La selva

Para Vanesa

Una de las imposiciones más sutiles que existen en nuestras sociedades abiertas es la prohibición de aburrirse, de estarse aparentemente sin hacer nada. No es que esté prohibido, objetarán rápidamente los vendedores de ocio, es que es imposible aburrirse. Con toda la oferta existente, quién va a querer pasar su escaso tiempo libre en casa cuando puede estar en algún concierto multitudinario, practicando un deporte de riesgo, viajando a países exóticos, comiendo platos de vanguardia, disfrutando, en fin, de alguna experiencia estimulante que compartir después con los amigos. Esta necesidad de acción, de vivir el momento, de aprovechar la vida al máximo – o cualquier otro eslogan que al lector se le ocurra – se aprecia también en la televisión y su estética de mercadillo. No me refiero a los programas de entretenimiento tradicionales sino a sus sustitutos actuales, esos espacios de actualidad política en prime time. Dejando a un lado la bronca reglamentaria, no hay debate o entrevista donde la pantalla no se subdivida en varias pantallas más pequeñas, mostrando una simultaneidad de imágenes en movimiento que elevan más si cabe la alarma que causan los escándalos de corrupción, los bombardeos en Siria o la última barbaridad de Donald Trump. Puede alcanzar límites absurdos, como cuando en mitad de un debate reciente vi cómo la pantalla se dividía en cinco o seis partes, algunas del mismo tertuliano desde dos puntos de vista distintos.

La subdivisión de imágenes conduce a la subdivisión de la atención. Presuponiendo la estupidez del espectador, los realizadores de esos programas los diseñan como quien inicia a un niño en la lectura, con imágenes que acompañan al texto, convencidos de que el televidente será incapaz de mantener la atención puesta en un busto parlante durante más de medio minuto seguido. Por miedo a que el espectador cambie de canal, es el propio programa el que hace zapping por él. En sus formas más sofisticadas, el pequeño ventanuco que se abre en una esquina de la pantalla conecta en directo con las puertas de un juzgado, una cárcel o la sede de un partido político a la espera del protagonista de la siguiente noticia. Uno mira la televisión en un estado de continua expectación, de salivación mental.

Dudo que exista un artista que haya captado mejor este estado de zozobra visual que Robert Rauschenberg (Port Arthur, Texas, 1925 – Captiva, Florida, 2008). Era un gran aficionado a la televisión, y en sus grandes serigrafías de los primeros años sesenta fue capaz de sintetizar toda su subyugante fuerza visual. No son obras cinéticas ni sonoras, y sin embargo cuando uno se planta delante de ellas casi puede ver las imágenes sucediéndose en el tiempo, emitiendo un rumor estridente e informe. Como todo gran arte, rehúyen la literalidad. Rauschenberg no aspiraba a recrear lo que supone sentarse a ver la televisión, sino fijar los efectos que su visionado rutinario produce sobre nuestra percepción. Lo hizo, además, en un tiempo en que las imágenes todavía se sucedían de una en una. Cuando la palabra vanguardia aún significaba algo, se refería precisamente a esto: a poner en imágenes aquello para lo que aún no se tienen palabras.

Creo que el hecho de que Rauschenberg tratara de captar la rabiosa modernidad de los medios de masas a través de un medio tan antiguo como la pintura añade más fuerza si cabe a sus serigrafías. Les da cierto aire de objetividad, o al menos de saludable distancia respecto del modelo. Que no se entienda esto como un alegato melancólico en favor de la superioridad de la pintura. Hace un siglo largo que sabemos que la reproductibilidad no estropea la experiencia artística, y que de hecho es consustancial a algunos medios de expresión. Cada vez me reafirmo más en mi convencimiento de que la relevancia de una obra de arte no depende de la forma en que llega hasta nosotros sino en el poso que nos deja después. La inmensa mayoría de la música que atesoro en mi memoria, por ejemplo, me ha llegado por medios reproductibles, y aunque no hay nada comparable a escucharla en directo, jamás renunciaría a lo que la música grabada ha hecho y seguirá haciendo por formar mi sensibilidad.

A pesar de ser un invento muy anterior a nuestro tiempo, la pintura sigue siendo un medio muy poderoso en su capacidad de aglutinar una gran carga de significado en un espacio relativamente muy reducido. Sencillamente posee unas cualidades que la hacen insustituible. Eso no evita que exista un consenso implícito sobre su incompatibilidad con el mundo contemporáneo. La pintura, incapaz de ser reproducida, o reproducida con exactitud, se pierde en el torrente de contenidos audiovisuales que llenan los medios de comunicación. Ya en la década de 1930 Walter Benjamin intuyó que la pérdida de “aura” del arte tradicional acarrearía una transformación radical en la percepción estética. Teniendo en cuenta que escribía cuando no existía siquiera la televisión, qué no podría decir hoy, con internet y las redes sociales. Y sin embargo dudo que la pintura lo tenga esencialmente más difícil para prosperar que el resto de las artes.

Lo único que requiere cualquier forma de arte es tiempo para ser apreciada, justo lo que las modas del mercado hurtan al espectador, del mismo modo que los programas de crónica política le niegan sosiego al televidente que busca formarse un juicio propio. En tales circunstancias, el pensamiento queda reducido a la elección de una trinchera a la que uno se suma en función del envoltorio. Con enorme lucidez, Benjamin intuyó la progresiva extensión de los dominios de la estética en las sociedades modernas: el envoltorio imponiéndose sobre el contenido. Para que algo subsista en la selva de los medios de masas, ha de tener una estética suficientemente atractiva para retener la atención del espectador. A más poblada la selva, más corto el mensaje; cuanto menor el mensaje, mayor la necesidad de esmerarse en el envoltorio. La publicidad entendió esto desde el principio, hasta el punto de que hoy constituye el mayor surtidor de novedades estéticas para el gran público.

Resulta entendible por qué en tales circunstancias la pintura sale especialmente perjudicada en comparación no ya con la fotografía o el cine, sino con artes tan antiguos como ella pero susceptibles de ser reproducidos, como la música. Es cierto que no existe arte que no requiera esfuerzo al espectador, pero una película, un libro o una pieza musical exigen un tiempo innegociable. No así la pintura, a la que uno puede dedicar tres segundos y tachar de su lista de tareas culturales: es mucho más difícil decirse experto en Fellini, Virginia Woolf o Thelonious Monk que en Picasso. En última instancia, sin embargo, cualquier expresión artística sale perjudicada de las prisas que imponen las modas, de la necesidad de pasar a otra cosa o pinchar sobre otro enlace. El arte necesita tiempo, justo lo que la estética publicitaria no puede permitirse darle al espectador. Una ventaja que ofrece la pintura en este sentido: si de veras le interesa a uno el cuadro que tiene delante, no tiene que temer la irrupción de un corte publicitario o un fallo en la conexión wifi.

In English

rauschenberg
Robert Rauschenberg. Retroactive II (1963). Óleo, serigrafía y tinta sobre lienzo, 203,2 x 152,4 cm. (c)MCA Chicago

 

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