Jardín sin salida

Casi nada ayuda a desenmarañar el misterio de El Bosco. La enorme popularidad de su obra, vuelta cotidiana a través de libros, pósters e imanes para frigoríficos, ha ayudado a asentar una imagen de artista loco o extravagante que se entretenía pintando toda suerte de situaciones fantásticas, una feliz aberración en el meollo de la seria Historia del Arte. También es uno de los artistas favoritos de aquellos que tratan los cuadros como si fueran jeroglíficos, buscando significados ocultos en cada centímetro cuadrado de lienzo. Y es que, como señaló Joaquín Yarza en su estudio de El jardín de las Delicias, El Bosco es un caso raro de gran artista que interesa más por lo que dijo que por cómo lo dijo.

Esto es excepcional en un artista anterior a la modernidad, pero las imágenes de El Bosco nos subyugan hasta el punto de querer apropiárnoslas. La arrogancia del presente aparta de un manotazo los quinientos años que nos separan de ellas para convertir a su autor en un artista comparable a Goya o Dalí. Y como el poso del romanticismo es aún muy fuerte en nosotros, no nos vale con que El Bosco fuera sencillamente un gran pintor: le pedimos además que llevara una vida errante, que fuera ignorado por sus contemporáneos y que sus cuadros fueran manifiestos de progresía política. Pero es absurdo pensar, si no es desde la vanidad del presente, que El Bosco se dedicó a pintar mensajes en clave que sólo serían comprendidos siglos después de su muerte, como si nos guiñara un ojo a nosotros –afortunados hijos de la modernidad– mientras subvertía la voluntad de su cliente.

El acercamiento a la obra de El Bosco se ve permanentemente obstaculizado por los poquísimos datos que tenemos de su vida. Pero son también esos pocos datos los que desmienten buena parte de las teorías que lo han convertido en un personaje casi cinematográfico. Nacido hacia 1450 y muerto en 1516, seguramente no salió nunca de su localidad natal de s’Hertogenbosch, lugar de escasa importancia en comparación con ciudades como Bruselas o Amberes. Este dato, que en un principio podría reforzar la idea de un pintor que vivió al margen del arte de su tiempo, se contrapone de inmediato con su extensa clientela, que incluyó a personajes de la talla de Felipe el Hermoso. Sabemos también que gozaba de una cómoda posición económica y que perteneció a una elitista cofradía dedicada a la Virgen María, muestra de su buena consideración social.

La celebridad de los artistas a menudo atrofia el juicio del espectador. ¿Qué puede uno decir ante una obra que ha sido reproducida y comentada miles de veces? ¿Qué decir ante una pintura que, además, forma parte de ese puñado de cuadros que todo el mundo reconoce? En el Museo del Prado, la popularidad de El jardín de las Delicias encuentra sólo en Las meninas y los fusilamientos de Goya auténticos rivales. Ante él, es frecuente escuchar suspiros de asombro ante el innegable poder imaginativo de El Bosco. Hay algo en la combinación del verde, el rojo y el azul de su panel central que lo vuelve inmediatamente atractivo. Tiene algo de comestible en su acumulación desmedida de elementos orgánicos, un cebo irresistible que invita a una comilona visual.

El asombro del espectador viene sobre todo porque somos incapaces de comprender exactamente qué está sucediendo y a qué se refieren cada uno de los objetos y actos que aparecen representados en los cuadros más famosos de El Bosco. A muchos les resulta inverosímil que esta acumulación de visiones fantásticas pudiera tener lugar a finales del siglo XV y principios del XVI, y al decirlo emplean de nuevo ese tono paternalista que a menudo adopta el presente para referirse a épocas que le son lejanas. Pero uno no tiene más que mirar los capiteles románicos y los libros iluminados para entender que El Bosco no fue un loco visionario sino que estaba recogiendo la larga tradición iconográfica medieval.  Lo que lo hace excepcional y le otorga un lugar de privilegio en la historia del arte es su capacidad de interpretar esa tradición de una manera tremendamente imaginativa.

La reciente polémica sobre la autoría de dos obras atribuidas hasta ahora a El Bosco incide sobre una cosa con claridad: que sus cuadros –fueran hechos por él, sus seguidores o un falsificador– eran comprendidos en su época. Nosotros los miramos hoy con infinita curiosidad, pero nos es imposible ponernos en la mente de un espectador para el cual estas imágenes tenían todo el sentido del mundo. Las obras de El Bosco se inscriben en una época de densa espiritualidad, una espiritualidad casi física que nos es muy remota. Acostumbrados a la inmediatez de Google, nos es difícil imaginar que el bagaje visual al que los clientes de El Bosco podían aspirar a acumular durante toda una vida equivalía, siendo generosos, a lo que cualquiera de nosotros puede ver hoy a lo largo de un solo día. En circunstancias así, el poder de evocación que encerraba un cuadro era infinitamente mayor al que posee hoy.

Es posible, como sugiere Cees Nooteboom en su reciente libro sobre el artista, que El Bosco hablara con sus eminentes compañeros de cofradía sobre los cambios que se empezaban a atisbar en la Europa de entonces. La aún reciente invención de la imprenta, el descubrimiento de América y la inminencia de la Reforma transformarían por completo su mundo. En su carnavalesca desmedida, las pinturas de El Bosco parecen la fiesta de despedida de la Edad Media. Quinientos años después de su muerte, la posibilidad de descifrar el misterio de su obra parece que hubiera desaparecido con él y su mundo. La gran exposición que le ha dedicado este verano el Museo del Prado se presentó más como una constatación de ese misterio que como una oportunidad para desvelarlo. Dudo, sin embargo, que al amante de la pintura que se adentra en el jardín de El Bosco le importe demasiado no encontrar nunca la salida.

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