Los regalos de los muertos

A Pili Romero. In memoriam

 

Igual que un artista no puede saber qué pensarán de su obra sus futuros espectadores, es imposible que uno sepa cuáles de sus actos se convertirán en recuerdos ajenos.

Aplicado a personas, el término “derechos de imagen” es una contradicción en términos: si hay alguien a quien no puede pertenecer nuestra imagen es a nosotros mismos.

La ilusión de creer que pueden controlarse los juicios que los demás se hacen de nosotros es narcisista. El escaparate sin límites en que se va convirtiendo el mundo es la muestra de una enajenación colectiva.

No solo los ególatras que comparten su vida al minuto en las redes sociales sucumben a esta enfermedad.  Los que tienden al apocamiento sufrimos crisis agudas. Eludir expresar opiniones propias por temor a lo que otros pensarán de nosotros es un acto de cobardía y arrogancia. Si a uno lo van a juzgar, mejor que sea por lo que piensa y no por lo que piensa que otros piensan que debe o no debe pensar.

Uno nunca se pertenece del todo. Cuando uno vive, vive parcialmente en la mente de los demás; cuando uno está muerto, lo hace enteramente.

La relación traumática con la muerte está en el origen de muchas expresiones culturales: las danzas de la muerte medievales, las vanitas del siglo XVII, el Día de Muertos mexicano. Todas son, a su manera, formas de sobrellevar una convivencia forzada. En nuestras sociedades secularizadas no parece existir consuelo alguno. De ahí el éxito de las películas y series de televisión protagonizadas por zombis.

Desde el filo de la butaca o el sofá, animamos a los vivos a golpear o disparar a los zombis repetidamente, a cebarse con quienes nos infligen tanto miedo. En esas películas a quien se quiere matar es a la muerte misma. Se la golpea con la saña desesperada de quien quiere permanecer en la ignorancia.

Los zombis dan miedo en las películas porque son feos y sanguinarios, pero no son tan raros como nos los pintan. En una presentación reciente de sus Nuevas lecturas compulsivas, Félix de Azúa dice que la lectura seria es mantener conversaciones con los muertos. Quien es lector convive a diario con muertos redivivos.

Visito la Academia de San Fernando y miro maravillado un soberbio bodegón de Juan de Zurbarán. El cuadro no es solo contemporáneo de las obras del XVII que cuelgan en la misma sala; es contemporáneo de Chardin, de Morandi, de Gaya, de mí mismo. La muerte no impide a este hijo de Zurbarán conversar con nosotros. Jean Clair dice que la religión fue un invento del arte, no al revés.

No sé si al escribir su brevísimo poema titulado “Guía” Francisco Javier Irazoki estaba ensayando una definición del arte. A mí me parece una de las mejores que he leído nunca: Esa búsqueda fluye / para que el hombre no sea / sólo una pausa de la muerte.

Una obra de arte existirá mientras exista un espectador. Lo mismo que los muertos de carne y hueso, que viven mientras haya memorias ajenas en las que alojarse.

En el momento en que el cese de la respiración convierte a un cuerpo en cadáver, el muerto pasa a ser propiedad de los otros. Con su marcha, se deja a sí mismo en herencia. Cada uno de los que permanecen en torno al sepulcro recibe un obsequio intransferible.

Es un obsequio y una responsabilidad: de nosotros depende que siga viviendo o muera del todo.

In English

zurbarán
Juan de Zurbarán. Bodegón de limones (ca. 1640). Museo de la Real Academia de San Fernando.
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