Carmen Calvo, a la búsqueda

Ni envueltos en plástico semitransparente queda desactivada del todo la fuerza de los cuadros de Carmen Calvo (Valencia, 1950). Nos recibe risueña en una Sala Alcalá 31 de Madrid donde ya ha empezado a desmontarse la exposición que ha servido para repasar sus casi cincuenta años de carrera. Formada en Valencia, Madrid y París, fue galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas en el año 2013 y representó a España en la Bienal de Venecia de 1997. Hablamos con ella de pintura, de su interés por los objetos, del estado de la cultura y de la necesidad de seguir creando. A pesar de los distintos medios bajo los que se han camuflado, sus obsesiones siguen siendo las mismas que a los inicios de su carrera. Sus ensamblajes de objetos, sus grandes cuadros de corcho negro o sus fotografías intervenidas aspiran, asegura, a desvelar las caras que esconde la máscara.

A lo largo de tu carrera has empleado un gran número de medios, y sin embargo te defines como pintora.

Sí, porque la mirada es siempre la de la pintura. Cuando hago montajes estoy mirando los bodegones. Pueden ser los bodegones de Sánchez Cotán o Zurbarán; es todo una reflexión sobre la propia pintura. A mí siempre me gusta remitir a ella, pero a la pintura del pasado porque es la que te da un guion. Nadie ha inventado nada.

¿Qué papel juega la historia del arte en tu obra?

Es súper importante. Yo creo que uno no puede pintar sin tener referentes. Caravaggio, cuando coge esos modelos de la calle, que la Virgen es casi una mendiga o una prostituta, está hablando de un realismo social que luego en la pintura del impresionismo de alguna manera también se refleja. Son personajes de la calle, como también en Van Gogh o Monet. O sea que la historia se va repitiendo, como el poema de Paco Brines.

En 1980 participaste en la exposición New Images from Spain en el Guggenheim de Nueva York, comisariada por Margit Rowell. En ella se daba una imagen del arte español alejada del informalismo, de la “veta brava”. Para una artista joven, ¿pesaba mucho esa herencia?

En aquel tiempo –bueno, yo empecé muchísimo antes del 80– los referentes eran sin duda Tàpies, Millares, Canogar. Ese era el guion, pero yo también he tenido otros referentes, como el Equipo Crónica. En esa exposición Chillida era el artista. Los teloneros éramos Guillermo Pérez Villalta, Darío Villalba, Muntadas, Miquel Navarro… También ellos se salían del guion.

A partir de los 90, comienzas a tomar objetos reales e introducirlos en tus obras. ¿Por qué?

Porque en el fondo sigue el guion igual. Para mucha gente el objeto es una forma de pintar, como decía Breton. O sea que yo no me he inventado nada. Todo eso ha ocurrido en la pintura de los 60. Por ejemplo, Andy Warhol con la Coca-Cola. Pero ese es un concepto de otra cultura. En el fondo, yo utilizo el objeto porque tengo una formación clásica de la pintura, del bodegón. Yo creo que uno habla de lo poco que sabe, o de lo mucho que sabe.

¿De dónde proceden tus objetos?

Yo recibo objetos de gente. Podría hacer una exposición nada más que de objetos que me regalan. Yo tengo una estantería, que no es la de André Breton, que es de objetos simples, que la gente piensa que yo puedo introducir. Pero es como si te dicen qué cuadro tienes que pintar. Y eso no es así porque yo tengo que ir a la búsqueda del objeto. Es como Morandi cuando repite hasta la saciedad sus temas. A mí no me va la pintura de encargo.

En toda tu obra hay algo que incomoda al espectador. ¿Es buscado?

Soy así. [Risas] Yo creo que uno tiene que manifestar lo que quiere a contracorriente. Indudablemente me gusta eso, incomodar. Cuando incomoda es porque algo pasa. El objeto también nos lleva a recordar. Por ejemplo, me contaba la directora del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante, donde hay actividades para personas con demencia senil, que una señora, al ver el soporte de una plancha antigua en mi cuadro Autorretrato, empezó a recordar que ella había sido modista. Afloró su pasado. Todo nos recuerda, todos somos posesión de objetos o lo que guardamos. Yo hago lo que me inquieta. Hay que elegir, a contracorriente. ¿Qué lugar ocupamos los artistas en una sociedad si no decimos lo que nos inquieta? A mí lo que me inquieta son temas de la sociedad, que de alguna manera veo. Además, la televisión es mucho más grave, esos programas que hay tan simples son más agresivos.

¿Qué te fascina del pelo tanto como para que Alfonso de la Torre, comisario de tu reciente exposición en la sala Alcalá 31, le dedicara una sección entera?

Volviendo otra vez a la pintura clásica: Ofelia. El pelo es además el amor, el desamor, el castigo, porque a las mujeres les rapaban la cabeza como castigo. Hay un cuadro de Arroyo muy interesante referido a ello. También es una cuestión romántica: los camafeos. El pelo siempre ha estado envuelto en la cuestión humana y en este caso el referente es femenino. Todo el tiempo estoy hablando del lugar que ocupa la mujer, que tiene que ocupar, que tenemos que ocupar.

