Cristino de Vera, a las afueras

En un coloquio reciente, el arquitecto Rafael de La-Hoz Castanys habló de una visita que hizo de joven a la mezquita de Córdoba acompañado de su padre, el también arquitecto Rafael de La-Hoz Arderius. Deambulando entre el palmeral de columnas y arcos, este le enseñó que el objetivo de los edificios religiosos no es dejar a la gente sin palabras, sino facilitar el contacto del creyente con Dios. Junto a una serie de colegas, De-La Hoz Arderius se propuso a mediados del siglo pasado renovar la arquitectura sacra y alejarla del pastiche de los “neo” y la arrogancia del barroco: el templo como invitación, no humillación; la revelación como fruto de la meditación, no la imposición. Me acordé de esta concepción de la fe y del papel del arte al visitar la exposición del pintor canario Cristino de Vera (Santa Cruz de Tenerife, 1931) en la galería Fernández-Braso de Madrid.

Si la historia del arte fuera un mapamundi, Cristino de Vera sería un islote en medio del mar. Y lo sería no porque provenga, efectivamente, de una isla, sino porque su obra exige un desplazamiento ineludible. Hay que hacer un esfuerzo por verlo. Los temas que pueblan sus cuadros y dibujos corren el riesgo de pasar por trivialidades en medio del torrente de las acuciantes preocupaciones del mundo del arte actual. ¿Cómo acomodar una pintura tan poco interesada por lo que parecen ser los dos polos del arte de nuestro tiempo: la propaganda mal disimulada y el esteticismo? El uno por didáctico, el otro por endogámico, dudo que Cristino de Vera saque mucho de provecho de ninguno de los dos.

Cumplidos los ochenta y siete años, Cristino de Vera lleva cerca de cincuenta pintando lo mismo. Velas, tazas, calaveras, cestas, flores. Pueden aparecer combinados o por separado, pero jamás veremos aglomeraciones. Sus combinaciones de tres tazas y dos cirios provocan, a lo sumo, el mismo ruido que una reunión de eremitas con voto de silencio. La sencillez del atrezo no oculta una vocación de trascendencia: colocadas frente a una ventana, las velas que enmarcan un paisaje parecen en realidad trasuntos de los cipreses que se distinguen en un cementerio lejano. Los bodegones de De Vera poseen el poder hipnótico que caracteriza a la estirpe silenciosa a la que pertenece: Morandi, Laffón, Luis Fernández, Valls. Tiene que ver en buena medida con su manera de componer las escenas a base de pinceladas mínimas, dejando visible el lienzo subyacente y consiguiendo así una luminosidad refulgente. Pinceladita a pinceladita, el pintor queda sumido –y sume al espectador– en el trance que antecede a la revelación.

Cristino de Vera medita con el pincel. No concibe el arte como una celebración de sí mismo sino como un medio para descubrir la verdad oculta que hay en las cosas. Eso, por supuesto, no es un logro en sí mismo. Su grandeza como pintor consiste en haber concentrado la densidad de sus reflexiones en una fórmula estéticamente audaz mediante la cual reclama la atención del espectador. Es un reclamo sutil en forma de invitación; la recompensa que brinda la observación de su obra es para el que sabe o quiere mirar, no el que sucumbe sin miramientos a los juegos de luces y los trampantojos. En esto parece compartir la misma concepción que Rafael de La-Hoz Arderius tenía de la arquitectura religiosa. Para quedarse con la boca abierta, decía este, el creyente no tiene más que observar la naturaleza, y algo de esto parece haber en la manera en que las velas y tazas de Cristino de Vera contemplan con timidez el Teide, señor de su Tenerife natal. Esta alusión a la pequeñez del ser humano frente a la naturaleza y sus vanos intentos de imitar su belleza conduce inevitablemente a la reflexión sobre la muerte. Dentro de la obra de Cristino de Vera existe un nutrido grupo de calaveras que se miran en un espejo, en el que parecen no acabar de reconocer el reflejo que se les devuelve. Qué pocos medios les hacen falta a los grandes artistas para resumir la historia entera del pensamiento humano.

Quietud, silencio, muerte; modestas credenciales para quien busque acercarse a la metrópolis del mundo del arte. En la iglesia de la novedad, los memento mori de Cristino de Vera son casi una inmoralidad.

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Imagen: Cráneo y espejo, 1997. Óleo sobre lienzo. (Fundación Cristino de Vera)

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