Clara Peeters estuvo

No es aconsejable visitar la exposición de Clara Peeters en el Museo del Prado con el estómago vacío. El espectador hambriento encontrará sin duda algo de su gusto entre el legado pictórico que nos dejó, una colección de quesos, carnes, dulces y frutas. No hace falta que el contenido del cuadro sea descaradamente suculento para despertar el estómago, no tiene por qué haber caza o dulces muy elaborados. Repasando los cuadros en el catálogo de la exposición, yo me quedo con una mesa presidida por una enorme cuña de Gouda acompañada de pan, higos secos, almendras, pasas y vino.

Los cuadros de Clara Peeters despiertan, además, otro tipo de apetito, igual de intenso pero puramente visual. Se trata de un placer muy concreto que solo producen las cosas muy bien hechas. Siento una emoción profunda cuando me detengo a mirar el plato de porcelana donde descansan los higos y las almendras, el brillo de unas uvas, las lujosas copas de oro. Uno podría mirarlos durante horas enteras, recreándose en un detallismo que anima a acariciar el cuadro para comprobar su bidimensionalidad. Los prodigios de Clara Peeters –y en dosis tan saludables para el disfrute del arte como la sala única que le dedica el Prado– sacian la mirada de la misma manera que una buena canción sacia el oído o un buen plato sacia el estómago.

Las quince obras que se exponen en el Prado constituyen más de una tercera parte de las obras conocidas de Clara Peeters. (En las cinco salas contiguas donde se exhibe una muestra de dibujos de Ribera cabrían todas y sobraría algo de espacio.) Los datos que tenemos sobre su vida son menos incluso que sus cuadros, y todos han debido deducirse a partir de éstos. Parece increíble, sin embargo, la cantidad de información que atesoran las imágenes para aquellos que saben mirar. Pocos cuadros de Peeters tienen una datación exacta, pero a partir de ellos se puede establecer una evolución de su arte. Si se piensa que desarrolló su actividad en Amberes es porque así parecen indicarlo la temática de sus obras y los materiales que empleaba como soporte. Es a partir de esta fijación cronológica y geográfica, y de la comparación con la obra de pintores contemporáneos, que podemos deducir el papel pionero de la artista.

La obra de Peeters se inscribe en un momento histórico de vital importancia para el desarrollo del arte europeo. Su dedicación exclusiva al género del bodegón es en sí mismo indicativo de un cambio social que comenzó a darse en los Países Bajos a finales del siglo XVI y principios del XVII. A través de cuadros de comidas abundantes y objetos de lujo, los ricos comerciantes flamencos reclamaban una posición social hasta entonces reservada a la aristocracia. Dado que su primer cuadro fechado fue pintado en 1607, Clara Peeters fue una de las primerísimas exponentes de esta nueva pintura. Pero no solo por el tema, sino por el estilo, puede afirmarse que fue una renovadora. Abrazó el naturalismo que Caravaggio acababa de inventar, y al hacerlo se opuso al gusto dominante en Amberes, encarnado por figuras de la talla de Rubens o Jan Brueghel. Huelga decir que todo ello resulta más extraordinario todavía si se tiene en cuenta que hablamos de una de las escasas mujeres de la época que pudo dedicarse de manera profesional al arte.

En casos como el de Clara Peeters es fácil comprender lo ardua que puede llegar a ser tarea de los estudiosos del arte. Si hoy disponemos de una biografía mínima pero plausible de la artista es porque ha habido personas que han sabido leer las pocas huellas que nos dejó. En casos como el suyo, el oficio del historiador se vuelve idéntico al del detective, salvo por el glamour de las novelas y el cine. Las pistas que los investigadores de las películas de Howard Hawks o Fritz Lang buscan en escenas del crimen entre trago y trago de bourbon han de rastrearlas los historiadores en los archivos, las bibliotecas y, como hemos visto, en los propios cuadros. Nada, sin embargo, garantiza que las largas sesiones de estudio sirvan para dar con conclusiones precisas. Todo parece indicar que Clara Peeters vivió y trabajó en Amberes, pero no puede afirmarse con rotundidad. Por eso en la ficha de la autora en la enciclopedia online del Museo del Prado leemos: “Peeters, Clara, Amberes (?), ca. 1588/90 – Amberes (?), post. 1621”. Datos que habitualmente leemos con tan poca atención como la fecha y lugar de nacimiento de un personaje histórico pueden ser el fruto de horas o meses de trabajo en archivos y bibliotecas. A veces, como en este caso, ni siquiera eso garantiza el éxito. De lo único que podemos estar seguros es que Peeters existió y pintó.

A pesar de sus escasas huellas, Clara Peeters no quiso pasar enteramente desapercibida. En varios de sus cuadros, si uno afina el ojo advertirá autorretratos mínimos de la artista reflejados en copas o jarras de peltre. Con ello se sumaba a una práctica inaugurada a principios del Renacimiento, mediante el cual el artista se reivindicaba como creador, como trabajador intelectual. En esta autoafirmación del artista, que constituye un género en sí mismo, hay quienes se retratan mucho, como Rembrandt y Picasso, y a quienes les basta un autorretrato para sentar cátedra, como Velázquez en Las meninas. En todos ellos el autorretratado suele portar un aire de seguridad, cuando no de altivez o desafío. En comparación, la casi invisible presencia de Peeters no parece más que un humilde recordatorio de su paso por la historia de la pintura. No obstante, ahí está, recordándonos su presencia, humilde pero persistente,  reivindicándose como artista, autora de una obra que cuatrocientos años después miramos con el asombro reservado a los grandes maestros. A pesar de la escasez de información sobre ella, si en un paseo por la historia del arte algún despistado preguntara, “¿estuvo por allí una tal Clara Peeters?”, habría que responder sin dudarlo: Clara Peeters estuvo.

El arte de Clara Peeters. Museo del Prado. Paseo del Prado, s/n. Hasta el 19 de febrero.

In English

Clara Peeters, Stilleven met kazen, brood en drinkgerei, c.1615

Bodegón con quesos, almendras y pretzels, c. 1615. (Mauritshuis, La Haya.)

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