Ecos de uno mismo

En uno de sus innumerables paseos sin rumbo por la ciudad, Julius, el protagonista de la novela Open City de Teju Cole (Michigan, 1975), acaba en mitad del barrio chino de Manhattan. Inspeccionando los variados productos que ofrece una tienda situada en una callejuela, se ve sorprendido de pronto por una banda de músicos que pasa frente al escaparate. Tras desaparecer el último de sus integrantes, Julius se queda mirando fijamente el cristal, donde encuentra su propio reflejo y el de la tienda. Ver el mundo doble lo lleva a una reflexión: “Me pareció, mientras permanecía allí inmerso en todo tipo de penas, que estar vivo es ser tanto el original como el reflejo, y que estar muerto significa partirse, ser únicamente reflejo”.

En el ensayo andante que es Open City, Teju Cole nos presenta las densas y complejas capas de identidad de que están compuestos Julius y todos los personajes que van apareciendo a lo largo de sus paseos. Cada uno carga con su particular historia –la suya, la de sus ancestros, la de su pueblo– pero finalmente hay algo que los une a todos por igual. El muerto deja de sí mismo sólo un reflejo, una huella o un eco que resuena en la conciencia de las personas que lo conocieron o lo trataron. El vivo, por su parte, posee la doble condición de presencia física e imagen reflejada. Ésta, por mucho que intentemos moldearla a nuestro gusto, pertenecerá siempre a los demás. Lo único que de veras podemos llamar nuestro es nuestra presencia física, tangible, ese original que sirve de molde a todas nuestras copias y reflejos, que pueden ser tantos como personas que nos conocen. Pero nadie más que uno mismo puede poseerse, ni siquiera la persona más cercana, aquella con la uno pasa la mayor parte de su tiempo y a quien entrega regularmente su cuerpo. Incluso esa persona no posee de nosotros más que un reflejo; el más fidedigno, quizá, pero reflejo al fin y al cabo.

Al igual que los reflejos, nuestros recuerdos pueden distorsionarse fácilmente. En otro pasaje de Open City, Julius rememora el funeral de su padre, que se produjo cuando él era aún un adolescente y no había abandonado su Nigeria natal. Del mismo modo que existen hitos históricos, fechas que marcan los distintos capítulos de los libros de historia, hay hitos personales que nos sirven, siempre retrospectivamente, para explicarnos de manera lineal el desarrollo de nuestras propias vidas. Para Julius, el funeral de su padre marca la frontera entre la adolescencia y la madurez, pero es incapaz de recordar fidedignamente la escena. En su imaginación, el entierro de su padre se contamina de elementos de los entierros famosos pintados por El Greco y Courbet. El presente está plagado de detalles que se nos escapan, y cuando ese presente se convierte en pasado nuestra memoria rellena los huecos como puede.

Desde hace tres años, durante los meses de verano se me permite viajar al pasado. Se me permite ocupar durante algunos días la que fue mi casa durante más de diez años, y en cada esquina soy capaz de escuchar ecos de una vida que ya no me pertenece. Los muebles siguen en su sitio, las paredes conservan su color, muchos de los cuadros que cuelgan de las paredes son los mismos. Sin embargo, hay un detalle, uno solo, que me impide sentirme dueño del lugar. El olor de presencias humanas distintas a las mías o las de mi familia y, sobre todo, el olor a tabaco incrustado en los huecos de los sofás sirven de amargo recordatorio: aunque esporádicamente regrese a ella, no volveré a habitar esta casa. Pero es un recordatorio útil: no es bueno recrearse demasiado en la añoranza de un tiempo al que es imposible regresar.

Una de las primeras cosas que hago al regresar a mi casa es visitar mi antigua habitación. Allí la presencia del pasado se vuelve más intensa. Las vistas desde la ventana son poco impresionantes, pero son una de las imágenes que, a fuerza de repetición, se convirtieron en uno de los paisajes de mi vida. Allí sigue la mesa donde estudiaba y donde empecé a escribir, las láminas que siguen animando la pared, la cama de tantas horas de sueño y del torpe despertar sexual. Pero las estanterías vaciadas de libros que ahora están guardados en cajas y el olor, siempre el olor, me sacan rápidamente de mi ensimismamiento. Qué extraño sentirse ajeno a un lugar que por rutina uno pensó que siempre sería suyo. Y es que uno puede regresar a muchos lugares queridos, pero nunca a una versión anterior de sí mismo.

Me acordé de mi antigua casa y de mi antigua habitación poco después de salir del Museo Lázaro Galdiano, donde puede verse hasta septiembre una exposición de José Manuel Ballester (Madrid, 1960). Desde hace varios años, Ballester lleva a cabo un proyecto artístico que consiste en vaciar de personajes algunos de los cuadros más famosos de la historia del arte. La primera vez que me encontré con una de sus obras no fue en una exposición sino en una librería, concretamente en la portada de Antagonía de Luis Goytisolo, donde aparece reproducida una impresionante versión de Las meninas sin presencia humana alguna. El artista juega ahora con otros tres grandes nombres –El Bosco, El Greco y Goya– y el espectador puede comparar el original con la copia despoblada.

Mediante la eliminación de las figuras, los cuadros religiosos o costumbristas de los grandes maestros cambian de género como por arte de magia. Muchos funcionan perfectamente como obras autónomas, bellas en sí mismas, en especial el San Francisco de Asís de El Greco que Ballester ha convertido en un austero vanitas. Pero al mirar estas obras existe una inevitable sensación de expectación frustrada. Es posible que, de no tener los originales al lado, muchas de estas obras pudieran pasar por originales. Al fin y al cabo, los pequeños cuadros de aquelarres de Goya que posee el Lázaro Galdiano no son especialmente conocidos para el gran público. No pasa lo mismo con los ejercicios de vaciamiento que practica Ballester sobre las grandes obras maestras conocidas por todos, que son forzosamente las más impactantes. Evidentemente, el Lázaro Galdiano no ha podido traerse desde el Prado El jardín de las Delicias para ponerlo al lado de la réplica de Ballester, pero la celebridad del tríptico de El Bosco lo vuelve innecesario. Ninguna pieza como El jardín deshabitado, donde Ballester ha eliminado todas y cada una de las figuras humanas, animales y sobrenaturales que pueblan el cuadro original, causa tal desconcierto. Se mira por primera vez esta obra con dosis iguales de reconocimiento y extrañeza. ¿Dónde está todo el mundo? Mirando el panel central, uno diría que se trata del escenario de una fiesta recién desalojada por la policía.

Pero los cuadros replicados de José Manuel Ballester sí están poblados, a pesar de su desnudez. En ellos se ven las huellas y se escuchan los ecos de quienes sabemos que estuvieron allí. Nuestros ojos rellenan los huecos de la misma manera que nuestra memoria suple con invención e imágenes prestadas los detalles que no supimos ver, del mismo modo que uno cree verse aún en lugares que habitó hace mucho tiempo. En la ventana de mi antigua habitación veo mi reflejo, y ahora sé que es él y no yo quien habita la estancia.

José Manuel Ballester. Paisajes encontrados: El Bosco, El Greco, Goya. Museo Lázaro Galdiano. Serrano, 122. Madrid. Hasta el 11 de septiembre. Teju Cole. Open City. Faber and Faber, 2011. / En español: Ciudad abierta. Traducción de Marcelo Cohen. Acantilado. Barcelona, 2012.

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José Manuel Ballester, El jardín deshabitado, 2007. Fotografía sobre lienzo, 204 x 384,2 cm.
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