Siento venir un cuadro

Para Mario

 

Por cada duda sobre su relevancia, por cada certificado de defunción, hay una exposición que me recuerda por qué me importa tanto la pintura. Aplastada, según el caso, por la indiferencia, la sobreexposición o losas y losas de teoría, cada redescubrimiento se me presenta como una revelación. Adopto entonces el papel del santo extraviado que reencuentra y radicaliza su fe después de una aparición mariana. Epifanías laicas.

Epifanía es una palabra que le va muy bien a un artista como Howard Hodgkin (Londres, 1932-2017). Se le suele inscribir en la tradición de la pintura intimista francesa de finales del siglo XIX, encarnada principalmente por Édouard Vuillard y Pierre Bonnard. Como ellos, como Chardin y como Hopper, Hodgkin sabía que algunas de las emociones más intensas se viven puertas adentro, lejos del escrutinio público. Sus cuadros se inspiraban casi siempre en recuerdos concretos: una conversación, una tarde en casa de unos amigos, un encuentro amoroso, uno de sus viajes a la India. Como Bonnard, Hodgkin pintaba de memoria, y en sus superposiciones de pinceladas generosas parece estar contenida la densidad de matices de una experiencia pasada que el cerebro se afana en recopilar.

Es habitual que el marco de los cuadros de Hodgkin ocupe más espacio que la imagen propiamente dicha, como si quisiera apresar el meollo mismo del recuerdo evocado. Y sin embargo el fondo de estos pozos de memoria no es nunca nítido. Su centro, la diana a la que apuntaba Hodgkin, se le resistía siempre por un pelo. En sus cuadros, no aspiraba nunca a una descripción sino a todo lo que conlleva un recuerdo: vista, olor, tacto, temperatura, latitud geográfica, la experiencia vital previa. Sin ser nunca explícito, a veces existe algún detalle que ayuda a ponerse en situación: mirando En la cama en Venecia uno intuye los listones de una persiana y dos cuerpos abrazados; en el ambiente cargado de Interior con figuras creo distinguir la forma de un pene flácido e hinchado después del coito.

Los recuerdos de Hodgkin no son solo imágenes, no son postales. No trataba de recrear las fotografías que uno toma durante un viaje sino el estado de ánimo que nos lleva a tomarlas. De ser fotografías, sus cuadros no serían polaroids sino daguerrotipos. Resulta significativo que un cuadro titulado Instantánea tardara nueve años en realizarlo. El suyo es un arte de tiempos lentos, y exige al espectador parte de la concentración obstinada que le costó a su autor. Muchos de sus títulos invitan a imaginar historias: Amaneciendo en Nápoles, Una vez en Cachemira, La última vez que vi París. Parecen requerir el tiempo de un relato breve o una película.

El instante que dura una revelación duraba años en la mente de Howard Hodgkin. Uno aprecia en sus cuadros un progresivo intento de síntesis, de profundizar restando. Es propio de los grandes maestros ir sacrificando el detalle en favor de lo esencial. En sus últimos años, eran poquísimos los elementos que empleaba para evocar escenas y emociones revisitadas. Muchos parecen zooms de cuadros anteriores, como si los recuerdos pudieran someterse al escrutinio de un microscopio. Pero la memoria es siempre esquiva, sucede demasiado rápida para ser encapsulada. En Hodgkin la añoranza se vuelve fiera. La fuerza del trazo y la intensidad del color son el intento desesperado por acceder a algo que el cerebro parece concedernos y acaba siempre negándonos.

En una conversación con el crítico Andrew Graham-Dixon, Hodgkin cuenta cómo uno de sus profesores animaba a sus alumnos arrancar las láminas de sus libros de historia del arte, enmarcarlas tras un cristal y colgarlas sobre la pared. Fue una lección valiosísima. “Me di cuenta”, dice “de que los cuadros eran cosas”. A veces me da la impresión de que la mayor parte de lo que se escribe sobre pintura elude por completo este descubrimiento juvenil de Hodgkin. Casi siempre que se habla de pintura se habla de su significado como imagen, pero hacerlo es atender solo a una parte. Obviar el componente físico de un cuadro es relegarlo al papel de postal, de logotipo. Parte del misterio de la pintura tiene que ver con el hecho de que vive en el mismo espacio que su espectador. Cuando Hodgkin pintaba sobre los marcos, que son tan parte de la obra como el soporte propiamente dicho, estaba anunciando a sus cuadros como objetos, como cosas.

En la National Portrait Gallery de Londres, donde ahora cuelgan muchas obras de Hodgkin, mi acompañante y yo intercambiamos continuas miradas de asentimiento. A nuestra admiración se suma un sentimiento de homenaje por la reciente muerte del artista, producida apenas unas semanas antes de la exposición que ahora visitamos.  Mi acompañante es pintor y sé que observa los cuadros de Hodgkin de una manera muy distinta a la mía. Además de disfrutar, aprende. Intuyo que mira con una mezcla de admiración y envidia, sé que está deseando ponerse a pintar. Mira y remira con avidez, apunta títulos para buscarlos más tarde, absorbiendo lo que tiene delante para suplir las carencias de las reproducciones.

A mi acompañante pueden serle muy valiosas también las apreciaciones de Julian Barnes, amigo íntimo de Hodgkin y fuente privilegiada para acercarse a su proceso creativo. Durante los descansos en los viajes que hacían juntos, sentados en un restaurante o en una plaza, era habitual que Hodgkin entrara de pronto en un estado de contemplación ensimismada. Su mirada había captado algo valioso. Barnes lo describe entrando en un estado digestivo, rumiante. Una pintura estaba empezando a formarse en su cabeza, una imagen que, tirando únicamente de memoria, tardaría años en plasmar. En tales momentos, Hodgkin solía decir: I feel a picture coming on, siento venir un cuadro.

A diferencia de Hodgkin, mi acompañante sí toma apuntes. Lo hace en cualquier trozo de papel suelto que tenga a mano. Cuando falta el papel, sé cuándo un motivo le interesa porque coge su teléfono y empieza a hacer fotos sin parar. Cuando el suyo tiene la batería agotada, yo le presto el mío. Tras salir de la exposición, paseamos un poco atolondradamente por la adyacente National Gallery pero miramos poco porque nuestra vista está ya saciada. Hace buen día y compramos unos sándwiches y nos acercamos a Green Park. Alegra ver grupos de gente salpicados por el césped. Apenas termina de comer, mi acompañante ya está dibujando, la mirada atenta, la mente en un estado entre la concentración y el ensimismamiento. Me acuerdo del estado rumiante de Hodgkin. Miro a mi alrededor. ¿Qué ve mi acompañante que yo no veo? ¿Cómo traducir en imágenes un estómago saciado, un sol clemente en la cara, la satisfacción de estar dejando pasar el tiempo sin la sensación de estar perdiéndolo?

Howard Hodgkin. Absent Friends. National Portrait Gallery. Londres. Hasta el 18 de junio.

In English

hodgkin_2
Los Hope en casa (1973-77). Óleo sobre madera, 91 x 107 cm. (Manchester Art Gallery)
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