Las cosas como son

Decía Heidegger –en cuya ardua lectura me he embarcado por motivos académicos– que el arte es un ejercicio de “desocultamiento de la verdad”. Un cuadro, un poema o un templo griego, decía, pueden revelar la esencia de las cosas de manera más eficaz que otros medios a priori más apropiados. Nuestra era de la técnica estudia y desmenuza todo hasta el punto de saber con total precisión la composición química de cualquier materia o ser vivo. Curiosamente, diría Heidegger, este proceso de acumulación progresiva de información, que nos permite nombrarlo y etiquetarlo todo, nos aleja de la verdad, por el sencillo motivo de que definir no es lo mismo que conocer. Es quizá por eso que el lenguaje poético (el arte) en su más alta expresión se presenta en ocasiones como una vía de entrada al ser íntimo de las cosas.

No sé qué hubiera opinado Heidegger sobre el pintor español Juan Giralt (Madrid, 1940-2007). A mí, para empezar, lo primero para lo que me ha servido la exposición que le está dedicando el Museo Reina Sofía es para subsanar en parte una de mis muchas lagunas histórico-artísticas. Porque aunque sea uno de los episodios del arte español contemporáneo más claramente etiquetados, lo cierto es que la llamada “Nueva Figuración Madrileña” sigue siendo algo de un misterio para mí. Como Luis Gordillo es el artista que más asocio con aquel grupo, tiendo a ver toda la pintura figurativa española de los años 70 como una derivación más o menos directa de la suya. Juan Giralt, artista desconocido para mí hasta ahora, no iba a ser una excepción. Leyendo el catálogo, sin embargo, descubrí que, como miembro de la galería Vandrés, fue de hecho una de las figuras más destacadas de aquel grupo de madrileños de procedencia diversa.

Los cuadros de ese Giralt de los setenta son acumulaciones cacofónicas de ecos visuales. Se basan en un motivo –un cuerpo, una cabeza, una figura vagamente animal– que se multiplica a lo largo de la superficie de la obra, un leitmotiv que aparece en distintas dimensiones y colores, anverso y reverso juntos. Emplea mucho el papel y el metacrilato como doble soporte, y la transparencia de este último no hace más que aumentar el caos del conjunto, descifrable sólo a medias.  Hacia mediados de la década se imponen unas figuras orgánicas y deformes que funcionan especialmente bien cuando las dibuja con pluma y tinta china. El formato reducido del papel favorece el aire nervioso de esas composiciones agitadas que recuerdan a escenas urbanas y fiestas populosas.

Con la llegada de la década de los 80, y tras su salida de la galería Vandrés, Giralt sufrió una crisis que lo apartó del centro de la escena artística del momento. Fueron años en los que se recluyó en su taller, exponiendo sólo esporádicamente, inmerso en una investigación para recomponer su ideario estético que tuvo como contrapartida el escaso interés de crítica y público. Igual que entonces, en la exposición del Reina Sofía Giralt desaparece con el cambio de decenio. Los apenas cuatro lienzos expuestos son muy de finales de la década y anuncian muy claramente el estilo que surgiría plenamente en los 90, que estalla en la segunda parte de la exposición. Una vitrina con una serie de pequeños collages de 1994 lo preparan ya a uno para los grandes lienzos con los que Giralt alcanzó la plena madurez estética. Las salas que cubren sus aproximadamente quince últimos años de vida se recorren con la emoción reservada a las cimas creativas de los artistas.

Este nuevo lenguaje, que alcanza su grado máximo a partir de los últimos noventa, es en realidad la eclosión de toda una vida de investigación plástica. Sus grandes lienzos de esta época parten de un fondo construido a base de zonas rectangulares sobre las que se superponen densas manchas de pintura que se saltan el orden geométrico. Como elemento figurativo, Giralt pegaba sobre el lienzo trozos de papel de la más diversa procedencia: páginas de revistas, ilustraciones de enciclopedias infantiles, papel pintado para decorar paredes. Si tuviéramos que escribir una descripción de manual, podríamos despachar la obra última de Giralt como una mezcla de constructivismo, pop y expresionismo abstracto. Sería no decir nada. Describir no es conocer. Estos cuadros no son mero pastiche, sino una escenificación de la tensión creativa, la concreción de las muchas influencias que tiraban de Giralt en distintas direcciones. En sus propias palabras: Guston, Uccello, Mondrian, Velázquez, Utamaro, los retratos de El Fayum.

