Ni mentira ni verdad

Nada como una alusión a la muerte para inducir al silencio que requiere toda contemplación artística. Colocada al principio de la exposición, la obra Silencio I crea el ambiente perfecto para sumergirse en la retrospectiva de Carmen Calvo (Valencia, 1950) en la Sala Alcalá 31 de Madrid. Uno se encuentra con una serie de lápidas apoyadas, en filas desiguales, sobre un muro. Sobre ellas cuelga una lluvia de cuchillos apuntando hacia el suelo. Pero la composición no alude a la truculencia de la muerte, o sólo muy remotamente. Al estar hechas todas las piezas con escayola, la amenaza de los cuchillos se vuelve muda. Las muertes representadas por cada una de las lápidas son muertes silenciosas, sin violencia, sin el sufrimiento que las causó, sepultadas bajo el peso del tiempo. Es una metáfora sobre el efecto anestésico que el tiempo ejerce incluso sobre el trance más doloroso. Ante ella sentimos la misma empatía que al mirar un monumento en honor a los caídos en una guerra de hace doscientos años.

A lo largo de su carrera, Carmen Calvo se ha movido sin problema entre lo poco y lo mucho, entre el silencio y la cacofonía. Por los mismos años en los que realizaba su severa composición de lápidas y cuchillos ideaba Conversación, con la que representó a España en la Bienal de Venecia de 1997. Conversación no cuelga de la pared ni reposa sobre un pedestal, sino que es una estancia entera a la que uno se asoma tras descorrer una cortina. Entre la fascinación y el horror, uno se encuentra con una acumulación claustrofóbica de objetos cotidianos: figuritas humanas, guantes, ojos, cabellos, cajas, piezas de escayola. Como una actualización de las conversation pieces británicas del siglo XVIII, el espectador se siente de pronto un intruso, el causante del silencio momentáneo en el que han caído los protagonistas de la escena. Pero a diferencia de las escenas galantes dieciochescas, donde los personajes se muestran en actitud de charla civilizada, la conversación de Carmen Calvo se intuye caótica, puro ruido. En cuanto echemos de nuevo la cortina y nos alejemos, podemos imaginar a los cientos de objetos que pueblan el suelo y cuelgan de las paredes lanzándose a una charla frenética de palabras superpuestas; una charla infinita, como parecen indicar los espejos que forran las cuatro paredes de la estancia, multiplicando sin fin las voces.

Como en el arte surrealista de la que es en parte heredera, las obras de Carmen Calvo buscan desconcertar, a veces violentamente, al espectador. Están, sin embargo, lejos de la broma o la mera provocación de los ready made. Tampoco buscan inteligentes juegos de palabras al estilo de Joan Brossa, con quien Calvo compartió el pabellón español en aquella Bienal de Venecia. Uno sabe que estas combinaciones extravagantes de objetos proceden de los rincones más oscuros del subconsciente. Como en el mejor surrealismo, estas obras logran establecer conexiones con subconscientes ajenos al del artista. Se entiende aquí a la perfección el poder multiplicador del arte.

Las obras de Carmen Calvo no suelen invitar a la carcajada ni al grito horrorizado sino a un profundo silencio de perplejidad. A menudo hay una vaga sensación de amenaza, de violencia latente, y en la medida en que ésta es menos explícita la obra adquiere más fuerza. En algunas de las mejores, se superponen emociones contrapuestas. En Desmesurada, que consta de un vestido blanco del cual salen por agujeros una infinidad de dedos como gusanos, la alusión al placer erótico se entrecruza con la barbarie de una violación múltiple. El escritorio que conforma El ángel de lo singular se presenta como una representación tridimensional del subconsciente de un personaje desconocido, donde bajo la apariencia de respetabilidad asoman deseos inconfesables en forma de objetos: una pistola en el interior de un maletín, cristales rotos, instrumentos de castigo físico, dibujos eróticos. A Carmen Calvo le gustan los cajones semiabiertos y los armarios que revelan secretos que uno no acaba de comprender. Los grandes artistas siempre sugieren, nunca imponen. Es trabajo del espectador dar su particular sentido a las pistas.

El mimo que ha puesto Alfonso de la Torre en la selección de las obras para esta exposición parece tan grande como el de la artista al fabricarlas. En las obras de Carmen Calvo, forma y contenido son indisociables. Quizá sorprenda que se defina a sí misma invariablemente como pintora cuando su obra se centra tanto en los objetos y la fotografía. Pero a poco que uno las observe, en sus obras aparecen referencias continuas a la historia de la pintura. Sus impresionantes composiciones con objetos clavados sobre corcho negro comparten la austeridad de los bodegones de Zurbarán y Sánchez Cotán y la limpia monumentalidad de los retratos imaginarios de Saura. En su estanterías llenas de piezas de objetos de escayola es imposible no pensar en Morandi.

Es curioso comprobar cómo la obras de Carmen Calvo que se exponen en vitrinas poseen a la vez un aire de misterio y de objetividad. En ellas se exponen objetos variopintos o pequeñas piezas de diversos materiales. Los coloca como lo haría un entomólogo o un arqueólogo que clasifica sus hallazgos por clases y tamaños. La diferencia es que las clasificaciones de Carmen Calvo no responden a ninguna lógica aparente. La suya es la lógica ilógica del subconsciente, una contradicción en términos: un contenido caótico que, puesto tras una vitrina, adquiere la solemnidad de una verdad absoluta, una verdad de museo. Es precisamente en la falsa imitación de la clasificación científica donde estas obras se reafirman arte.

El arte de Carmen Calvo reclama su independencia tanto del mundo real como de la ficción absoluta. Dentro de una tendencia en boga en los últimos tiempos, hay artistas que se acercan tanto a la labor archivística propia de las ciencias sociales que se convierten ellos mismos en sociólogos. En el otro extremo, hay quienes se mantienen tan ajenos al mundo que los rodea que producen una obra que sólo ellos saben leer. Carmen Calvo se ha mantenido siempre alejada de ambas tentaciones. El arte que importa se encuentra siempre a medio camino entre la verdad y la mentira, entre el reconocimiento y el misterio.

Carmen Calvo. Todo procede de la sinrazón (1969-2016). Sala Alcalá 31. Calle Alcalá, 31. Madrid. Hasta el 29 de enero.

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El gran teatro del mundo, 1998. Técnica mixta, collage, caucho, 200 x 140 cm.
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3 comentarios en “Ni mentira ni verdad”

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