En tus fotografías vemos personas reales en actitudes cotidianas. Sin embargo, con tu intervención, la imagen torna en enigmática.

Yo voy primeramente a la búsqueda de ese personaje y me es más factible meterme dentro de él a través del objeto. Y, claro, no es un objeto cualquiera. Ahí hay un juego entre ese personaje, anónimo, y lo que a mí me sugiere. Tampoco es una foto cualquiera sino de una época que más o menos he vivido yo. Intervienen también la escala o el claroscuro. Al pasarlas al negativo estamos hablando del dibujo y también del misterio que se trasluce al ponerlas opacas. La imaginación también interviene, por ejemplo en esa de dos señoritas de paseo [Has hecho de mí todo lo que querías, 2005] que al llevarlas al blanco y negro se vuelve una imagen trágica. Trágica también porque yo he puesto un elemento que lo compone: las estrellas que ponían los alemanes fascistas a los judíos. Entonces estamos hablando ya de un tema; el objeto adquiere un contenido y un guion.

Existe un vídeo tuyo donde cortas y pegas escenas de varias películas. ¿El cine es una influencia en tu trabajo?

A mí me gusta mucho el cine. Me he criado en un mundo en el que el cine era una apertura; también para la creación y la imaginación. Del no poder ver nada a de repente poder ver en los cineclubs películas de Rossellini, de Visconti, de Pasolini. Además, el cine siempre ha tenido una relación con las Bellas Artes muy importante: Alfred Hitchcock, todas las escenas y cómo las dibujaba, Orson Welles, Tarantino, que a mí me parece soberbio. También por otros oficios asociados al cine como la cartelería.

Vivimos inmersos en la sobreabundancia de imágenes. Como productora de imágenes, ¿te condiciona esto de alguna manera?

En un mundo donde la imagen es tan fuerte, ésta se absorbe en seguida. Todo se absorbe, todo, todo, todo. Las noticias se absorben. Tú puedes salir hoy y mañana se ha absorbido, no se sabe qué has hecho o qué has dejado de hacer. (También este es un país con muy poca memoria, pero es casi ya global.) Yo no creo en la posteridad o en que las imágenes vayan a pasar. Yo lo hago porque me gusta; si no, no me dedicaría a esto. No estoy en esto ni por fama ni por dinero. Al revés, en este país al artista, al autónomo, al que se empeña en hacer algo, le cuesta mucho, le cuesta muchísimo salir. Y a las mujeres nos cuesta más. Todos los días hay que poner ahí el granito de arena. A mí me dicen: “Pero tú ya podrías jubilarte”, y digo, “pues mira, sería como suicidarme”; y no es para que suene poético, sino porque una ha hecho esto y no sabe hacer otra cosa. Creo que hay que tener un componente de riesgo.

Dada tu larga trayectoria, ¿qué diferencias encuentras entre la efervescencia cultural de los años 80 en España y el panorama actual?

La exposición de 1980 de la que hablábamos antes fue una primera salida al exterior. En ese mismo contexto otro referente fue Paloma Chamorro, cuya muerte me ha afectado mucho. Desde entonces se han ganado cosas. Lo que pasa es que se tienen que ganar más. Por ejemplo, para los artistas jóvenes, y para los que no somos tan jóvenes, que haya un abanico abierto. No solo hablo de las instituciones (desde la Comunidad de Madrid han sido muy generosos conmigo cuando es un momento en que no hay mucho dinero para la cultura), sino ayudas a las galerías para que los artistas puedan salir al exterior. Y luego hay un tema muy grave, que es el derecho a seguir creando. ¿Por qué? Porque uno llega a mi edad, que has cotizado, y no te puedes jubilar porque sería jubilarte de tu profesión. Nos ocurre a los escritores, cineastas, pintores, músicos. Esa es una ley asesina que no ocurre en ningún país. Yo creo que es una de las cosas que tienen que cambiar. En España hay muy buenos cineastas, muy buenos pintores, pintoras y entre la gente joven ahora hay maravillas. En momentos en los que la economía está mal la cultura siempre es apartada, es el hermano pobre para el que no hay, y claro, un país que culturalmente no va es un país a la deriva porque la cultura empieza desde abajo.

Y ya por último, en este mes cargado de ferias de arte, ¿en cuáles vamos a poder encontrarte?

En ARCO estaré con la galería suiza Art Bärtschi & Cie y en Art Madrid con Benlliure y Art Lounge. Y ya está. En las ferias el factor sorpresa ya no me interesa nada. Yo soy la única que me quiero sorprender. Si me sorprendo yo sorprenderé a los demás.

Entrevista realizada conjuntamente con Vanesa Ocaña Barrio.

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Carmen Calvo posa frente a ‘Ojos’ (1995). Fotografía de Vanesa Ocaña Barrio.
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