El tiempo en los muros

Casi pueden escucharse los sonidos que producen las figuras oscuras que corretean por el solar bañado por el sol. El crujir de la arena bajo los pies, el bote pesado del balón, los desesperados gritos de ¡Pasa, pasa! En medio de todo se produce un ruido ajeno a la escena. Es breve pero es el más importante porque es el que ha traído la escena hasta nosotros. El ruido es un chasquido, el que ha hecho el disparador de la cámara de Paco Gómez. El partido improvisado tiene lugar sobre la calzada de una carretera que aún no sirve como tal, en un barrio a medio construir donde dentro de poco en vez de niños habrá coches. De pronto soy capaz de evocar un recuerdo que no es mío sino de mi madre, que más de una vez me ha contado cómo de niña jugaba al fútbol con sus hermanos en un descampado desaparecido hace muchos años.

Paco Gómez (Pamplona, 1918 – Madrid, 1998) retrató con asiduidad lugares parecidos, espacios urbanos a medio hacer donde el espectador de hoy puede rellenar mentalmente los huecos. Uno observa sus fotos del Paseo de Extremadura con cierta incredulidad. En una de ellas, un tranvía se recorta sobre un segundo plano nebuloso en el que asoman casas bajas, y el asombro viene no tanto por la ausencia de los bloques de edificios que flanquean hoy la calle, sino cuando pensamos en los pocos años que tardaron en ser construidos. En fotos de la calle Toledo se ven muros y árboles que uno imaginaría mucho más alejadas del centro de la ciudad. Incluso una calle Cea Bermúdez plenamente construida tiene algo de fantasmal en su retrato de Gabriel Cualladó.

En las fotos de Paco Gómez, San Blas o La Guindalera son barrios a punto de ser barrios, en la misma medida que Madrid no es del todo el Madrid que conocemos. El punto de inflexión que supusieron los años sesenta en España, su con su tardío y brutal éxodo rural, queda perfectamente reflejado tanto en estos paisajes urbanos como en la solitaria anciana de negro que sube a duras penas una cuesta de Chinchón y que por un momento parece la única habitante que ha quedado en el pueblo. En la exposición que le está dedicando a Gómez la Sala Canal Isabel II la mirada de algunos de los espectadores con los que coincidí poseía la absorción que produce no el goce estético sino la memoria. Muchos de ellos sin duda se reconocían en aquellas escenas y por momentos me sentí un intruso, como quien se ha colado en un recuerdo y en una vida que no le corresponden.

“En solitario, Paco Gómez recorría pueblos y ciudades, retratando viejas construcciones prontas a desaparecer y aquellas obras de jóvenes arquitectos que las sustituían”. Poco después de ver la exposición me compré el tomo dedicado a Paco Gómez de la colección PHotoBolsillo de La Fábrica, esa pequeña biblia por fascículos de la fotografía española. De allí he copiado esta cita de Ramón Masats, que le dedica un escueto pero magnífico texto al que no duda en calificar como el mejor fotógrafo de su generación. Gómez dejó constancia del cambio urbanístico al que alude Masats a través de su colaboración de quince años con Arquitectura, la revista mensual del Colegio de Arquitectos de Madrid.

Ese texto de Masats se titula, inmejorablemente, “La sutil elegancia del ladrillo”, y es que a Paco Gómez lo que más le gustaban eran los edificios; los bellos, los modernos, los antiguos y los feos. Es el mejor retratista de tapias que conozco. Suena a broma pero no lo es. Igual que Brassaï sintió fascinación por los humildes grafitis sobre los muros de París, Gómez supo ver la belleza de las tapias más humildes de las ciudades y los pueblos. Es por eso que en otra exposición actual, la de la Fundación Juan March dedicada al Informalismo, sus fotografías cuelgan sin problema junto a cuadros de Tàpies y Torner. Trata a sus muros rugosos y desconchados como entes casi orgánicos, como troncos de árboles. Esquina con golpe, una fotografía de 1963, es casi una lección de anatomía aplicada a la arquitectura, donde la esquina reventada del muro deja a la vista las distintas capas que lo componen. Hay también un bodegón peculiarísimo en el que retrata cinco ladrillos apilados sobre una tapia. Casi un manifiesto. En su precario equilibrio me recuerdan a ese extravagante vaso de absenta que esculpió Picasso en 1914.

En la exposición hay una foto monumental que se titula Huellas. En ella, alguien ha dejado la marca de sus manos sobre un muro oscuro.  Podría aplicarse el mismo título a buena parte de la obra de Paco Gómez. A diferencia de muchos fotógrafos, a él no parecía interesarle congelar un instante o dejar constancia de un acto pasajero. El tiempo que importa en las fotos de Paco Gómez es el que ha pasado o el que aún no ha sucedido: sus muros maltratados contienen el paso del tiempo y anuncian su inevitable desaparición; sus muros de urbanizaciones recién construidas encierran el bullicio que llenará sus calles en un presente cercano. En sus fotos, Paco Gómez activa recuerdos ajenos. En sus descampados, mi madre sigue jugando al fútbol.

Archivo Paco Gómez. El instante poético y la imagen arquitectónica. Sala Canal de Isabel II. Santa Engracia, 125. Madrid. Hasta el 24 de julio.

In English

gomez
Ampliación del barrio de la Concepción, Madrid, 1966.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s