Los regresos de Marco Polo

Como el reverso del lector que viaja a los lugares más exóticos sin moverse de su butaca, Toni Catany (Llucmajor, 1942-Barcelona, 2013) era capaz de encontrarse en casa en casi cualquier punto del globo terráqueo. Su hogar estaba allí donde hubiera motivos que fotografiar. Era un gran coleccionista de objetos de lo más variopintos y en sus paseos por Irán, Venezuela, India, Mali o Camboya hacía acopio de futuros objetos domésticos, objetos que esperarían silenciosamente su turno hasta que decidiera otorgarles un lugar de privilegio en alguno de sus bodegones.

Toni Catany tenía un mapamundi donde iba marcando todos los lugares que visitaba. Es curioso que no aparezca marcada Barcelona, donde se instaló en los años sesenta para convertirse en fotógrafo, y sí su Llucmajor natal, si bien el manchurrón de tinta que lo señala abarca toda Mallorca y las Baleares. Quizá fuera para no olvidar que había sido allí donde había empezado a educar la mirada. En Marruecos y luego Túnez se reencontró con el Mediterráneo de su infancia, ese que se había perdido bajo las baldosas de los paseos marítimos, los bloques de edificios para turistas y la sombra de las palmeras, sustitutas artificiales de los antiguos pinares.

Las evocaciones de la infancia podían aparecérsele en los lugares más insospechados. Cuando Catany viajó por primera vez a Isla Margarita en la década de los noventa tuvo una revelación doble, contradictoria. Por un lado, descubría un paraíso perdido a lo Gauguin: naturaleza aparentemente prístina, colores brillantes, la amabilidad idílica de sus gentes. Por otro, casi todo lo remitía a Llucmajor. Sólo faltaban los pinos, decía. Encontrar resonancias mediterráneas en Venezuela es una  saludable constatación de que la identidad, o mejor, identidades, las lleva uno consigo. No existe nada tan proclive al mestizaje como el arte, ningún remedio tan efectivo contra las imposiciones de identidades circunscritas a territorios concretos.

En la exposición que se le acaba de dedicar en la Sala Canal de Isabel II de Madrid, los comisarios tuvieron el gran acierto de incluir objetos personales de Catany junto a sus fotografías. Uno no se sorprende del todo de encontrar unas piezas de fruta artificial de colorido brillante, traídas de vuelta de uno de sus viajes al Caribe. Las fotografías de Catany tienen un carácter denso y palpable, a veces casi saboreable, algo que lo emparenta con su amigo Miquel Barceló y que se aprecia tanto en los bodegones perfectamente compuestos en la intimidad de su casa como en los bodegones improvisados tomados en las calles de la India. En la exposición había también conchas, barcos y peces de madera toscos y bellísimos, telas, todo un surtido de souvernirs que dignificaba a través de sus fotografías.

Catany se apropiaba de los objetos, los conservaba y los mimaba. Se identificaba con ellos. Hasta la obra de arte más aséptica es un autorretrato, pero hay quienes lo disimulan mejor que otros. Algunos, como Catany, ni lo intentan. Su apropiación del motivo llega a veces incluso a los retratos. En algunos de ellos parece cumplirse aquel viejo temor de los primeros retratados del siglo XIX, de nuestros antepasados no tan lejanos que temían que en las placas de los daguerrotipos quedaran atrapadas una parte de sus almas. En los retratos de Catany hechos con polaroids transportadas, la pérdida de filo de los perfiles y la saturación de los colores les da un aire algo fantasmagórico, como si ciertos detalles se hubieran perdido por el camino. Sus retratos son, dice Cristina García Rodero en el documental El tiempo y las cosas, como de otro tiempo, intemporales.

Nos contaba Antoni Garau, director de la fundación del artista, que cada vez que Catany regresaba de un viaje, una amiga común decía algo así como: “A ver qué ha traído Marco Polo”. A pesar de vivir en una época donde no quedaba rincón del planeta sin cartografiar, Catany no dejaba de sorprenderse en sus viajes. Para Marco Polo y los que aguardaban sus regresos era fácil sorprenderse casi con cualquier objeto traído de Oriente. Que las imágenes que Catany traía consigo a finales del siglo XX emocionen al espectador de hoy, que tiene el mundo entero en Google, es un milagro. Catany viajaba no con afán aventurero, sino erudito. “El viaje es un medio para adquirir conocimientos. Un viaje es una búsqueda y una huida”. Una huida que acaba inevitablemente en Llucmajor.

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catany
En Isla Margarita, Venezuela (polaroid transportada), 1996. ©Fundació Toni Catany
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