi todos, es incapaz de someterse a ese voto de silencio. Si no nos queda más remedio que hablar sobre arte, que al menos sea así de bien.

Julian Barnes, Keeping an Eye Open. Jonathan Cape. Londres, 2015.

In English

hodgkin
Alpine Snow, de Howard Hodgkin (1997).
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2 comentarios en “Hablar de arte”

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