Un artista a estrenar

Cada año que pasa voy definiendo con más precisión un catálogo de mis reacciones cuando visito exposiciones de arte. Caben todas las emociones posibles, desde el tedio hasta el sobrecogimiento. Como en cualquier ámbito de la vida, predominan los tonos intermedios: alegrías moderadas, decepciones moderadas, bostezos de indiferencia. Pocas veces al año –dos o tres, no más– tiene uno la posibilidad de encontrarse con algo que, aun siéndole enteramente nuevo, parece haberlo estado esperando desde hace mucho tiempo. La emoción es entonces superior, incluso, a la que produce ver obras de nuestros artistas favoritos porque al placer se suma una sensación de revelación inesperada. Un artista a estrenar.

Llevo semanas pensando cómo escribir sobre Emerik Bernard (Celje, Eslovenia, 1937). Si me cuesta, me digo, es porque se trata de un artista importante, porque su pintura habla por sí sola, como hace todo arte que merezca tal nombre. Acabo asumiendo, sin embargo, el papel del visitante de exposiciones que retrata Julian Barnes en Keeping an Eye Open, una criatura incorregiblemente locuaz que incluso después de haber quedado silenciado por una gran obra de arte siente la irreprimible necesidad de ponerse a opinar. En el fondo, la buena crítica de arte tiene más que ver con compartir emociones que con sentar cátedra. Por eso cuando uno escribe debe hacerlo como si le escribiera una carta –o un email– a un amigo.

No es la primera vez que el Círculo de Bellas Artes me permite añadir un nombre importante a mi particular catálogo mental del arte. Lo hizo hace algo más de un año con los fotomontajes de Grete Stern. Igual que entonces, se han ahorrado cualquier extravagancia expositiva. Salvo unas pocas excepciones, el recorrido por la obra de Emerik Bernard es estrictamente cronológico. Se obvian sus primeros cuadros, por lo que el espectador tiene ante sí desde el principio a un artista en plena madurez. Queda para una futura muestra la exhibición de su obra temprana, más claramente deudora de otros artistas pero fundamental para entender su desarrollo posterior.

A partir de fotografías, puede apreciarse que las obras que Bernard produjo en los sesenta y setenta remiten explícitamente al concepto de Merz concebido por Kurt Schwitters, que consistía en pegar sobre el lienzo toda suerte de material cotidiano. En los años ochenta, que es donde arranca la exposición actual, esas deudas han sido plenamente digeridas, integradas en una obra que es ya enteramente personal. Bernard sigue pegando trozos de tela o papel sobre el lienzo, pero de tal forma que se vuelven indistinguibles a primera vista. Todo forma una pulpa viscosa saturada de color, de formas que a veces son vagamente orgánicas y otras afiladas como cuchillos. Mis ojos se saturan de nombres: Alechinsky, Kirchner, De Kooning. La mente trata de amortiguar el impacto de lo nunca visto con referencias conocidas, sin lograrlo del todo porque los cuadros de Bernard se parecen a todos ellos sin parecerse del todo a ninguno.

La radical libertad de Emerik Bernard se demuestra plenamente cuando altera de forma violenta la forma rectangular del cuadro. Es el marco el que se adapta a las necesidades de las pinceladas, no al revés. ¿Que el lienzo se le queda pequeño? Muy sencillo: añade trozos de madera en los extremos del bastidor, sin importarle obtener un resultado excéntrico. Bernard evoca, nunca describe. La densidad matérica de su obra madura parece imitar la naturaleza acumulativa de la memoria. Uno debe mirar Las huellas del tiempo –cuadro descomunal– durante bastante rato para empezar a discernir un paisaje urbano, tan denso e impreciso como un recuerdo. Empujado por esas vagas evocaciones paisajísticas, me apresuro a suplir mi total falta de conocimientos sobre Eslovenia. Descubro, no sin cierta vergüenza, que el país posee un pequeño trozo de costa que, embutido entre Italia y Croacia, da al mar Adriático. Ante esa referencia mediterránea, veo alterada mi visión de algunos de los cuadros de Bernard. Creo ver, por ejemplo, un paisaje marino en una bellísima pieza titulada Escrúpulo. De nuevo, Bernard ignora las limitaciones del lienzo y utiliza unos listones de madera para crear algo que a mí me recuerda a un balcón que se asoma al mar.

Es necesario recordar lo difícil que es hacer las cosas bien. Es muy difícil pintar bien, y por pintar bien me refiero sobre todo a hacerlo con libertad. La libertad sin talento –y el arte contemporáneo es testigo privilegiado de ello– conduce al tedio, pero no es más peligroso que su contrario. Un respeto excesivo a los maestros, a la opinión de la crítica, del público o el posible mecenas da como resultado un arte a medio hacer. No dudo de las influencias de las que habla Bernard en sus textos, de su admiración por Mondrian, Kandinsky o Barnett Newman, pero tampoco que cuando pinta entra en un mundo estrictamente personal. No puede ser de otra manera. Un arte como el suyo es inviable sin el ejercicio militante de la autonomía creativa.

Bernard es, además de artista, un teórico del arte con varios libros publicados. Se declara –no sin cierta provocación, sospecho– heredero del vanguardismo de principios del siglo XX. Se muestra reacio a asumir preceptos de aire severo pero endeblez empírica como la manoseada muerte de la pintura. No deja de resultarme curioso, sin embargo, que a mí su obra me recuerde a artistas que no aparecen mencionados en sus escritos teóricos. Me asombra y me emociona especialmente descubrir en sus cuadros afinidades secretas con muchos pintores españoles. Digo “afinidades” y no “influencias” a conciencia. Una influencia es una lección aprendida, una enseñanza que uno asimila y hace suya. Las afinidades son distintas. Pueden darse entre artistas que no se conocen de nada, que viven en lugares y tiempos distintos. Son muchos los nombres que, por motivos variados, me vienen a la mente mientras recorro su exposición: Bonifacio, Lucio Muñoz, Navarro Baldeweg, Juan Giralt, Gordillo, incluso.

Salgo de la exposición saciado, agotado, como al terminar un ejercicio físico exigente y beneficioso. Salgo sabiendo que un artista ha entrado para quedarse en mi retina. Si, al ver sus obras por primera vez, únicamente podía decir que Emerik Bernard me recordaba a Alechinsky, a Giralt o a Navarro Baldeweg, la siguiente vez que vea la obra de cualquiera de éstos podré decir que es la suya la que me recuerda a la de Bernard. Esta alteración del orden de los factores, que en apariencia no es más que un matiz sintáctico, alude a un cambio profundo: significa que mi sensibilidad se ha ensanchado sin remedio.

Emerik Bernard. La contemporaneidad de una pintura. Círculo de Bellas Artes. Alcalá, 42. Madrid. Hasta el 2 de abril.

In English

bernard
Escrúpulo, 1991.
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