¿Qué quería decir Giralt cuando escribió para el catálogo de una exposición en 2003 que le gustaba la pintura “muy machacada”? En buena medida, supongo que se refería a que quedara patente esa tensión. No le gustaba la pintura como pasada a limpio, resultado de estudios y bocetos previos. Para él, la composición debía desarrollarse a la vez que el cuadro. A pesar del glamour que ha adquirido en el imaginario colectivo desde tiempos de los expresionistas abstractos ese tipo de pintura directa y espontánea, Giralt reconocía que esta forma de crear conducía a más fracasos que aciertos. La valentía de los buenos artistas consiste en saber que para hacer una obra verdaderamente libre hay que estar dispuesto a no acertar siempre. Giralt se empeña en no esconder el proceso al espectador, a dejarle intuir las sucesivas capas superpuestas. Sobre ese fondo articulado con líneas rectas, presenciamos casi en directo los recorridos del pincel empastado que se desliza sobre él; líneas sinuosas a veces, otras puro tachón. El propio Giralt comparó inmejorablemente este proceso con un guiso.

Uno puede recrearse en ese juego pictórico de líneas continuas e interrumpidas, la contraposición violenta entre lo curvo y lo recto, el carácter denso y dúctil de la pintura. Uno podría, y puede, emocionarse ante la pura riqueza plástica de sus cuadros pero la obra última de Juan Giralt no sería lo mismo sin su brillante uso del collage. En un primer vistazo a estos cuadros, uno puede pensar vagamente que son abstractos, puras combinaciones de colores y formas. De pronto, sin embargo, se nos revela un trozo de papel pegado sobre el lienzo que, ¡zas!, nos devuelve sin remedio al mundo: una relamida imagen de ciervos en un paisaje idílico nos lleva a un salón rancio español; un fragmento de papel con motivos florales como de azulejo a una cocina o una terraza mediterránea; el busto pálido de una chica joven podría ser el retrato de una hija o una sobrina sobre el tocador de nuestra abuela; un trozo de papel de cuadros rojos y blancos es la mesa de un chiringuito junto a la playa; la fotografía de una chica desnuda y risueña parece contemplarnos desde la habitación de un adolescente de los años 70.

Cuando Juan Giralt pegaba alguno de esos trozos de papel, decía querer introducir una “contaminación sentimental” en el cuadro. Esas contaminaciones son las que vuelven tan rica su última obra. Estos fragmentos cotidianos y banales impregnan de inmediato todo el conjunto y lo llenan de connotaciones inesperadas. Son un  a ver qué pasa en el que se cambian las tornas y de pronto es el cuadro el que guía al artista y no al revés. Giralt decía querer huir de lo narrativo, y aseguraba que sus títulos venían siempre a posteriori, guiados por el azar o por lo que le sugería la obra terminada. Eran, en sus propias palabras, bautizos laicos, que muchas veces tenían lugar sobre el propio lienzo. Sus obras no requieren de programa de mano pero sí invitan a la interpretación. Funcionan como obra estética y como concentrador de significados, un lenguaje plenamente autónomo que es capaz de reflejar la realidad de manera más veraz que decenas de ejercicios descriptivos. Es una pena que Zumo de limón, pintado el año antes de la muerte de Giralt, aparezca tan pálido en las reproducciones. Detenido frente a él, y sin que aparezca representado un solo limón, sus tres franjas amarillo ácido me hicieron salivar. El arte es todo sugestión, evocación, la verdad contada no como la vemos sino como es.

Juan Giralt. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 29 de febrero.

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giralt
Zumo de limón, 2006.
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